La tradición oral y culinaria define buena parte de la identidad en la región Caribe. Entre las costumbres que han trascendido generaciones se encuentra el cucayo, ese peculiar residuo dorado que queda en el fondo de la olla tras cocinar arroz.
En Valledupar y otras ciudades de la costa, este alimento es mucho más que un simple accidente de cocina: es “un tesoro”, como lo han llamado quienes crecen disfrutándolo.
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La historia del cucayo ha experimentado una transformación notable. Lo que alguna vez fue considerado un manjar exclusivo de hogares humildes se ha convertido en una especialidad apreciada en restaurantes de alta cocina.
Ahora, el cucayo aparece en menús sofisticados, acompañado de ingredientes como queso costeño rallado, suero o incluso frijoles y salchichón. Este fenómeno confirma el valor afectivo y social que mantiene en el Caribe colombiano.
Pocos han logrado capturar el espíritu del cucayo con tanta elocuencia como el investigador y músico vallenato Julio César Oñate Martínez.
Su intervención en un video viral expone la riqueza de esta tradición, fusionando lenguaje gastronómico y poético. En el clip, Oñate se pregunta: “¿Cómo se diría cucayo en inglés?”. Las respuestas van desde un jocoso “cucayation” hasta una definición más técnica: “No sería más bien como crunch rice?”.
Oñate añade una descripción que refleja su ingenio: “El cross rice es una de las alternativas palatables cuando el rice es sometido a temperaturas un poco por encima de lo normales” así empezó su intervención.
Y continuó: “Para que este adquiera una textura crocante, muy cercana a lo que sería un balín resbaladizo, en una dentadura atrevida, mordaz y arbitraria, para llegar a un punto en que necesariamente tiene que decantarse el paladar, la temperatura, la cocción y el rice llevado a ese punto de rice crush, como diría alguien, cucayo, caribeño” la descripción generó risas y admiración.
El cucayo, conocido en otros lugares como “pegao”, nació como el “premio” del cocinero o el bocadillo de los niños. Esta capa tostada y crocante de arroz, que queda en el fondo del caldero, exige una preparación cuidadosa: el arroz debe permanecer al fuego lo suficiente para dorarse sin quemarse, a veces con un toque de aceite o mantequilla. Tradicionalmente, se sirve acompañado de suero costeño o queso rallado, pero su versatilidad permite disfrutarlo incluso solo.
Con el paso del tiempo, este alimento cruzó la barrera de la intimidad familiar y comenzó a figurar en cartas de restaurantes especializados en ciudades como Barranquilla, donde es presentado como símbolo de la cocina local. Allí, el cucayo se ha revalorizado, alcanzando precios que reflejan su nuevo estatus gastronómico.
La cultura caribeña encuentra en el cucayo una expresión de memoria compartida. Más allá de su sabor, representa la resistencia de las costumbres populares y la adaptación de lo cotidiano a nuevos escenarios. El cucayo, de hecho, se prepara no solo con arroz blanco, sino también con arroz de coco o frijol, adaptándose a los ingredientes y gustos de cada familia.
Para Julio Oñate Martínez, quien ha sido galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, el cucayo es una metáfora viva de la creatividad y el humor costeño. El diálogo en el video —“¿No sería más bien como crunch rice?”—, seguido de risas, ilustra la capacidad de la tradición oral para reinventar y revalorizar lo propio.
La permanencia del cucayo en la mesa y en el imaginario colectivo demuestra que, en el Caribe, la cocina es también un arte de la palabra. La manera en que se cuenta, se comparte y se disfruta este sencillo plato es un testimonio de la riqueza simbólica y social que define a la región.