Un día negro para Israel ante el terrorismo de Hamas

El primer ministro de Israel Benjamin Netanyahu promete una respuesta contundente pero los cautivos en Gaza pueden atarle las manos

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Cohetes disparados desde Gaza hacia Israel este 7 de octubre de 2023 (REUTERS/Mohammed Salem)
Cohetes disparados desde Gaza hacia Israel este 7 de octubre de 2023 (REUTERS/Mohammed Salem)

(Jerusalén, especial para Infobae)

Al destruir la valla de seguridad que divide la Franja de Gaza (350 km2) y el Estado de Israel reconocido internacionalmente, el islamista Hamás no solamente ha permitido la penetración de varias decenas de terroristas, sino que parece haber resquebrajado la capacidad del ejército israelí para amedrentar a sus enemigos.

La acción de Hamás carece de lógica militar. Conocen perfectamente la capacidad bélica del estado hebreo tanto como la posible respuesta que puede provocar una agresión como la vivida durante este Shabat (sábado) de descanso. Sin embargo, no les importa. Hamás necesita acumular “imágenes victoriosas”. Conquistar ciudades israelíes, secuestrar mujeres, niños y ancianos, o transmitir informes periodísticos desde el interior de Israel son, definitivamente, las imágenes que refuerzan su prestigio dentro de la calle palestina.

Desde el punto de vista propagandístico, el 7 de octubre de 2023 será recordado como un día de gloria para el islamista que gobierna la Franja de Gaza.

La cifra de civiles israelíes asesinados asusta (por el momento, 150 personas). Sin embargo, son más estremecedoras las consecuencias del secuestro de cerca de cincuenta ciudadanos, parte de ellos militares. Basta con equiparar lo ocurrido entre 2006-2011, cuando Hamás secuestró al soldado israelí Guilad Shalit. Tras el cautiverio, Shalit fue intercambiado por más de 1.000 terroristas, entre ellos el actual líder del Hamás, Yejih Sinwar. Es imposible calcular las exigencias de Hamás frente a este número de secuestrados.

El primer ministro de Israel Benjamin Netanyahu promete una respuesta contundente, pero los cautivos en Gaza pueden atarle las manos. En el pasado, la política de Israel frente a la Franja de Gaza se podría resumir en la táctica de “cortar el césped”. Cada tantos meses, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) atacaban las reservas de cohetes que había acumulado Hamás y se aseguraba de recordarle al grupo islamista que sus provocaciones ponían en peligro la estabilidad de su gobierno. Israel prefería atacar desde el aire, una situación que aumenta la posibilidad de abortar ataques en donde pueden estar implicados no combatientes. Muy de vez en cuando, como en la Operación Margen Protector del 2014, el ejército hebreo penetraba por tierra en la Franja. En aquella ocasión lo hizo para destruir los túneles de ataque que penetraban en el interior de Israel, hacia los mismo lugares que ahora han sido atacados.

El principal dilema para el gobierno israelí es penetrar por tierra y propinar un durísimo golpe al Hamás, o contentarse con un ataque aéreo que incluya el asesinato selectivo de sus líderes. Una avanzada terrestre aumentaría radicalmente la muerte de palestinos inocentes, tanto como la perdida de vida de soldados israelíes que tendrían que combatir casa por casa, callejuela por callejuela y mezquita tras mezquita. Una situación como la detallada, aumentaría la presión internacional en su contra. La segunda opción, la de repetir los ataques aéreos puede decepcionar a la opinión pública local (ahora consternada) y, además, presentarían serias dificultades para ubicar a los líderes, ahora escondidos bajo tierra.

Por el momento, la comunidad internacional ha declarado su apoyo al gobierno de Israel, un crédito que se puede evaporar a medida que fluyan las imágenes de palestinos sufriendo las consecuencias del contrataque.

Israel debe responder de forma cuidadosa, ya que un error de cálculo puede provocar la entrada en la refriega del Hezbollah en el sur del Líbano, la participación de palestinos desde Cisjordania o disturbios de árabes israelíes (20% de la población). Un conflicto en tantos frentes sería un escenario problemático para Netanyahu y su gobierno.

Hace 50 años, Israel sufrió un ataque sorpresivo que aún se festeja en el mundo árabe. La Guerra de Yom Kipur (1973) fue un acto de humillación para un ejército que se creía invencible. Hoy vemos una situación parecida, en donde Hamás doblega propagandísticamente a Israel, azota un shock emocional a su población y, entre otras cosas, impone una situación en donde el ejército no puede responder con la libertad de acción que preferiría (a causa de los secuestrados).

Las próximas horas serán cruciales. El deseo del gobierno de Israel se centrará en recomponer su capacidad de amedrentar al Hamás, a sabiendas que los medios a su disposición se han transformado en limitados.