
En las laderas occidentales de los Andes, en Ecuador, un hallazgo botánico ha emergido como una luz de esperanza en medio de la devastación ambiental. En un área del antiguo bosque nuboso conocida como Centinela, devastada por la tala y las plantaciones agrícolas, John L. Clark, botánico investigador del Jardín Botánico Marie Selby de Florida, hizo un descubrimiento que él mismo llamó un milagro.
En 2022, Clark encontró una diminuta planta de solo 5 centímetros de altura, con delicados pétalos blancos y hojas iridiscentes, enclavada en una roca cubierta de musgo. Esta planta, que resultó ser una especie nunca antes documentada, fue llamada Amalophyllon miraculum.
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“Esa zona fue descartada como un páramo agrícola”, contó Clark en declaraciones tomadas por CNN. “Muchas de las cosas que pensábamos que habían desaparecido, todavía están ahí. Y luego, además de lo que pensábamos que había desaparecido, encontramos esto”, agregó. Este asombroso descubrimiento fue publicado en la revista PhytoKeys.
En palabras del investigador: “Es un milagro que los bosques sigan ahí. Por eso decidimos llamarlo milagro”. En parte también fue su forma de agradecer a los agricultores que conservaron estos fragmentos de bosque.
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Andrea Fernández, José Zapata y Camilo Restrepo-Villarroel, investigadores de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, junto con Dawson White y Nigel Pitman de la Universidad de Harvard y del Museo Field de Historia Natural, son coautores de la investigación.
El relato de esta nueva planta demuestra su delicada presencia, pero también su estilizada adaptación. “Solo crece encima de rocas, pero debe mantenerse húmeda permanentemente”, explicó Clark al Museo Natural de Historia del Reino Unido. Esta planta depende particularmente del “rocío perpetuo” de las cascadas cercanas, un microhábitat extremadamente especializado.
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La organización Jocotoco, que colaboró en el descubrimiento, trabaja con propietarios de tierras para ayudarles a obtener fondos gubernamentales destinados a la conservación de los bosques.
Schaefer habló sobre la importancia de estos esfuerzos: “Algunas de nuestras reservas se han convertido en los bosques contiguos más grandes de sus provincias. Son como el arca de Noé, asegurando la supervivencia de miles de especies. Esto es lo que haremos también por Centinela”.
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Las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial vieron el oeste de Ecuador perder más del 95% de sus bosques por debajo de los 1.000 metros, según Martin Schaefer, director de la Fundación Jocotoco, que colaboró en el estudio.

La tala para plantaciones de palma aceitera y banano, entre otros factores, contribuyó a la deforestación de Centinela en los años 80. A pesar de ello, pequeños fragmentos de bosque han sobrevivido en manos de terratenientes conscientes de su valor ecológico.
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Laurence Skog, curador emérito de botánica del Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsonian en Washington, DC, añadió: “Encontrar especies existentes y no descritas, en un área degradada que otros pueden pasar por alto, hace que la investigación sea especialmente emocionante”.
Asimismo, Schaefer enfatizó: “Cada uno de estos fragmentos de bosque protege especies altamente amenazadas y especies que no se encuentran en ningún otro lugar”.
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La devastación ya había sido documentada en un estudio de 1991 llamado “Extinción Biológica en el Occidente del Ecuador”, donde el renombrado naturalista EO Wilson acuñó el término “extinción centinela” para describir la pérdida de especies antes de ser completamente documentadas.
De vuelta en su laboratorio, Clark y su equipo confirmaron que la pequeña planta era una nueva especie para la ciencia y la llamaron Amalophyllon miraculum, en honor a su improbable descubrimiento.
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El milagro de Amalophyllon miraculum es un recordatorio poderoso de que la biodiversidad puede persistir incluso en contextos extremadamente adversos, ofrece una chispa de esperanza para la conservación y la restauración ecológica. Como concluyó Schaefer: “La naturaleza se cura a sí misma, si lo permitimos”.
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