—¿Cuándo se empezó a hablar de genocidio?
—Hasta casi fines de la Segunda Guerra Mundial, de lo que se hablaba era de un "crimen sin nombre". Porque lo que había era crimen de guerra, que era la experiencia de la Primera Guerra Mundial. Entonces un jurista polaco y judío, Lemkin, a cuya familia habían matado en los campos de concentración, crea el término, que es muy preciso. Genocidio es el propósito de matar en masa a todo adversario, a todo pueblo con indicaciones muy precisas que cambian absolutamente todo el panorama de la definición. Porque Churchill hasta el 1944 decía: "Esto es un crimen de guerra". Ellos ya sabían lo de los campos de concentración. Lemkin además se basó en la matanza de armenios que practicó el imperio turco en decadencia. Y esto le sirvió como ejemplo. El genocidio armenio le dio elementos a Lemkin para generar este término. Por eso no se puede aplicar a cualquier cosa.
—En la Introducción de "Todo lo que necesitás saber sobre genocidios del siglo XX" (Paidós, 2016), usted explica que, dado que trabajó bajo la definición de Lemkin, excluye los ataques del Estado durante la última dictadura militar argentina.
—Es que no fue un genocidio. Fue un crimen de guerra.
—Pero este debate existió, por eso le quería preguntar: ¿Cuál es su consideración, más allá de la definición de Lemkin?
—Mi consideración es que hubo un crimen de guerra. O un crimen de Estado, llamalo como quieras. Pero no hubo un genocidio. No hubo un propósito avieso. Era una situación de enfrentamiento duro entre dos contrincantes, pero no hubo una premeditación. No se encuadra en la definición de Lemkin. Sí lo hubo en Guatemala: hubo un juicio contra Ríos Montt, un militar que sí se encargo de matar a 200.000 indígenas, porque decía que colaboraban con la guerrilla antisistema. Y esto promovió la definición de genocidio y hubo un juicio que lo justificó.
—¿Cómo nace el antisemitismo y cómo llegó a convertirse en un pilar del nazismo?
—El antisemitismo no es moderno. El antisemitismo viene siendo un argumento de la Iglesia católica desde el Siglo V o VI. El pueblo judío es el deicida, el que mata a Cristo, y esto va tomando distintos matices. Por ejemplo, los judíos envenenan el agua, hacen sacrificios con los niños… Luego todo esto va tomando un rol que es el siguiente: el judío es el culpable de todo. Esto fue fomentado por la Iglesia Católica y Luterana y así se van desencadenando los hechos. En la Primera Cruzada llegaron un millón de personas, salieron cientos desde Santiago de Compostela y llegaron a Constantinopla un millón. A medida que iban transitando por Europa, se liquidaban moros y judíos. Ese era el lema. Hitler fue muy perspicaz en el sentido de utilizar el antisemitismo, que estaba muy acendrado en el pueblo alemán. Más allá de que los judíos combatieron en la Primera Guerra -fueron héroes de guerra y hubo condecoraciones- estaban muy metidos en la condición alemana. Pero Hitler utiliza el argumento de que la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial era culpa de los judíos. En realidad, había sido un fracaso de los militares. Y después se creó el mito de los judíos culpables de todo en Alemania, que sufrió las penurias del pacto de Versalles, las indemnización de guerra y todo este clima muy masivo de destruir a los judíos.
—Usted sostiene que los nazis encarnaron "la fascinación por el mal" como nadie. Sin embargo, como también dice, se han establecido comparaciones entre los crímenes de Hitler con los de Stalin y Pol Pot, ¿se puede comparar?
—No hay ninguna tabla de comparación. Genocidio es genocidio. No podés medir si fueron 10 milones, 500 millones… Se habla de que Stalin liquidó a 50 millones de personas. Pol Pot, 2 millones. Los Khmers Rouges eran campesinos comunistas que entendían que la salvación de Camboya era que todos los urbanos pasaran a la aldea y trabajaran ahí. Entonces sacaron millones de habitantes de las capitales y las llevaron al campo. Por supuesto se murieron en el camino, se murieron trabajando y se liquidaron 2 millones de personas.
—Dedica un espacio del libro a enumerar diferencias entre Hitler y Stalin, ¿cuáles son?
—La obsesión por la muerte, por castigar a los traidores. Para Stalin, el que pensaba distinto era un traidor. Por lo tanto, al Gulag. En el Gulag murieron millones de personas. Y además los fusilaban, sin contemplaciones y con la ayuda del servicio secreto. Hitler continuó con los campos de concentración estalinistas. El Gulag no es un invento de Stalin, es un invento de los británicos en la Guerra Anglo-Bóer. El hecho decidido de Hitler era conquistar Europa y que los judíos eran los culpables. En los campos de concentración encontrabas judíos, homosexuales, soldados rusos capturados y otras yerbas. Se vestían militarmente. Si vos observás fotos del grupo de poder en Rusia, estaban todos uniformados. Observás el grupo de poder en Alemania y estaban todos uniformados. Había toda una situación bélica. Stalin sabía que Alemania iba a atacarlos, lo que pasa es que lo negó. Hay una vieja historia respecto de la negación de Stalin, de esa entrada del 41, la Operación Barbarroja, que casi hace tambalear definitivamente a Stalin y al régimen comunista. Cuando es la invasión alemana, Stalin a lo que apela es a defender a la Madre Rusia, no al Partido Comunista. Por lo tanto, la gente luchó para terminar con el invasor. Pero detrás de todo esto está la maldad, lo que le preocupó a los filósofos a lo largo de los siglos, acerca de por qué un hombre común se transforma en un criminal desaforado. ¿Cómo puede ser que una buena persona, querida en el barrio, se transforme en un criminal?
—¿Qué conclusión saca a partir de estas perspectivas sobre el origen del mal?
—Que el mal absoluto es ínsito en el ser humano. Dostoievski en una novela dice: "El animal mas sangriento sobre la Tierra es el hombre". Está todo dicho. A Kant le preocupó mucho el tema. Los kantianos de ahora tienen muy en cuenta estas definiciones de Kant acerca de la maldad. ¿Las guerras son buenas o malas? Hay toda una movida filosófica acerca de qué guerras son justas y cuáles injustas. Esto se probó mucho en la Segunda Guerra Mundial. Era justo acabar con el Eje. Guerra injusta era la de Vietman. Me asombró mucho la llegada de Obama a Vietnam en las últimas semanas y los acuerdos firmados. En Vietnam murieron 50 mil norteamericanos y 4 millones y medio de vietnamitas. El mal ya no se recuerda, pero existió: fue terrible. Ahora Vietnam es una factoría de exportación como lo es Corea. Es increíble. Pasan los años y el sentido de la maldad va mostrando dónde está.
—En el libro se recuerdan los genocidios sino que hay también cierta mirada hacia el futuro. En el contexto actual, ¿considera que podría producirse un nuevo genocidio?
—Todo puede volver a ocurrir. En el libro les digo a los hijos de mis hijos que estén atentos porque todo puede volver. En Austria, hace dos semanas, el partido nazi casi gana las elecciones. Por pocos votos un ecologista terminó ganando. El partido nazi puede volver a sus andadas. Le Pen en Francia le ha ganado muchísimo a los socialistas en los municipios y puede ganar de nuevo elecciones. Le Pen es la represente de un partido racista. En holanda hay un partido de racistas. En Alemania le hacen la vida imposible Merkel por el tema de los emigrantes, de los desamparados del mundo. Este es otro tema que se nos viene encima. El mundo está en una convulsión muy especial. Trump en Estados Unidos representando a toda una generación que odia a las instituciones… Un desaforado, un loco: si les dan los botones de las bombas atómicas puede hacer cualquier cosa. Los peligros siguen existiendo y el hombre sigue siendo el mismo. El hombre se puede transformar en lobo.