Manifestantes reaccionan después de que la policía disparó gas lacrimógeno durante una protesta en Hong Kong, China, el 31 de agosto de 2019 (REUTERS/Kai Pfaffenbach)
Manifestantes reaccionan después de que la policía disparó gas lacrimógeno durante una protesta en Hong Kong, China, el 31 de agosto de 2019 (REUTERS/Kai Pfaffenbach)

Un crimen pasional, tres meses de protestas, centenares de heridos y detenidos, una economía deteriorada y el levantamiento popular más grave de los últimos 30 años. De todo eso está condimentado el guiso que aún no termina de cocinarse en Hong Kong y que ya está quemando el delicado paladar de los jerarcas del Politburó Comunista de Beijing.

La "rebelión de los paraguas" continúa a pesar de que los manifestantes obtuvieron un triunfo sobre su principal reivindicación. Pero como los estudiantes de las históricas protestas de la Plaza de Tiananmen, en 1989, la movilización se mantiene porque no salieron a las calles por esas consignas que gritan, sino para ganar algo por lo que hay que luchar a diario en cualquier lugar del mundo, la libertad y la democracia. Y en China, esos son valores particularmente anhelados después de setenta años de régimen comunista.

El detonante de las protestas pro democráticas que incendian desde hace meses las calles de Hong Kong y que están poniendo en jaque al Gobierno de Beijing, tuvo lugar el Día de San Valentín del año pasado: el 14 de febrero de 2018. Para celebrar esa fecha de "los enamorados", Chan Tong-Kai, de 19 años, y su novia Poon Hiu-Wing, de 20 años, que estaba embarazada, se fueron unos días de vacaciones a Taiwán.

Dos días después de llegar a Taipei, la capital taiwanesa, la pareja empezó a discutir y ella le confesó "que el bebé que llevaba dentro no era suyo, que era de otro novio que había tenido antes que él". Chan la atacó y la estranguló.

Tras cometer el feminicidio, introdujo el menudo cuerpo de la joven en una maleta, que dejó cerca de la entrada de una estación del metro de Taipei. Chan regresó a Hong Kong, confesó el crimen a la policía y, como no hay tratado de extradición entre Taiwán y China, y las leyes de la ex colonia británica no permiten que sea juzgado por un feminicidio cometido en Taipei, fue sentenciado a apenas 29 meses de cárcel. Y no por el asesinato, sino por haber utilizado las tarjetas de crédito de su novia cuando ya estaba muerta. Por buena conducta, podría ser puesto en libertad en octubre.

Estudiantes con máscaras de gas y cascos marchan ante el Queen’s College en Hong Kong, el lunes 2 de septiembre de 2019 (AP Foto)
Estudiantes con máscaras de gas y cascos marchan ante el Queen’s College en Hong Kong, el lunes 2 de septiembre de 2019 (AP Foto)

En febrero, un año después del asesinato, Carrie Lam, jefa del Gobierno de Hong Kong, propuso una legislación que permitiese extraditar a Taiwán a los hongkoneses acusados de haber cometido crímenes en ese país lo que fue interpretado por los habitantes de la ex colonia británica "como un caballo de Troya", cuyo objetivo final era entregar al gobierno comunista de Beijing a los disidentes, incluyendo a los líderes del movimiento pro democrático de Tiananmen que viven refugiados en Hong Kong. Los activistas liberales temen que la propuesta de Lam sea manipulada por los halcones del gobierno chino de Xi Jinping y que "esa ley trampa" se amplíe a "países amigos de China" que se dediquen a "una caza de brujas de disidentes".

Hong Kong es una Región Administrativa Especial (RAE) de China desde el primero de julio de 1997, cuando la entregó Gran Bretaña. Según los acuerdos firmados entonces entre Londres y Beijing "se debe respetar la independencia y la democracia de la Isla" durante cincuenta años a partir de la devolución, es decir 2047. Lo que están peleando ahora los estudiantes hongkoneses es un adelanto de la batalla final que se librará en 28 años.

"No somos revolucionarios, solo queremos vivir en libertad", repite Joshua Wong, un chico de 23 años que se convirtió en el rostro más conocido de las protestas. Fue detenido cuando aún la gente no había ganado las calles.

Salió de la cárcel el 17 de junio pasado, cuando las protestas ya eran noticia internacional, y su primer tweet fue: "Hola mundo, hola libertad. Acabo de salir de prisión. ¡Vamos Hong Kong! Retiren el proyecto de ley de extradición. Carrie Lam, renunciá". Es secretario general del partido liberal Demosisto, fundado en 2016, que coordina las acciones de los estudiantes y organiza campañas de crowdfunding para financiar las protestas.

Wong ya había sido uno de los líderes de la revuelta de 2014, aunque repite que "en este movimiento no hay un líder visible". "Hace cinco años pedíamos elecciones libres y plantamos cara al presidente Xi Jinping. Hoy pedimos elecciones libres y nos enfrentamos al emperador Xi. Somos conscientes de que su política se ha endurecido. Este movimiento no tiene jefes y eso es positivo. Las autoridades chinas no pueden encarcelar a una persona y con ello lograr que la protesta cese. Por esa razón la protesta dura ya casi tres meses", explicó Wong la semana pasada a un grupo de corresponsales extranjeros.

(Reuters)
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Y a pesar de que la jefa de gobierno, Carrie Lam, cediera y anunciara el retiro del proyecto de ley de extradición, el descontento de los hongkoneses continúa. "Ya anuncié la suspensión de la ley. Quiero dejar claro que la ley está muerta", dijo Lam en un discurso emitido por la televisión local. Pero esa era la primera de las cinco demandas y los estudiantes anunciaron que no vuelven a sus casas si no se cumplen todas.

Exigen una investigación independiente sobre la represión. Acusan a la policía de exceso de uso de la fuerza, agresión sexual y colusión con grupos de choque llevados desde Beijing. Lam, en su discurso, descartó esta opción y señaló que el tema sería investigado por el Consejo Independiente de Quejas de la Policía. También demandan la eliminación del término "disturbios" para describir las protestas, algo que genera gran molestia entre los protestantes. Lam también aquí rechazó un cambio y explicitó que "no hay ningún efecto legal sobre cómo se describen o categorizan tales incidentes". La amnistía general para todos los detenidos, otra exigencia, fue descartada de plano y la jefa ejecutiva dijo que "no era aceptable". Finalmente, a la demanda de elecciones totalmente democráticas en Hong Kong, Lam dijo que "debería debatirse de manera pragmática y pacífica".

Para los estudiantes, una respuesta de ocasión y nada satisfactoria. "Demasiado poco y demasiado tarde: la respuesta de Carrie Lam se produce después de 7 vidas sacrificadas, más de 1.200 manifestantes arrestados, que están siendo maltratados en la estación de policía", escribió Joshua Wong. Y esta semana se sumaron a las protestas los estudiantes secundarios que comenzaron su nuevo ciclo lectivo. No fueron a clase y formaron una gigantesca cadena humana cada mañana. Planean participar en forma masiva en las manifestaciones de este fin de semana en el centro comercial hongkonés.

China tampoco está dispuesta a ceder, ya que si aceptara la marcha de Carrie Lam sería una clara señal de debilidad ante un movimiento prodemocrático. Habría un claro riesgo de que la llama de la libertad prendiera en otros enclaves sensibles. De hecho, si este levantamiento hubiera sido en Xinjiang o en el Tíbet, la respuesta de Beijing habría sido más contundente. "No pueden enviar al Ejército de Liberación del Pueblo a Hong Kong. Si lo hacen, la economía se resentirá gravemente. Y el precio que pagarán los líderes financieros pro chinos de Hong Kong sería enorme", explicaba Joshua Wong. Según el activista, el momento es crucial porque Xi Jinping pretende acabar con la máxima de "un país, dos sistemas" -ideado por Dean Xiaoping en 1984 por el que China continental se mantiene bajo el régimen comunista y las ex colonias de Macao y Hong Kong pueden ser capitalistas- para imponer "un país, un sistema". Al suprimir la limitación de mandatos presidenciales, según Wong, "Xi podrá mantenerse en el poder cinco, diez, quince o veinte años más".

En realidad, Xi Jinping está atrapado por el pasado. Si quisiera, podría enviar a las tropas que están acantonadas en la frontera chino-hongkonesa y terminaría con las protestas en cuestión de horas. Pero si lo hace, todos la compararían con la matanza de la Plaza de Tiananmen (paradójicamente, también conocida como la plaza de la Puerta de la Paz Celestial) cuando, después de casi tres meses de protesta, el ejército chino entró a la monumental explanada y comenzó a disparar. Nunca se supo la cifra exacta de muertos, pero los medios internacionales la ponen en miles.

Manifestantes devuelven granadas de gas lacrimógeno lanzadas por la policía durante un enfrentamiento en el distrito de Yuen Long, Hong Kong, el sábado 27 de julio de 2019 (AP Foto/Bobby Yip)
Manifestantes devuelven granadas de gas lacrimógeno lanzadas por la policía durante un enfrentamiento en el distrito de Yuen Long, Hong Kong, el sábado 27 de julio de 2019 (AP Foto/Bobby Yip)

Las manifestaciones comenzaron a modo de homenaje por la muerte de Hu Yaobang, el purgado ex secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh), que promovía la apertura democrática y se había enfrentado al entonces máximo líder, Deng Xiaoping. En pocos días se convirtió en la mayor concentración de la larga historia del país. Después de varios intentos por infiltrar el movimiento, las detenciones selectivas y las torturas a los líderes, en la noche del 3 al 4 de junio de 1989, la columna de tanques y varias unidades del Ejército avanzaron y arrasaron con todo lo que encontraron a su paso. Al día siguiente se produjo la escena más emblemática de lo ocurrido, cuando un hombre, del que no se conoce su nombre ni su destino, cargando unas bolsas de plástico como si viniera de hacer las compras, se paró inmóvil frente al primero de los tanques para evitar el paso de la columna. No le dispararon ni intentaron arrollarlo. El tanque intentó esquivarlo, pero el hombre se movió y volvió a pararse enfrente, hasta que unos soldados se lo llevaron. Era la escena bíblica del israelita David frente al filisteo Goliat, en versión maoísta.

Hong Kong no es Tiananmen. Allí se concentra una de las riquezas más grandes del planeta. Hay más multimillonarios por metro cuadrado que en Manhattan o Londres. Recibe grandes flujos de capitales de inversionistas que quieren entrar al gran mercado chino en forma más segura. Y en su bolsa de valores se cotizan las acciones de las principales empresas chinas. Desestabilizar Hong Kong con una supresión violenta de las manifestaciones es afectar la economía de todo el gigante.

Xi Jinping, por ahora, pareciera no tener como opción una matanza. Pero sí ya colocó a la ex colonia dentro del "demonio de las tres `T´" de las que no se puede hacer ninguna mención en la prensa china ni en forma pública por ningún funcionario. No se habla de Taiwán, la isla donde se refugiaron los nacionalistas y que nunca pudo ser conquistada por los comunistas; Tiananmen, por la vergüenza de la masacre que aún sigue pendiente de una investigación; y El Tibet, el pueblo que continúa esperando el retorno del Dalai Lama, obligado a huir tras la ocupación del Reino de los Himalayas por el ejército chino. Ahora, la regla de la censura será casi una fórmula matemática: "3T+HK". Por lo menos, hasta que los paraguas se levanten en forma de victoria o queden aplastados por los que huyen.