"Siempre supe que la música iba a ser el leitmotiv de mi vida" dice Ángel Mahler y recuerda que solventó sus estudios trabajando en una casa de música. "Las cosas se sienten. Yo veía un teatro lleno con una determinada obra y lo que me volvió siempre fue más. Hay que tener cuidado con lo que uno desea", afirma entre risas

A los 23 años vio El vestidor en el Cine Arte y lo conmovió muchísimo, llevar la obra al teatro es un sueño cumplido: "El teatro es todo o nada, damos el cien por cien. Estoy muy feliz con el resultado", dice el productor, ya alejado de la gestión pública a la que no descarta volver en algún momento.

Hoy su cabeza está dedicada a la creación y producción de espectaculos, mientras disfruta el éxito teatral encabezado por Arturo Puig y Jorge Marrale planifica el estreno de Siddhartha y trabaja para el año próximo en Hello, Dolly, El conde de Montecristo, El mago de Oz, y una idea sobre Drácula.

"No existe la inspiración", asegura en referencia a la posibilidad de que un músico se despierte a las cuatro de la mañana y vaya al piano a componer a partir de un sueño: "Eso no existe. Las personas son inspiradas o tienen determinadas facilidades para determinadas cosas. Me puedo sentar en un piano ahora, acá en este estudio y crear" explica el músico que pisó por primera vez el Teatro Colón de la mano de su padre y se volvió un amante de la ópera.

Ángel Mahler
Ángel Mahler

—¿Qué balance hacés a la distancia de tu paso por la gestión pública?

—Fue un gran aprendizaje, me gustó muchísimo, lo disfrutamos mucho, casi fueron dos años. Tuvimos un gran equipo. Hicimos muchas cosas por la Ciudad. Creo que además rompimos con muchos prejuicios, que es muy interesante.

—¿A qué te referís?

—Y, el prejuicio de "quién es esta persona para ocupar tal lugar". Cuando estás en ese lugar y solucionás problemas o te ocupás de cosas que llevan treinta años sin solucionarse, como puede ser la habilitación de un espacio cultural como El excéntrico, de Cristina Banegas, 35 años esperando que sea habilitado. Nosotros pusimos foco en las habilitaciones de lo que es todo el movimiento cultural en Buenos Aires, que es el teatro independiente, que es increíble y logramos en pocos meses más de treinta habilitaciones cuando en los últimos 10 años se había hecho una sola. Todo eso empezó a tener determinado eco que estuvo muy bueno. Hacer que los centros culturales funcionaran al máximo. También en el Colón, trabajando con María Victoria Alcaráz que fue un placer y con el maestro Diemecke. Me llevé muchas cosas muy lindas, hice muchos amigos con los cuales aún nos seguimos viendo. Mucha gente abocada al hacer y tienen eso en la sangre, necesitan todo el tiempo hacer algo.

—¿En ningún momento pensaste: "Por qué me metí en esto"?

—En mi vida he tenido desafíos muy grandes, y ese lo tomé como un desafío muy grande también. No llegué a sentir ese agobio, pero sí te puedo garantizar que salía a las seis y cuarto de la mañana y volvía a las once de la noche. Y me produjo lo típico que es presión alta, físicamente estuve complicado y dejar fue un alivio en cuanto a algunas cosas que esto, si lo tomás como uno siente que tiene que hacerlo, es así, es full time y al mango.

—¿Qué querías hacer y no pudiste? ¿Qué quedó pendiente?

—Las transformaciones nunca terminan, pero hicimos mucho, transformamos muchísimo.

—Fue muy crítico con vos en este mismo estudio Darío Lopérfido.

—Darío creo que está ajeno a todo esto, puede todavía pensar con el prejuicio del cual hablamos hace un ratito. Él estuvo viviendo en Alemania, no sé si se enteró de todas estas cosas que hicimos. Creo que en una charla con él, su opinión cambiaría, como cambió la opinión de mucha gente que criticaba al comienzo.

—Pensando en el prejuicio, a veces se piensa que los sectores más humildes no pueden disfrutar la cultura y disfrutan de otras cosas.

—Son prejuicios que hay que romper. Mientras estuvimos, logramos que mucha gente que nunca había ido, fuera al Colón por primera vez. En definitiva, si hay algo que tiene sentido de la función pública es el hecho de despertar conciencias; no solamente en la función pública sino en mi vida, el hecho de hacer El vestidor, ahora seguir con Siddhartha, después el año que viene Hello, Dolly, y tantas otras que voy a hacer, tiene que ver con eso, con hacerle bien a la gente. Hemos hecho obras dentro del marco del FIBA en la Villa 31 y siempre fue muy emocionante.

—¿La gestión actual en Cultura en la Ciudad qué te parece?

—No he tenido mucho acercamiento. La verdad que desconozco porque, además, con la producción de las obras vos sabés que estamos 24 horas.

—Están preparando Hello, Dolly para el año que viene.

—Sí, es una cosa pendiente porque mi mujer se llama Dolores, vimos la película porque ella no la había visto y la empecé a cargar con el piano cada vez que entraba tocándole Hello, Dolly. Empezamos a vislumbrar la posibilidad de hacerla y compramos los derechos para hacerla el año próximo. Va a ser muy lindo porque quiero mucho a esos clásicos, de esos clásicos aprendimos todos.

 
Ángel Mahler y su mujer
Ángel Mahler y su mujer

—¿Cuál es la obra que más buscaste?

—La que más me impactó sin dudas El fantasma de la Ópera. Cuando la vi apenas se estrenó fue una cosa de locos. La vi en una matiné de un miércoles y me fui caminando hasta el Central Park porque no podía creer lo que había visto. Y después en cuanto a obras clásicas, si tengo que elegir una es La novicia rebelde. La música de Rodgers y Hammerstein fue algo que me acompañó toda mi vida y que me encanta.

—¿Y la que más dolores de cabeza te trajo?

—(Risas) Excalibur fue en el año 2012, fue un musical que hicimos junto con Cibrián, que no logró tener el nivel de lo que estaba en la cabeza. En general cuando vos te ponés a crear, pensás en las escenografías, cómo va a funcionar y bueno. Cuando ves sobre el escenario lo que pensaste la mayoría de las veces supera lo que tenías en la cabeza, entonces te sentís muy bien. Y con esta no lo logramos… Pero bueno, forma parte del aprendizaje de todo esto.

—Más allá de los artistas que participan activamente en política, ¿qué mirada tenés de aquellos que, con todo el derecho, dan su opinión sobre cuestiones políticas? Desde la legalización del aborto en algunos casos, a convocar a marchar contra el FMI.

—Para que yo forme parte de una marcha o de algún pedido en particular tendría que estar absolutamente informado de qué es lo que pasa. Si tuviese todo sobre la mesa y pudiese juzgar, entonces ahí podría tomar opinión de algo. Yo creo que tocamos mucho de oído. El acuerdo con el FMI es malo, probablemente, o no, o tal vez… Habría que hacer el análisis, que supongo que ha hecho la gente que nos gobierna y que toman esa decisión. Si yo confío en un director, que en este caso es el presidente, confío en que él nos va a llevar a un buen final, es así.

—Fueron pasando cosas aisladas que me llamaron la atención. Por un lado en el verano denunciaron que se levantó una obra porque Arturo Bonín habló de política en una entrevista. Ahora hubo un problema a la salida de Toc Toc, cuando las mujeres de la obra salen a saludar con el pañuelo verde de la legalización del aborto. Sobre este último punto, Julio Chávez y Gabriela Toscano, que está a favor de la legalización, ambos me dijeron que la gente va al teatro a ver un cuento y que ese no es el mejor lugar para manifestarse porque se rompe esa magia. Que los espacios para que los actores den su opinión política son otros.

—Estoy de acuerdo porque lo que está arriba del escenario es una ficción, es una obra de teatro escrita y no tiene que ver con la realidad. La realidad es cuando bajás del teatro, bajás esos escaloncitos y hacés lo que quieras. Estoy absolutamente de acuerdo con eso, lo que es arriba del escenario es mágico y hay que cuidarlo. Pero tampoco sabemos qué piensa De Niro, o qué piensan los grandes actores cuando vamos a ver una película. Nosotros a veces nos exponemos y te vuelvo a decir, creo que para exponerse hay que conocer bien de lo que uno habla, sino es preferible callarse, analizar la situación y después sí tomar partido, pero tenemos que analizar.

—¿Hay algunos que hablan sin tenerlo tan claro, te parece?

—Me ha pasado, muchísimo. El prejuicio es bueno en algún punto, ¿pero por qué tener prejuicios a determinadas cosas? Me encantó hacer lo que hice, pero ¿por qué se prejuzga? Si vos venís con buenas intenciones, venís con ganas de ayudar, dejás una vida que te ha dado un montón de satisfacciones por hacer determinadas cosas y ¿el prejuicio para qué juega? Por qué la gente piensa mal antes de enterarse, a eso voy. Eso es muy típico argentino.

—¿Por qué te fuiste de la gestión pública?

—Porque quería volver al teatro. Mi vida es estar arriba de un escenario. En un momento pensé que podía componer los fines de semana, pero ni los fines de semana pude componer. Siempre había un evento, algo en el Colón o la Usina, y costaba mucho. El tiempo es uno solo. Si lo uso para esto, no lo uso para otra cosa. Y en definitiva siento que me gustó mucho, que lo volvería a hacer, pero tal vez en otro momento de mi vida.

—¿Estás contento hoy?

—Estoy feliz de producir cosas que le hacen bien a la gente. Esa es mi meta en este mundo, lo he hecho antes, lo he hecho durante, en el tiempo que estuve en el Ministerio, y vuelvo ahora con eso.

—¿Cómo quedó el vínculo con el Jefe de Gobierno y la gente de la política?

—Muy bien. De hecho con Leo Cifelli continuamos trabajando en el proyecto Calle Corrientes. Que es un proyecto superador y que va a hacer que nuestra calle Corrientes se transforme en la calle de los teatros de Buenos Aires, te diría que en la calle de los teatros prácticamente de América Latina, porque salvo Broadway el resto… Lo que pasa en Buenos Aires es increíble de verdad.

—¿Cuándo termina?

—Se está trabajando con todo. Es como la refacción en tu casa cuando terminás decís: "Qué lindo" Y no te acordás de lo que pasaste.

—Pero mientras tanto, querés matar al arquitecto.

—Sí. Sé que duele. Si el tiempo ayuda, porque las lluvias tienen mucho que ver, a fin de febrero del año próximo ya estaríamos terminando.

—Comparada con el resto de las ciudades culturales fuertes ¿cómo está Buenos Aires?

—Buenos Aires es increíble, no solamente en cantidad sino en calidad de cosas. Museos, bibliotecas, oferta cultural, el teatro independiente, el teatro comercial. Si te digo que nos falta algo, nos falta tal vez que nos venga a visitar más turismo, todavía nos falta en ese sentido, va creciendo. Pero te repito, Buenos Aires es increíble.

LOS ELEGIDOS DE ANGEL MAHLER

El mejor concierto: El Concierto número 2 de Rachmaninoff para piano.

Mejor película nacional: El ciudadano ilustre.

Mejor obra de teatro: Obras de teatro he visto muchas, pero El vestidor hoy me conmueve muchísimo.

Mejor libro: Uno de los libros que más me modificó en mi vida es El retrato de Dorian Gray, y todo lo que ha escrito Oscar Wilde.

Un maestro: Leonard Bernstein, el director de orquesta, porque hizo bien todo lo que hizo, desde tocar el piano, conciertos, hacer jazz. Él tomó la música como un gran banquete, hizo de todo bien, que eso es lo más difícil.

—¿A quién le agradecés?

—Hoy, que no los tengo, a mis viejos, a mis padres, porque me doy cuenta a la distancia cuán sabios han sido y qué libre me dejaron ser.

—Una casa en la que estaba la semilla, ¿no?

—Sí, lo que se vivió en mi casa, eso a la distancia decís: "Uy, qué fantástico". Cuando les dije que quería ser músico y tenía 15 años o menos, ellos tenían temores y después las cosas que pasaron fueron tan lindas y disfrutamos tanto. Lo bueno, más allá de que no estén, es que disfrutamos tanto de todo. Siento que algún día nos volveremos a encontrar y seguramente hablaremos de todo lo que vivimos.

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