
La reconfortante taza de té, esa que en los fríos inviernos calienta las manos, tiene mucha historia detrás. Desde su origen, que se remonta a Asia, específicamente en China por alrededor del año 1500 a.C., hasta expandirse por todo el mundo. El té se convirtió en la segunda bebida más elegida por las personas, después del agua.
El té no se limita únicamente a las hojas, puede ser elaborado a partir de cortezas, raíces y frutos. Además, con frecuencia es asociado con diversos beneficios para la salud. Según la Enciclopedia de Historia Mundial, el té tenía una función primordialmente medicinal cuando se empezó a cultivar en los países asiáticos hace milenios. No es de extrañar que, desde 2020, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) celebre el Día Internacional del Té el 21 de mayo, en honor a su importancia cultural y económica global.
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En 2.737 a.C., según la leyenda china, el emperador Shen-Nung descubrió el té cuando unas hojas silvestres cayeron en su cuenco de agua hervida. Aunque la veracidad de esta historia es incierta, está establecido que la Camellia Sinensis, la planta del té, se consumió por primera vez en China, inicialmente masticando sus hojas o usándolas en tónicos digestivos y tratamientos tópicos, antes de popularizarse su infusión.
Durante la dinastía Han (206 a.C. – 220 d.C.), la infusión empezó a ganar popularidad. Fue en el siglo IV cuando el té se convirtió en la bebida nacional de China. En las eras posteriores, los métodos de preparación evolucionaron. Durante la dinastía Tang (618-907 d.C.), el té se preparaba tostando ladrillos comprimidos de hojas. La dinastía Song (960-1279 d.C.) introdujo el té en polvo, precursor del té Matcha japonés. Finalmente, en la dinastía Ming (1368-1644 d.C.), el té se infusionaba con hojas sueltas, un método que se difundió en Occidente.
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La expansión del té desde Asia hacia otros continentes es una historia de navegantes, comerciantes y conquistas. Inicialmente, el té se consumía exclusivamente en China hasta que llegó a Japón (alrededor del año 800 d.C.). En Japón, esta bebida no tardó en convertirse en un elemento cultural tan significativo como en su país de origen. A medida que los años pasaron, otros países asiáticos también comenzaron a cultivar y consumir té.
El trayecto del té desde el continente asiático hacia África, Europa y América es un testimonio de su irresistible atracción. La Enciclopedia Británica detalla cómo la Compañía Holandesa de las Indias Orientales transportó el primer cargamento de té desde China a Europa en 1610. Este hecho marcó el inicio de la historia del té en el continente europeo y su difusión global.
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A nivel comercial, el vínculo entre Inglaterra y esta infusión comenzó cuando la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, introdujo té chino al mercado inglés desde los puertos de Java, en Indonesia, en 1669. Este fue el comienzo de lo que se convertiría en una relación verdaderamente simbiótica, y convirtió al té en casi una institución cultural en Reino Unido.
La influencia británica en el té no se detuvo en Europa. En 1836, los británicos introdujeron la cultura del té en India y en 1867 en Ceilán (hoy Sri Lanka). Inicialmente, usaron semillas traídas de China, pero luego comenzaron a utilizar plantaciones del estado de Assam, en India. Esta decisión resultó crucial para el desarrollo de la industria del té en estas regiones. Hacia finales del siglo XIX y principios del XX, el cultivo del té se había expandido aún más, alcanzando regiones de la actual Rusia e Irán.
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El cultivo y consumo de té también se expandieron durante este mismo periodo a varios países africanos y sudamericanos. En África, se destacaron regiones como Malaui, Uganda, Kenia, Congo, Tanzania y Mozambique. En Sudamérica, la producción de té fue especialmente notable en Argentina, Brasil y Perú. En Australia, este cultivo se estableció en la región de Queensland.

La llegada del té a Sudamérica
En cuanto a este sector del hemisferio sur, el té llegó a una región que ya tenía una fuerte tradición de consumo de infusiones a base de yerba mate, cultivada y consumida por los indígenas guaraníes mucho antes de la llegada de los colonizadores españoles y portugueses. Sin embargo, fueron estos colonizadores quienes introdujeron otras variedades de té, más comunes en Europa.
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A pesar de la popularidad del té, países en Centro y Sudamérica adoptaron esta bebida más lentamente debido a la preferencia por el café, importado por españoles, portugueses y franceses. Además, yerbas locales como el mate en Argentina y Brasil, crearon barreras culturales para el té.
En Chile, el consumo de té creció gracias a la influencia de la colonia inglesa en el comercio de salitre y un impuesto sobre la yerba mate introducido en 1767. Este impuesto incentivó un cambio hacia la Camellia Sinensis. Hoy, Chile muestra el mayor consumo de té en Latinoamérica.
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