Un cachorro pandémico cambió mi forma de ver (y oír y oler) mi mundo

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Especial para Infobae de The New York Times.

(Right at Home)

A 800 metros de mi casa, una bufanda roja tejida a mano lleva casi dos años enrollada en un poste de teléfono. No me preguntes por qué está ahí, pero casi todos los días la visito con mi perro, Bowie. Por suerte para él, la bufanda, que se ha decolorado hasta tener un tono rosa apagado, se ha deslizado lo suficiente por el poste para que pueda olerla a gusto.

La bufanda misteriosa es uno de los muchos detalles de mi vecindario que Bowie me ha hecho notar desde que lo adoptamos en 2020. Su llegada a nuestra familia fue el resultado de una campaña implacable de mis aburridísimos y aislados hijos. Al igual que millones de estadounidenses, me subí al tren de los cachorros pandémicos, tras ser convencida de que un perro mejoraría nuestra vida en el hogar, al servir como una distracción peluda del tedio. Como la mayoría de las madres previsoras, también supuse que, una vez pasada la novedad para los niños, me tocaría a mí hacer la mayor parte del trabajo.

No obstante, como era la primera vez que tenía un perro, no preví con qué profundidad y entusiasmo un perro me exigiría ver mi vecindario desde una perspectiva diferente.

La bufanda fue solo el principio. También aprendí que en mi vecindario viven muchos más gatos callejeros de los que imaginaba. Pregúntale a Bowie; él anuncia su presencia tan fuerte como puede. Ahora sé que el vecino con el pequinés saca a su perro varias veces al día, pero nunca va muy lejos. A los gansos del parque cerca de mi casa no les preocupan los perros pequeños, por mucho que ladren, y se apropian con gusto de todo el sendero si se les da la gana. Hace unos días, cuando vi a un zorro herido que cojeaba en el parque, supe que era el mismo que había estado viviendo en el margen boscoso del parque porque lo había visto muy a menudo mientras pasaba por ahí con Bowie.

Antes de tener un perro, me preguntaba cómo podría cambiar nuestra casa el hecho de tener uno. ¿Mordería el sofá? ¿Sus camas, juguetes y platos de comida invadirían nuestra sala? ¿Interrumpiría mi jornada laboral? Ninguna de estas preocupaciones se materializó de manera significativa. En cambio, lo único que cambió fue qué y a quién veo a lo largo del día. Hace unos días, otra vecina apareció en mi patio trasero porque su perro, Solly, tiene tanta energía como el mío, por lo que los dos juegan con frecuencia. Ella me preguntó cuándo me había mudado al vecindario. Llevo aquí 10 años. Ella lleva 20, pero no nos habíamos conocido ni visto nunca hasta que ella adoptó a Solly el verano pasado.

“El perro se convierte en algo que le interesa a la gente y puede convertirse en un punto de partida para conocer a tu comunidad de maneras distintas”, señaló Melissa Cooper, quien durante años escribió un blog sobre los paseos que daba con su perro, Strider, después de que se mudó a Manhattan desde Dallas en 2008. Strider (conocido como Esau en el blog) murió en 2018, pero Cooper sigue dando los mismos paseos, buscando sus rincones favoritos, como el lugar donde les gusta esconderse a los mapaches en Central Park. “Ahora estoy entrenada”, dijo.

En su blog, con el acertado título de “Saqué a pasear al perro”, Cooper solía fotografiar la fauna que veían ella y Strider, o los atardeceres, o la manera en que el hielo se congelaba en las rocas de Central Park. “Si quieres observar la naturaleza con atención, pasear al perro no es la forma de hacerlo”, comentó, pero si lo que quieres es un compañero que te señale otras criaturas y agudice tus sentidos, sin duda un perro es de ayuda. “Mi perro me abrió mundos”, relató Cooper. “Él veía las cosas antes que yo. Aprendí a ver, a oír y a escuchar”.

Al parecer, también era un excelente cazador de ratas, con un don para despachar con eficacia a los roedores escondidos bajo las bolsas de basura de las banquetas de su vecindario en Morningside Heights. “Es increíble”, afirmó. “Podría haber limpiado todo el barrio”.

Tanvi Misra, una periodista que escribe con frecuencia sobre migración y política urbana, llevaba dos años viviendo en el vecindario de Shaw, en Washington D. C., cuando adoptó a Ruth en 2020. Ruth, una perrita rescatada, había estado viviendo en una granja en Arkansas y le aterraban las calles bulliciosas y ruidosas de su nuevo vecindario, así que Misra buscaba los callejones tranquilos detrás de las casas adosadas y las escuelas.

A través de estos callejones, Misra llegó a apreciar una zona que con frecuencia parecía demasiado pulcra para sentirse como un hogar. “Crecí en un vecindario de Delhi, India, que tenía muchos recovecos y escondites”, narró. Descubrir los callejones con Ruth “me recordó un poco de eso”.

También empezó a conocer a los vecinos y a entablar conversaciones, algo que también estaba fuera de su zona de confort. “No me resulta fácil hablar de cosas triviales”, comentó sobre un estilo de conversación que le parece característico de los estadounidenses. “Pero con Ruth, siempre había una excusa para empezar a hablar con la gente”.