
La pérdida y desperdicio de alimentos en México alcanza proporciones alarmantes, situando al país entre los principales generadores de desechos alimentarios a nivel global, fenómeno que tiene consecuencias directas en el ambiente debido a su importante aporte de emisiones de gases de efecto invernadero y a la presión sobre los recursos naturales.
De acuerdo con declaraciones de Luis Fernando González Martínez, académico de la Coordinación Universitaria para la Sustentabilidad (COUS) de la UNAM, si todos los residuos alimentarios generados fueran reunidos en un solo lugar, adquirirían la magnitud territorial de una nación propia y se posicionarían como el tercer mayor emisor de gases responsables del calentamiento global.
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El especialista de la UNAM introdujo una distinción esencial para entender los alcances del problema: la pérdida de alimentos se refiere al conjunto de productos que no logran llegar desde la cosecha hasta el escaparate de las tiendas, mientras que el desperdicio acontece una vez que los alimentos están ya en los almacenes, puntos de venta o en los hogares.
A escala internacional, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura calcula que anualmente se pierden el 14 % de los comestibles durante el trayecto desde la cosecha hasta la distribución, cifra equivalente a un valor de 400 mil millones de dólares. A este desaprovechamiento inicial, se suma el 17 % de los alimentos que termina desechándose en la etapa de distribución y consumo final, como señaló González Martínez.
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El proceso de descomposición de estos residuos alimenticios agrava las consecuencias ambientales: generan metano, un gas cuya capacidad de contaminación es superior a la del dióxido de carbono (CO2). Como explicó González Martínez, la liberación de estos gases tiene relación directa con el incremento de eventos climáticos extremos como sequías, lluvias intensas y descensos de temperatura atípicos, efectos que ya están siendo observados en distintas regiones del planeta.
México contamina con alimentos desperdiciados a niveles preocupantes
El impacto ambiental del desperdicio de alimentos en México se ve reflejado también en cifras concretas: datos del Banco Mundial recabados por González Martínez revelan que cada año estas prácticas generan alrededor de 36 millones de toneladas de CO2, nivel de emisiones comparable al producido por casi 16 millones de automóviles. Además, si se midiera por volumen, servirían para llenar cuatro camiones de basura por minuto únicamente con comestibles descartados, un dato que amplía la dimensión tangible del problema y diferencia esta cobertura de otras aproximaciones al mismo fenómeno.
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Las cifras vinculadas a productos básicos delinean la magnitud del derroche alimentario en el país. El informe Pérdidas y Desperdicios de Alimentos en México, publicado en 2013 por el Banco Mundial, cuantificó que de los siguientes productos, determinado porcentaje se pierde o desperdicia antes de llegar al consumidor final:
- 28,7 % de las tortillas
- 43,1 % del pan blanco
- 35,4 % de la carne de res
- 37,2 % del arroz
- 38,7 % del pescado
- 48,7 % del camarón
- 43,1 % de la leche
- 40,2 % de la carne de puerco
Estas cifras ubican a México entre los países con mayor desaprovechamiento de alimentos, una realidad paradójica si se considera que la nación posee el segundo banco de alimentos más grande del mundo, señaló el especialista de la UNAM.
Despilfarro de alimentos equivale a tirar dinero y recursos naturales
La magnitud del desperdicio alimentario genera una repercusión económica significativa, equiparable a "dinero prácticamente tirado a la basura“, según mencionó Luis Fernando González Martínez. A escala global, la cantidad de comida desaprovechada anualmente asciende al 30 % de la producción total, una cuota que representa no solo una pérdida alimentaria, sino también la ineficiencia en el uso de recursos naturales y energéticos.
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Desde la perspectiva del académico de la UNAM, para disminuir este fenómeno en México es fundamental una planificación más eficiente del consumo: calcular con precisión la cantidad de personas para quienes se preparan los alimentos es el primer paso para garantizar la sustentabilidad futura.
Según lo publicado en la Gaceta Digital UNAM, entre las soluciones propuestas figuran prácticas de economía circular como el reaprovechamiento de alimentos en nuevas recetas, el correcto almacenamiento para prolongar su vida útil, la preferencia por frutas y verduras de temporada, la separación de residuos orgánicos para la elaboración de composta y el consumo de productos locales, que además de reducir costos, beneficiarían a pequeños agricultores y disminuirían pérdidas asociadas al transporte.
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La incorporación de estos hábitos cotidianos, indica el académico desde la UNAM, puede contribuir a reducir el desperdicio de alimentos y a limitar el impacto negativo sobre el ambiente y la economía mexicana.
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