
Puede haber sido Hemingway, se me ocurre que fue Hemingway pero pudo ser también algún músico de jazz o un político extranjero. La verdad es que ahora, con la sorpresa tristísima de saber que él ya no está, no consigo recordar quién era el personaje que le pedí aquella primera vez; bueno, a ver, que le pedí no: que me animé a pedirle temblando y roja de vergüenza.
Y es que en aquel tiempo la cosa era así, venía tu editor y te decía: andá y llevale los sobres del archivo al Menchi para que haga a fulano, por ejemplo, Hemingway. Y entonces, de esas manos, ese talento y esa cabeza todopoderosa -en un tiempo que él definía y que podían ser segundos-, pasabas a tener una obra de arte, lo que en la redacción de Tacuarí llamábamos "un Menchi", en ese caso, imaginemos, un Hemingway del Menchi.
Y si no recuerdo exactamente de quién era aquel dibujo, de lo que sí me acuerdo como si no hubiera pasado el tiempo es de mi pánico al acercarle aquellos sobres a su escritorio, un temblor razonable porque era el intercambio de una pichi cualquiera con un monstruo del arte y del discurso periodístico. Para mí, para todos, Sábat era Gardel, era Perón, era Pichuco y era Piazzolla. Y era, también, la ironía brillante con la que los dictadores ensangrentados salieron de su pluma. Era todos los íconos y todo el presente. "Teníamos a Picasso en la redacción, al lado nuestro", dice uno de los colegas que más lo trató. Y sí.

Él, que se definía como periodista, trabajaba con el material de archivo de los personajes como cualquiera del oficio. No lo volcaba en palabras sino en ese cartón blanco que con su ilustración valía oro, obras que siempre volvían a él y que solo regalaba cuando quería: por ejemplo, cuando, sin que se dieran cuenta, dibujaba a los periodistas de la redacción, sentado a un costado, observando. Tener un Menchi propio en Clarín fue siempre un premio que todos los colegas ambicionaban.
Así, gruñón como era, el Menchi era una persona cariñosa y demostrativa cuando estaba en confianza. Saludaba con un beso a los colegas de la sección Política, su sección, en definitiva: a veces ese beso podía ser como el de un padre, cuando lo daba en la cabeza del periodista, que seguramente estaba concentrado en su trabajo.
Tenía una inteligencia y un humor superior. "Hoy tiene una gran vida interior", decía si veía silencioso o algo bajoneado a alguno. O "Pero digame, usted está en todo", señalaba si alguien le hacía algún comentario sobre arte o música, justo a él que sabía tanto sobre tanto. Y es que en esa actitud había una ofrenda porque Sábat era capaz de hacer sentir al otro una persona digna de conversar con él y ya con eso le regalaba a cualquiera el orgullo de sentirse interesante.

Llegaba caminando todos los días con las manos atrás, cada vez más encorvado. Sorprendía a los de afuera y también a los de adentro que quisiera estar ahí después de tantas décadas, en medio de la adrenalina y las corridas, cuando se suponía que lo suyo exigía un grado de concentración diferente. Sabía reírse, le gustaba narrar historias ("No, no, pero esperá un poquito") y solía quedarse aislado y observando, ahí arrancaba el don, en su mirada prodigiosa, capaz de hacer las asociaciones más feroces, las más sensibles, las más inteligentes.
Era también un protestón sin estruendo, quejoso rumiante y un tímido sin remedio, sobre todo con las mujeres, que le costaban más a la hora del dibujo, algo que él mismo reconocía. Tal vez le faltaban práctica y muñeca -sus objetos de dibujo eran figuras relevantes y en su tiempo la mayoría de las celebridades eran varones- , un entrenamiento que las presidencias de Cristina Fernández le regalaron, aunque también le trajeron disgustos y acusaciones inmerecidas. Si la señora de Kirchner se hubiera tomado el trabajo de conocer a quien tal vez fue uno de los mayores intelectuales y artistas de nuestro tiempo, podría haber comprobado la imprecisión del que fue uno de sus mayores exabruptos. Nadie más lejos que él de la figura de un mafioso. Hermenegildo Sábat fue un hombre sensible, un ser noble y un caballero.

Hace algunas semanas dibujó a quien fue uno de los mayores editores de su diario, Julio Blanck. Fue entre lágrimas, dicen quienes lo vieron, y lo hizo como siempre, añadiendo a su espalda aquellos apéndices propios de las aves y los angelitos, el gesto clásico de sus despedidas definitivas.
Esta vez el mundo se quedó sin alitas para ponerle, maestro querido. Todas las alitas del universo eligieron irse con usted, para cuidarlo por siempre.
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Breve repaso de la historia argentina contemporánea, a través de los dibujos de Sábat
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