
Ranieri Mancinelli entra a su taller en Roma poco después de las siete. Enciende la luz amarilla que apenas alcanza para iluminar los bultos de tela blanca y el busto de madera donde cada tanto ensaya una caída, un pliegue, un giro en la manga. Nadie le pidió nada. Y sin embargo, cose.
En esa sala angosta, a pocas cuadras de la plaza de San Pedro, se prepara desde hace semanas el ajuar del próximo papa. “Estoy haciendo esto por mi cuenta”, dice Mancinelli, sin levantar la vista del ruedo que ajusta con una aguja larga. “No sé quién será. Pero alguien tendrá que ponérselo”.
No hay órdenes oficiales, ni carta del Vaticano, ni visita de monseñores con retazos aprobados. Por primera vez en 46 años, el Vaticano no encargó la confección de las sotanas papales antes del cónclave. Ni siquiera a Gammarelli, la sastrería fundada en 1798 que vistió a todos los papas del último siglo. La noticia no es menor: el vestido del papa no es solo un traje, es una teología en seda.

La última vez que ocurrió algo así fue en octubre de 1978, cuando Juan Pablo I murió tras 33 días y el cónclave improvisó entre la urgencia y el desconcierto. Esa vez, un joven Mancinelli aún compartía clientes con cardenales esbeltos y rígidos, de mirada severa. Hoy, a sus ochenta años, trabaja como si el tiempo no hubiese pasado, como si la costura pudiera contradecir al calendario.
“No es por negocio” —dice—. “Es por respeto”.
Las sotanas son tres: pequeña, mediana y grande. Sin bordados, sin botones dorados, sin adornos. Blanco sobre blanco. Cada una con sus respectivas mangas de seda ancha, la capa corta y la faja lisa, sin escudo. La austeridad no es un error: es fidelidad a Francisco.

Desde su elección en 2013, Francisco despojó el vestuario papal de todo rastro de pompa. Cambió los zapatos rojos por unos negros ya gastados. Rechazó la mozzetta burgundy, el manto de terciopelo que usaron todos sus predecesores para el “Habemus Papam”. Renunció también al fajín con su sello dorado. Un papa vestido como párroco: fue la imagen inaugural de un estilo de gobierno que buscó coherencia estética y política.
“Ahora, su renuncia —y el cónclave que se avecina— abren un nuevo capítulo”. Y mientras los cardenales se preparan para votar en la Capilla Sixtina, el Vaticano guarda silencio sobre el ajuar. No habrá sotanas a medida hasta saber quién es el elegido. ¿Falta de tiempo? ¿Exceso de stock? ¿Un mensaje ambiental, como sugieren algunos medios italianos, en línea con la sostenibilidad que predicó Francisco?
“No lo sabemos”, responde Lorenzo Gammarelli, heredero del otro taller centenario. “Estamos un poco tristes, porque más allá del dolor por la muerte del Santo Padre, siempre había algo bello en preparar ese vestuario. Esta vez no”.

Aunque muchas veces se los menciona juntos, Gammarelli y Mancinelli no forman parte del mismo taller ni comparten clientela de forma regular. Son casas rivales, unidas solo por su cercanía al poder eclesiástico y por la fidelidad a un oficio que se transmite más con las manos que con palabras. La primera, institucional y tradicional. La segunda, más discreta, más artesanal.
En el taller de Mancinelli, la tristeza es distinta. Es más íntima, menos institucional. Su relación con la Iglesia no pasa por los contratos, sino por los gestos. Fue él quien confeccionó la primera sotana de Juan Pablo II, la de Benedicto XVI, y luego la de Francisco. Este último lo invitó más de una vez a Santa Marta, su residencia, para discutir telas y caídas con una calidez que el sastre recuerda como “el comienzo de un tiempo muy agradable”.
A diferencia de Gammarelli, Mancinelli no trabaja con archivos ni mediciones de candidatos papables. No hace apuestas. Cose por fe. “Los tres tamaños alcanzan para cualquiera”, dice, y en sus manos la aguja avanza como un rezo lento.

Hay algo profundamente simbólico en ese taller encendido, sin pedidos. Como si en la Roma de los tronos vacíos, un sastre solitario se negara a que la Iglesia abandone del todo sus ritos. Mancinelli no sabe quién se asomará al balcón la semana próxima. Pero quiere que, cuando lo haga, no tenga que improvisar. Que la sotana le quede digna, aunque no perfecta. Que la caída sea limpia.
Un silencio que se extiende
También en ese silencio que todo lo envuelve —el del cónclave, el de los talleres sin órdenes, el de una muerte reciente— trabaja Filippo Sorcinelli, el diseñador que vistió a Francisco desde su misa inaugural hasta su sepultura, y que creó la mitra blanca con la que fue enterrado el 26 de abril.
“Imaginé una mitra que no impusiera su voz, sino que custodiara las de los últimos, los excluidos, los que sufren” —dijo en diálogo exclusivo con Infobae—. Una piedra simple, enmarcada en oro: un fragmento de eternidad.
Fundador del atelier LAVS, Sorcinelli diseñó más de cincuenta vestiduras litúrgicas para los dos últimos papas. Inspirado en los frescos medievales de Giotto, trazó una estética fiel al mensaje de Francisco: una sobriedad que no renuncia a la belleza, sino que la transforma en acto sagrado.
“La belleza y la fe no están separadas” —dice—. Son hermanas. Caminan juntas en la oscuridad, buscando lo absoluto. Como los sastres que aún cosen en voz baja, sin saber para quién.
Quizás, cuando escuchemos el “Habemus Papam”, ese hombre vestido de blanco esté llevando puesta una de las sotanas que cose ahora mismo, a ciegas, muy cerca del Vaticano. Puede también que sorprenda eligiendo otra forma, un nuevo corte, un gesto simbólico. O simplemente repita uno de los trajes ya guardados en el armario de la Sala de las Lágrimas, en sintonía con la humildad que predicó hasta el final el papa Francisco.
Y tal vez esa puntada solitaria, ajena al poder y al mandato, sea una de las últimas formas de lealtad silenciosa que sobreviven dentro del Vaticano.
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