¿Extrañarán a Trump los halcones anti Estados Unidos de Argentina?

En la imagen, el exmandatario estadounidense Donald J. Trump. EFE/Al Drago/Archivo
En la imagen, el exmandatario estadounidense Donald J. Trump. EFE/Al Drago/Archivo

Desde principios de 2020 y más aún cuando fue evidente el fuerte impacto económico, humano y psicológico del COVID-19 en los Estados Unidos, los sectores más antagónicos (al menos a nivel retórico) que integran él variopinto frente que compone él gobierno argentino -o ese oxímoron para la Ciencia Política que es el hipervicepresidencialismo de coalición imperante- aclamaron en las múltiples ventajas y beneficios que tendría una derrota de Trump y un triunfo de Biden.

Si bien el vínculo de la dupla Obama-Biden con los K entre 2009 al 2015 fue más que malo, el cliché fue ganando más y más fuerza en los relatos. Pasadas las primeras semanas del nuevo equipo de la Casa Blanca que todavía está en formación e incluye los interrogantes sobre la designación de decenas de nuevos embajadores en países clave y en Argentina, van adquiriendo forma un conjunto de prioridades y temas que parecen ir en sentido contrario a la expectativas de Buenos Aires: el énfasis central que la administración anunció que aplicará a la lucha contra la corrupción y a las violaciones de los derechos humanos, sea cual sea el ropaje ideológico o retórico de los que lo violan.

En la visión del equipo de Biden, el sistema internacional asiste a un acoso hacia los valores democráticos y civilizados por parte de ideologías y regímenes que se nutren de la represión y el robo de bienes públicos, quienes generan a su vez crisis humanitarias, refugiados, presos políticos y muertes.

Cuando hablan del hemisferio, rápidamente hacen mención a los casos en Venezuela, vista como un protectorado cubano los pasillos de Washington, y Nicaragua. No casualmente se han reafirmado y perfeccionado las sanciones sobre personeros de esos regímenes que venían del periodo Trump, al igual que los pedidos y trámites de extradición internacional de personajes con información sobre esos actos delictivos.

Para el gobierno americano, ese maridaje de corrupción, autoritarismo y violencia, actúa como un terreno fértil para que China expanda su mapa de alianzas y presencia, tanto en la region como en otras zonas del mundo. Por lo tanto, poner en el centro de la atención el cuidado de los DDHH, la libertad de elegir gobernantes y el manejo decente de los fondos públicos dista de ser una agenda idealista o meramente bien intencionada. Es un componente más y no menor de la larga puja de poder que hay y habrá con Beijing y, en mucha menor medida, con Rusia.

Ello no debe llamar la atención, dado que el ingreso fuerte del tema de derechos humanos en la agenda de las grandes potencias se dio a comienzos de los ’70 de la mano del entonces artífice de la política exterior americana, Henry Kissinger. Con su tradicional astucia y pragmatismo, vio como esos temas constituían un ariete que impactaba y generaba costos reputacionales más y más grandes a la URSS.

Por diversas razones que no vienen al caso detallar, el sector K del actual gobierno argentino tiende a buscar muy fluidos lazos personales, estratégicos, de seguridad y comerciales con los países que la administración Biden ve con peores ojos en las agendas antes mencionadas. Pasado más de un año, el actual gobierno argentino parece no comprender o no querer comprender lo que Roberto Russell define como bipolarismo no polarizado: un sistema internacional que ahora y por mucho tiempo más presenta dos superpotencias que a su vez están entrelazadas por 40 años de intercambio económico, financiero, comercial y societal.

Ambas son pilares fundamentales del capitalismo global tanto en lo productivo como en lo financiero y tienen desafíos comunes como lo son el cambio climático, pandemias, terrorismo con eventual uso de armas de destrucción masiva. Basta haber recorrido las principales universidades de los EEUU para ver la presencia de decenas de miles de jóvenes y no tan jóvenes de origen chino cursando sus grados y posgrados. Ni que decir los miles de patentamiento científicos y tecnológicos donde se combinan ciudadanos de ambos países.

Hasta el momento, el gobierno argentino ha emitido señales poco balanceadas o hasta desbalanceadas en detrimento de los Estados Unidos. Parece que actúa, por acción u omisión, en un escenario bipolar polarizado como sucedió durante la Guerra Fría, lo que sería un error de diagnóstico.

El General Perón, entre 1946 y 1955, desarrolló la denominada tercera posición como forma comunicacional y estética de no caer en esa dicotomía. Desde ya, la crisis de Corea en 1950 y su visión que podía escalar en una tercera guerra mundial, lo vio al tres veces presidente mucho más cercano a Washington que a Moscú. Asimismo, en sus 18 años de exilio sus destinos internacionales fueron siempre países muy distantes del comunismo y muy cercanos a los EEUU en esa puja global. Ni que decir entre 1973 y 1974, con su confrontación abierta y directa con los grupos guerrilleros.

Los cables desclasificados del ex embajador de los EEUU en esos años y en el periodo inmediatamente previo a su regreso a la Casa Rosada muestra un grado de confianza y cordialidad. Por todo ello y volviendo al presente, la no o menor polarización de la actual bipolaridad daría más amplios espacios para una versión 2.0 de una tercera posición. La misma requiere de un diagnóstico claro y realista del sistema internacional y un comando claro y unívoco por parte de nuestro poder Ejecutivo.


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