REUTERS/Marco Bello
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(Enviado especial) –"!Sí se puede. Sí se puede!", cantaban los exiliados venezolanos arriba de los camiones que cargaban la ayuda humanitaria desde Cúcuta a Caracas. Gente de buen corazón, sin experiencia política, creían que podían pasar la frontera sin inconvenientes y que Nicolás Maduro caía en los próximos días. Su ilusión se machucó frente a un sistema de represión ilegal desplegado por Maduro en los puentes Simón Bolívar y Ureña.

El líder populista no tuvo compasión: tiró gases lacrimógenos, atacó con grupos parapoliciales, asesinó a sangre fría e incendió dos camiones que llevaban medicinas y alimentos. La réplica de Maduro pone en una encrucijada al presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó: repetir el camino a la frontera con los militantes como avanzada táctica o abrir la posibilidad de un golpe de Estado diseñado y financiado por los Estados Unidos.

Bajo siete llaves

Hasta anoche, Guaidó optó por la prudencia. Los camiones quedaron en la zona del puente Tienditas, la ayuda humanitaria guardada en la bodega 1 y el plan para reanudar los envíos a Venezuela fue suspendido hasta la cumbre del Grupo Lima en Bogotá, que tendrá la participación especial del vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, y del propio presidente Guaidó, que decidió quedarse en Colombia hasta el lunes a la noche.

No solo se suspendieron los envíos de ayuda humanitaria a Venezuela, sino que también se resolvió desalojar los puentes más activos de Cúcuta para evitar que los jóvenes opositores a Maduro queden a merced de los grupos parapoliciales que operan al otro lado de la frontera. "Les he pedido a las autoridades locales que se despeje el puente Simón Bolívar, y de la misma manera, el puente Francisco de Paula Santander (Ureña)", reveló el presidente de Colombia, Ivan Duarte.

En este contexto, Maduro reprimió y asesinó, incendió la ayuda humanitaria, logró que se suspendieran sus envíos hasta nuevo aviso y rompió relaciones diplomáticas con Colombia. Demasiado para un dictador que enfrenta a Estados Unidos, Alemania, España, Francia, Canadá, Brasil, Japón, Argentina, Chile, Israel y el Reino Unido, entre otros países. El sistema internacional ajustará cuentas con Maduro y ocurrirá en Bogotá al cierre de las deliberaciones del Grupo Lima, pero para la Casa Blanca una nueva sanción multilateral tendrá sabor a nada.

REUTERS/Carlos Eduardo Ramirez
REUTERS/Carlos Eduardo Ramirez

Donald Trump nunca descartó la invasión a Venezuela o un golpe palaciego para derrocar a Maduro. Sin embargo, el presidente americano mantenía las formas y aguardaba los resultados de una estrategia diplomática reforzada con sanciones financieras y económicas al régimen populista. Sin embargo, los hechos acaecidos ayer en Cúcuta aceleraron los tiempos: sus funcionarios Mauricio Claver, Eliott Abrams y John Bolton, halcones de nacimiento, son más afines al hierro que a los libros de Emmanuel Kant, y respecto a Maduro creen que la hora de la espada ha sonado.

Estados Unidos tiene experiencia en golpes de estado e invasiones militares, pero en esta coyuntura debería convencer a los miembros del Grupo Lima. Con todo, Trump tiene un atajo que se llama Juan Guaidó. El presidente interino apostó una cuota importante de su credibilidad interna a que los alimentos y medicamentos llegarían –"sí o sí"—a Venezuela, y esa promesa ahora se parece a un trofeo de caza que Maduro hubiera colgado con gusto en Miraflores. Guaidó rechaza la injerencia extranjera, un concepto variable acorde a la experiencia americana en tan controvertida materias de política exterior.

Camino a la gloria

Los presidentes Duarte, Guaidó, Sebastián Pinera (Chile) y Mario Abdo (Paraguay) ayer llegaron temprano al deposito del puente Tienditas que protegía la ayuda humanitaria donada por USAID. Fueron rodeados por decenas de periodistas y a continuación Duarte anunció oficialmente que se había entregado la ayuda a Guaido. Fue un momento emotivo: se encendieron los motores de los camiones con acoplado y en una larga fila iniciaron la marcha hacia los puentes Simón Bolívar y Ureña.

"Compatriotas –alertó un locutor en los portones del puente de Tienditas–, tenemos miedo que nos roben la ayuda o que la destruyan. Por eso, les pedimos que se suban a los camiones y que nos acompañen a los puentes".

En un segundo, cientos de venezolanos se trepaban a los micros y se acordaban de la familia de Maduro. El camión 9 –que fue abordado por Infobae a la salida de Tienditas–, estaba conducido por Pedro y acompañado por un puñado de adolescentes que vociferaban contra el líder populista: "Maduro…", gritaba uno. "Concha tu madre", respondían todos. Arriba del camión, todo era una fiesta. Y abajo, al costado del camino, la fiesta continuaba con canilla libre.

Una hora más tarde, Pedro estacionó su camión a cien metros de la frontera con Venezuela. No se preocupó. Estaba feliz y contaba de su familia en Montevideo. Hacía mucho calor y la gente cantaba contra el régimen de Maduro y a favor de la libertad de Venezuela. Los camiones no se movían, y a Pedro le llamó la atención. Se bajó del camión y volvió con dos botellas de vinagre, un ingrediente de cocina que sirve para atenuar el impacto de los gases lacrimógenos.

Por eso los camiones no se movían en el puente Simón Bolívar: Maduro reprimía y era imposible cruzar la frontera.
Guaidó había prometido una movilización impresionante para acompañar el traslado de la ayuda humanitaria y enfrentar a los grupos de tarea de Maduro. No sucedió. Al contrario, delante de los camiones se ubicaron unos cien adolescentes que combatían a los represores de Maduro con una piedra o una puteada. Y nada más. Puro coraje, bronca y odio ante el régimen populista, que había desplegado a su mejor gente para evitar que los camiones avanzaban.

REUTERS/Edgard Garrido
REUTERS/Edgard Garrido

La estrategia de Guaidó tiene un problema de conducción. Los jóvenes militantes se hicieron cargo de las operaciones y un ejemplo de este hecho fue que resistieron con éxito la decisión de retirar los camiones de los puentes Simón Bolívar y Ureña. Al final de la tarde, con la policía colombiana presionando, pudieron sacar los camiones y llevarlos a la bodega 1 del puente Tienditas.

Sin una muchedumbre en los puentes y sin una conducción unificada, Guaidó tendrá problemas para ejecutar su estrategia de atenuar la crisis humanitaria, quebrar el frente militar de Maduro y forzar una pueblada que desemboque en una transición democrática. Guaidó tiene buenas intenciones, pero ayer concedió un triunfo político al líder populista, que no le importa la sangre derramada, la represión ilegal, la diplomacia global y el hambre de los venezolanos.

REUTERS/Marco Bello
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Frente a semejante correlación de fuerzas, Guaidó debe recuperar la vertical y rediseñar su plan maestro contra Maduro. Pedro, el chofer del camión 9 que llevó a Infobae, no entendía el fracaso. "Yo pensé que hoy ganábamos", dijo con inocencia y ternura. Creyó en el discurso de su presidente electo, y ahora ya no sabe cómo seguir y en qué confiar. "Mañana (por hoy) me quedo todo el día en casa, que el camión lo maneje otro", adelantó.

Guaidó tiene razón política y respaldo internacional. Pero subestimó a Maduro y su aparato represor. Ahora tiene que remozar la confianza de los venezolanos y establecer nuevas vías de acción contra el líder populista. Tendrá que prepararse y ser fiel a sus ideales: no es fácil decir que no a la Casa Blanca, y menos después de una maniobra geopolítica avalada por 50 país que falló en vivo y en directo.

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