(Foto: cortesía)
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¿Quién de nosotros no ha sentido la fuerza y el poder de la culpa en alguna ocasión? ¿O no ha experimentado ese sentimiento agrio y punzante que produce una intensa sensación de malestar?

Es difícil escaparle a la culpa. En occidente su predominancia es alta. Nuestra educación judeo cristiana ha contribuido significativamente a su desarrollo.

La culpa es un sentimiento que comienza en la infancia y que forma parte del aprendizaje personal. A través de las enseñanzas que vamos adquiriendo en el seno de nuestra familia, cada uno de nosotros va aprendiendo el concepto sobre lo que está bien y lo que está mal y a medida que vamos comprendiendo lo que hacemos, comenzamos a desarrollar un sentido de responsabilidad moral sobre nuestros actos. De esa forma cuando obramos fuera de los límites de lo que consideramos correcto y somos capaces de reconocer nuestros propios errores y delitos, sentimos culpa.

Aunque parezca curioso, la culpa tiene un aspecto positivo que no suele tenerse en cuenta: nos ayuda a gobernar nuestros impulsos. Es como una suerte de barómetro que controla nuestras conductas, nos ayuda a diferenciar entre la buena y la mala acción y ejerce una función determinante en las relaciones interpersonales. Nos ayuda a frenar a tiempo, a regular el comportamiento, de manera tal que no necesitamos depender sólo y únicamente de la sensación de miedo a “ser descubiertos” para comportarnos de manera correcta.

Esta es la función reguladora de la culpa. Es el aspecto positivo que nos ayuda a mantener las buenas prácticas de conductas y acciones hacia los demás y con nosotros mismos. Por eso algunos especialistas se refieren a ella como “el guardián de la conducta”.

El aspecto negativo es que el sentimiento de culpa y el remordimiento, pueden convertirse en verdaderas torturas psicológicas que ponen en marcha el autoreproche, desgastando y dañando la autoestima, y esos sentimientos, a su vez, pueden llevarnos a sentirnos indignos y a tener una necesidad de castigo hacía nosotros.

Hay una frase de San Agustín que refleja el sentimiento de culpa occidental y cómo de una u otra forma tendemos a sentirnos culpables. “En mi vida hice mucho mal y poco bien; el bien que hice lo hice mal, y el mal que hice lo hice bien”.

En cambio, para los orientales la culpa no tiene ningún aspecto positivo. Los orientales tienen otra perspectiva. En lugar de sentirse culpables sienten pesar cuando cometen errores. Buscan reparar el daño, tienen un deseo de transformación que los ayuda a considerar la situación como un nuevo punto de partida para convertirse en una mejor persona. Para ellos la culpa no ayuda, el arrepentimiento sí. Consideran que es más productivo arrepentirse de las cosas negativas que hayamos hecho seguido por la aspiración de no repetir los mismos errores, de ser mejores en el futuro y, de ser posible, buscar la forma de reparar el daño realizado.

Oriente y Occidente tienen dos miradas opuestas sobre cómo actuar sobre aquellas acciones que consideramos equivocadas. Los orientales buscan la reparación de sus errores y si no lo consiguen, aprenden de ello, en cambio nosotros cuando sentimos culpa quedamos inmersos en una fuente inútil de dolor que nos hace sentirnos intrínsecamente indignos.

Dos visiones distintas que generan emociones diferentes. Tal vez sea el momento de comenzar a intentar liberarnos de la culpa y empezar a transitar el camino del pesar y del arrepentimiento.

*Psicóloga y escritora

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