Bajo la premisa del dominio humano sobre los demás seres otorgado tras la creación divina, y con ello, la idea del uso de los animales para la existencia del ser humano y sus necesidades alimenticias, particularmente, durante la Semana Santa, generan las elecciones sobre unos u otros. Estas resultan curiosas e intrigantes.
En este sentido, si tenemos el permiso concedido para disponer de las carnes de cerdos y corderos, también estaría dentro del foco añadir al menú algunos otros como perros y gatos. Sin embargo, ante este segundo escenario, la hostilidad sale a flote, pues con respecto a ellos preferimos darles la posición de “compañeros”. Aun así, ningún texto bíblico sugiere los fines específicos de uno u otro.
Las elecciones persisten y la Semana Santa, como uno de los espacios más intensos de la liturgia viva en el año, es una especial muestra de ello. ¿Por qué comer del cuerpo de algunos animales está mal? ¿Qué significa la presencia de una especie u otra sobre la mesa? ¿Cuál es la vinculación del menú en la fe cristiana durante esta semana?
La Iglesia Católica: el rechazo a las carnes rojas en la Semana Mayor
Los creyentes han sostenido durante años qué se debe y no consumir, y muestra de ello son sin duda las nociones sobre esta semana, en los que durante estos días la Iglesia dicta que deben abstenerse del consumo de carne roja procedente de animales como el cordero, cerdo o vacas, aludiendo a un reconocimiento y honra al sacrificio y la muerte Jesús.
¿Por qué? La tradición sugiere que este es un “tiempo de conversión” y “sacrificio”. Por ello, los fieles trasladan este tipo de acciones principalmente a la alimentación, señalando que además de la carne roja, otras opciones gastronómicas como la comida rápida, los dulces, entre otros, están asociados a la riqueza que la austeridad de estos días propicia en respeto por el sacrificio de Jesús.
Incluso, la carne roja, por contener sangre de este color, también estaría asociada a la lujuria, que también se traslada a la abstinencia en el sexo.
Otro aspecto determinante en estos casos tiene que ver con su relación con la celebración y los grandes festines, una de las principales razones por las que se agudiza el rechazo durante un momento que busca honrar el padecimiento de Jesucristo. Dejar esta opción fuera del plato permitiría, en el corazón de los fieles, el espíritu humilde que también se debe perseguir con acciones de caridad.
A esto se sumaría la práctica del ayuno que se remonta al siglo II y que permitiría una especie de purificación entre los cristianos, siguiendo el sacrificio de Jesús, quien también realizó el ayuno durante 40 días mientras atravesaba el desierto.
El color rojo de la carne
La simbología cristiana y los expertos sugieren que también hay una relación con el color. Esto se debe a que el color rojo de la carne procede de mamíferos terrestres de sangre caliente, razón por la que se vincula directamente con lo mundano.
Por su parte, los animales de carne blanca, considerados de sangre fría, que son de vida aérea o acuática, al tener la creencia de que no tienen sangre roja, son asociados con la pureza. En particular, aquellos que habitan en el agua, pues es un recurso virtuoso y puro, de allí que los animales en él también sean considerados con estas mismas connotaciones. Aquí se ha difundido la idea de que los animales silvestres pertenecen a esta categoría de los “permitidos”.
Si bien hay fieles más ortodoxos que se someten a la dieta de exclusión de unos animales u otros durante toda la Cuaresma, también están aquellos que optan por la flexibilidad y solo cancelan las carnes rojas de su mesa el Viernes Santo.
Aun así, esta no sería la primera vez que bajo creencias e ideas poco cuestionadas se someta a unos animales sobre otros. La posible presencia de enfermedades también ha llevado a la muerte en masa de animales alrededor del mundo, las prácticas deportivas y adjuntadas a la “cultura”, otro escenario, pero sin duda, temas para otra cita.
Los riesgos a la vida y el consumo de animales silvestres
En realidad, se sigue tratando de un solo riesgo, una sola implicación: la muerte. La demanda por fines alimenticios de unos animales durante estas fechas, debido a la exclusión de las carnes rojas, obliga a la explotación de otros animales, en ello, la vida silvestre.
Bajo la tradición, la compra de carnes blancas y subproductos representa la necesidad de aumentar la cría y la muerte. De allí los riesgos no solo de su vida en sí, sino también de presenciar afectaciones serias en los equilibrios de los ecosistemas.
Se trata, pues, de un aumento del consumo de ciertos animales que no solo se orienta a otras especies, sino que además se lleva al exceso, lo que causa también la explotación mayúscula de zonas particulares donde residen estas especies.
Es claro que esta actividad irrespeta los entornos naturales, promoviendo y, además, financiando la explotación, captura y muerte de especies silvestres como tortugas, serpientes, guacamayas, loros, iguanas, peces, y otros animales que ya han sido registrados en operativos por las autoridades. Estos son extraídos de sus entornos y comercializados ilegalmente.
Todos ellos cobijados por la idea salvada de que son carne blanca y que, según sostienen, se convierte en el camino para el cumplimiento religioso que se debe durante esta época.
Honrar y reconocer el sufrimiento también invitaría a pensar en los seres que solemos olvidar durante esta época, omitiendo su individualidad y a quienes sometemos pensándolos como alimentos únicamente. Compadecerse del otro, acción promovida en la religión para los “semejantes” también debería incluir compadecer las otras vidas y eliminar la pesadilla que supone para la biodiversidad la llegada de la Semana Santa.
Y aquí solo hablamos de alimentación y, aquí, solo durante una semana.