La jornada de elecciones presidenciales en Colombia, que tuvo lugar el domingo 31 de mayo de 2026, evidenció lo que ya se hablaba en las calles: una polarización marcada desde todas las orillas políticas.
Esta vez, la llamada nueva derecha, representada por Abelardo de la Espriella (Salvación Nacional), y la izquierda, encabezada por Iván Cepeda (Pacto Histórico), avanzaron a la segunda vuelta, prevista para el domingo 21 de junio.
El centro político, especialmente la candidatura de Paloma Valencia (Centro Democrático), quedó relegada, como se veía venir según las más recientes encuestas. Aunque Valencia es una política respetada en el país y respaldada por un partido fuerte, liderado por el expresidente Álvaro Uribe Vélez, y por sus compañeros de la Gran Consulta por Colombia, sus ‘movidas de ajedrez’ no le alcanzaron para convencer al electorado.
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Infobae Colombia consultó al analista político, filósofo y conferencista argentino Agustín Laje sobre el panorama electoral en Colombia y lo que podría venir para la nación, según como se definan los resultados en la segunda vuelta presidencial. A continuación, su análisis de la jornada
Cómo entender la jornada electoral del domingo
-¿Qué evaluación general hace de la victoria de Abelardo de la Espriella?
-Lo primero que hay que decir, precisamente por ser lo más relevante, es que el petrismo ha quedado en un lugar de derrota absoluta. No se ve de dónde podría sacar los votos necesarios para recuperarse en segunda vuelta, mucho menos después de que, con toda velocidad, tanto Paloma como Álvaro Uribe cerraran filas con Abelardo.
Desde luego, sabemos que no ha sido el caso de Oviedo, ni tampoco de Fajardo, que parece que quieren “hacer valer” sus votos; es decir, quieren negociar, quieren intercambiarlos por algo. La sonrisa de Fajardo contrastaba ayer con el enojo de Oviedo. Pero la pregunta que se impone, en ese sentido, es clara: ¿son dueños realmente de sus votos? ¿Tienen la capacidad de redirigirlos aquí o allá como si fueran una propiedad suya?.
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Comoquiera que sea, el panorama para Cepeda es demasiado oscuro. Por eso, en una maniobra desesperada, tomaron la decisión de no reconocer los resultados del conteo. Esto refleja una incapacidad estratégica de recuperación a partir de los números obtenidos: no ven cómo podrían ganar, y deciden patear el tablero.
-¿Cuáles son las consecuencias políticas de esta actitud de Iván Cepeda?
-En un país donde la violencia política es una realidad demasiado inmediata para todos, plantear este juego es extremadamente peligroso. Miguel Uribe fue asesinado; dirigentes políticos del partido de Abelardo, hace pocas semanas, también fueron asesinados.
Las guerrillas continúan operando, y su simpatía política está claramente inclinada hacia el petrismo. Una declaración de esta naturaleza, tanto de Petro como de Cepeda, se puede interpretar como un quiebre de la confianza que el sistema democrático necesita para considerarse legítimo. Por eso, el discurso de victoria de Abelardo de la Espriella incorporó una dimensión defensiva que, de otro modo, no habría tenido: en lugar de comenzar celebrando la victoria, se vio obligado a comenzar plantándose ante la intentona petrista de desconocer los resultados.
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De ahí en adelante, el ánimo fue de expectación: ¿Petro realmente se animará a destruir la democracia colombiana? Creo que esta fue la interrogante que se apoderó de todos los seguidores de Abelardo anoche.
-Muchos analistas dirán que perdió Paloma Valencia. ¿Perdió una candidata o perdió un proyecto político?
-En términos de ideas y cosmovisión, perdió el centro político. A segunda vuelta pasa la izquierda, representada por Cepeda, y la nueva derecha, representada por Abelardo. Esta polarización izquierda-derecha, que margina del poder al centro político, no es un fenómeno exclusivo de Colombia, sino que es la nota característica de los procesos políticos de nuestra región en los últimos tres años.
Esto es lo que no supo leer el Centro Democrático, que nunca fue una opción de “centro” en términos ideológicos, sino que siempre representó a la centroderecha que frenaba en Colombia al socialismo del siglo XXI. Y en esto hay una gran paradoja: justo cuando la región gira hacia la derecha (Javier Milei, Nayib Bukele, José Antonio Kast, Donald Trump, Nasry Asfura, Rodrigo Paz, Daniel Noboa, Laura Fernández, etcétera), el centroderecha colombiano se mueve... ¡hacia la izquierda, para llegar al centro! Si hubiera escogido aferrarse a sus principios naturales (promercado, profamilia, provida, etcétera), Abelardo no la hubiera tenido tan fácil.
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Ahora bien, me preguntas también por Paloma. ¿Perdió ella o un proyecto político? Pues ambas cosas están unidas. La candidata queda atrapada en un proyecto políticamente diluido. Y se diluye porque abandona el lugar de la derecha para correrse al centro. Desde luego, cree que esto le sumará votos, pero le termina restando. La incorporación de Oviedo a la fórmula es el momento mismo en que Paloma pierde la elección.
-¿Quién es el principal responsable de esta derrota: la campaña, el Centro Democrático, la estrategia electoral o la propia candidata?
-Quien sea que haya tomado la decisión de obligar a la candidata a moverse hacia el centro político incorporando a Oviedo es el principal responsable de la derrota. Pensaron que esto era una sumatoria simple, pero no entendieron que, en realidad, traía aparejada una resta. Ese fue el momento, pues, en que las bases del partido empezaron a migrar hacia la opción de Abelardo. Y no hay que culparlas: ¿por qué deberían militar y votar a una fórmula que lleva a un woke, abortista, prodrogas y militante de la ideología de género como vicepresidente? La culpa no es de las bases, sino de quienes tuvieron la idea de poner a Oviedo. La contradicción ideológica que él supuso para la fórmula restó mucho más de lo que sumó.
-¿Qué errores le pudieron hacer costado la Presidencia a Paloma Valencia?
-El principal error es el que acabamos de señalar. Lo demás, está en un rango de inferior importancia. De todos modos, ha habido algunos errores gruesos. Por ejemplo, buscar permanentemente la confrontación con Abelardo: esto no le hacía bien a la imagen de la propia Paloma, pero insistieron con esta estrategia hasta el hartazgo. Y fruto de ello cometieron errores absurdos, como por ejemplo criticar a Abelardo por usar un chaleco antibalas o un vidrio blindado. Con el antecedente de Miguel Uribe, mofarse de un chaleco antibalas o de un vidrio blindado es sencillamente demencial.
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La gente quería ver a Paloma contra el petrismo, no contra Abelardo. Sobre todo, porque todo el mundo es consciente de que, pasada esta primera instancia electoral, la segunda vuelta los tendrá que encontrar juntos. En ese sentido, Abelardo fue más inteligente políticamente: siempre trató de no dinamitar los puentes con el uribismo.
Otro error importante de la campaña de Paloma ha sido no formar una buena base de influencers. Me dio la impresión de que la campaña de Paloma fue construida en torno a formas y métodos que se están quedando viejos. Si se la compara con la de Abelardo, esta última le puso mucha energía al rol de los influencers, la actividad de redes sociales, y otros componentes muy creativos, como elegir un animal (el tigre), un slogan exitoso (“firmes por la patria”) y un gesto que le brindó identidad política (la venia militar).
Lo que viene para Colombia
-¿Qué nos dicen los resultados electorales de este domingo sobre el estado actual del electorado colombiano?
-Nos hablan de una polarización, que es la que se vive hoy en todo Occidente —sí, también en Europa—. Los modelos en disputa son cada vez más difíciles de reconciliar porque no se trata simplemente de diferencias de gestión, sino de visiones antagónicas sobre la economía, la cultura y el papel mismo del Estado.
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De un lado, encontramos al socialismo del siglo XXI, con su tendencia al intervencionismo económico, al aumento del gasto público y a una concepción de la política como herramienta de ingeniería social. Del otro, una visión más liberal o libertaria, que apuesta por reducir el tamaño del Estado, fortalecer la propiedad privada, liberar las fuerzas productivas y devolver protagonismo a la sociedad civil y al mercado.
La misma fractura aparece en el plano cultural. De un lado, el progresismo cultural —o cultura woke—, articulado en torno a ideologías como la de género, el feminismo radical, el racialismo o ciertas formas de indigenismo político. Del otro, un conservadurismo cultural que reivindica la familia, la vida, las tradiciones nacionales, los valores cristianos, la autoridad legítima y el respeto por las fuerzas del orden.
Y hay, además, un tercer eje decisivo: el que enfrenta globalismo y patriotismo. De un lado, una concepción globalista que tiende a subordinar la soberanía nacional a agendas transnacionales, organismos internacionales, burocracias multilaterales y consensos ideológicos producidos fuera de las comunidades políticas concretas. Del otro, una visión patriótica que reivindica el derecho de cada nación a decidir su propio destino, proteger sus fronteras, defender su identidad histórica y anteponer el interés nacional a las imposiciones de las élites globales.
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Las elecciones de este domingo muestran, precisamente, que una parte importante de los colombianos desea profundizar el proyecto político iniciado por Gustavo Petro, mientras que otra parte igualmente significativa aspira a corregir su rumbo o incluso a revertirlo. Esa es la verdadera magnitud de la polarización actual: no se discuten matices, sino direcciones opuestas para el futuro del país.
-¿Qué temas culturales, ideológicos o económicos definirán la disputa entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda?
-La disputa entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda se va a definir menos por etiquetas abstractas que por problemas muy concretos. El primero será la seguridad. Colombia llega a esta elección con una enorme preocupación por el avance del narcotráfico, las guerrillas, las bandas criminales y la pérdida de control territorial del Estado. Las masacres se han multiplicado con Gustavo Petro. Y en esto existe una diferencia central: una visión que insiste en negociar, conceder y administrar el conflicto; y otra que plantea recuperar autoridad, respaldar a la fuerza pública y restablecer el orden.
El segundo tema será la economía real: empleo, inversión, impuestos, inflación, productividad y confianza empresarial. El colombiano común no vota solamente teorías económicas; vota también según lo que siente en su bolsillo. Por eso será decisivo quién logre ofrecer una salida creíble al estancamiento y al deterioro de la confianza.
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El tercer eje será la continuidad o ruptura con el gobierno Petro. Cepeda significa la profundización del proyecto petrista; Abelardo, es la alternativa de ruptura frontal. En ese sentido, la elección probablemente funcionará también como un plebiscito sobre estos años de gobierno.
El cuarto tema será la batalla cultural, pero aterrizada en asuntos concretos: educación de los hijos, ideología de género, libertad religiosa, vida, familia y relación entre Estado y sociedad civil. No será una discusión meramente filosófica: será una disputa por lo que se enseña, lo que se financia y lo que el Estado pretende moldear culturalmente.
Y finalmente estará la cuestión internacional: qué lugar quiere ocupar Colombia en el mundo. Si seguirá aproximándose al eje del socialismo del siglo XXI (la decadente órbita chavista, que hoy empieza a reinstalarse en México) y a las agendas globalistas (OEA, ONU, etcétera), o si buscará reubicarse en una línea de soberanía nacional, defensa de Occidente, cooperación contra el crimen y respeto por la libertad económica.