Antoni Gutiérrez-Rubí: “El artivismo puede tener una extraordinaria eficacia para reconectar a la ciudadanía con la política”

El experto en comunicación dedicó su nuevo libro a esta potente combinación de arte y activismo, consolidada en la última década y dedicada a cuestiones que trascienden los partidos políticos y las fronteras, como el cambio climático, las migraciones o la violencia contra la mujer. Nació del desencanto de los ciudadanos con las instituciones y se propagó por las redes sociales con originalidad e impacto

El autor y el editor de ARTivismo, Antoni Gutiérrez-Rubí y Lluís Pastor, dialogaron con los participantes en la presentación virtual del libro.
El autor y el editor de ARTivismo, Antoni Gutiérrez-Rubí y Lluís Pastor, dialogaron con los participantes en la presentación virtual del libro.

Un globo gigante de un bebé con la cara de Donald Trump, en pañales y con un celular tuitero en la mano. Una performance de mujeres que repiten: “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía. / El violador eres tú”. La instalación del artista chino Ai Weiwei, quien cubrió las columnas del Instituto de Arte de Minneapolis con los chalecos salvavidas de refugiados que cruzaron el Mediterráneo hacia Europa. El desfile de una mujer desnuda, en Portland, frente a los agentes federales armados enviados a reprimir las protestas que siguieron al asesinato del afroamericano George Floyd a manos de la policía. El Muro del Sonido, una mezcla ensordecedora de música mariachi y llanto de los niños y niñas para llamar la atención sobre la separación de las familias migrantes en la frontera de México y Estados Unidos.

Esas manifestaciones políticas —a veces individuales, a veces organizadas por un colectivo, a veces improvisadas en una plataforma como Twitter— parecen haber reemplazado en los últimos años las trabajosas convocatorias del siglo XX, que requerían planificación, permisos, publicidad, transporte. Además este artivismo se viraliza en las redes sociales y multiplica su capacidad de transmitir un mensaje o realizar una propuesta, con lenguajes cuya frescura se aleja cada vez más de la comunicación publicitaria de los políticos y las instituciones.

“La presión a los gobiernos y a los políticos no se hace solo en los parlamentos, por parte de la oposición, sino a través de acciones de pequeños grupos e individuos en solitario, uno a uno, que lo consiguen mediante la fuerza de la opinión pública”, sintetizó Antoni Gutiérrez-Rubí, en el libro ARTivismo, que dedicó a esta potente combinación de arte y activismo que, aunque nació del desencanto de los ciudadanos ante la política, parece haberla reanimado con impacto, gracia u originalidad.

Catalina Duarte, bailarina del Teatro Municipal de Santiago de Chile, ejecutó un paso de ballet frente a los blindados durante las manifestaciones dd 2019. (María Paz Morales/IG: @paz.pachy)
Catalina Duarte, bailarina del Teatro Municipal de Santiago de Chile, ejecutó un paso de ballet frente a los blindados durante las manifestaciones dd 2019. (María Paz Morales/IG: @paz.pachy)

Luego de guerras mundiales y lucha por el estado de derecho, “la satisfacción con el sistema democrático retrocede a nivel global, según estudios recientes”, recordó el experto en comunicación catalán en diálogo con Infobae. “Creo que parte de esa desconfianza e insatisfacción tiene que ver con el descrédito del lenguaje de la política. No solamente las palabras sino, también, las formas. Es momento de explorar nuevos itinerarios, más allá de las disciplinas publicitarias persuasivas. En este contexto, el artivismo puede brindar nuevas prácticas sugerentes para renovar la política”.

Además de la capacidad creativa de este fenómeno (cuyos primeros ejemplos fueron los chicanos de East Los Angeles en los primeros tiempos del movimiento zapatista o el trabajo del artista británico detrás del seudónimo Banksy), el artivismo tiene características distintivas: “La coordinación, la coralidad, la cooperación, la horizontalidad… Estas formas reflejan una semilla política esperanzadora para la innovación política”, opinó Gutiérrez-Rubí.

Las acciones suceden en el espacio urbano o en el espacio digital. Algunas están a cargo de artistas, otras de personas que se dedican a otras cosas pero apelan a su creatividad para impulsar lo que el libro calificó como “un diálogo distinto entre los ciudadanos”. Pueden ser organizadas o descentralizadas, y hasta espontáneas. Pero todas tienen en común que renuevan lenguajes políticos que hace rato suenan agotados, para intervenir en la sociedad mediante el arte, impulsar un tema político o exponer demandas de la gente.

El artista y activista chino Ai Wei Wei instaló cientos de chalecos salvavidas usados por refugiados que viajaron de Turquía a Grecia en el Instituto de Arte de Minneapolis, en Estados Unidos.
El artista y activista chino Ai Wei Wei instaló cientos de chalecos salvavidas usados por refugiados que viajaron de Turquía a Grecia en el Instituto de Arte de Minneapolis, en Estados Unidos.

El artivismo, como motor de cambio, sacude las conciencias, escribió Gutiérrez-Rubí: “Internet, las nuevas tecnologías y las redes sociales actúan de altavoz y argamasa social. El arte les da alma, sentido y contexto. El activismo lo convierte en energía política”. Lo documentó en la segunda parte del libro, con ejemplos cuyas imágenes ha reunido en Flickr. Desde la pancarta individual a la coreografía, el enorme arco de lenguajes artísticos muestra el potencial del artivismo.

En la presentación de la obra publicada por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), el fundador y director de la consultora Ideograma contó que empezó a pensar en ARTivismo “por mi pasión casi cleptómana de buscar diseños y soluciones artísticas y gráficas para explicar ideas y conceptos políticos”. En décadas de archivos que pasaron del papel a las carpetas en la nube observó el surgimiento —y la consolidación, en los últimos 10 años— de esta expresión de una nueva política. Comenzó a “sistematizar y hacer una taxonomía de qué tipos de lenguajes artísticos se utilizan para la comunicación política, para el activismo, para la protesta política”, y pronto se encontró con que tenía un libro en marcha.

Continuó en la entrevista: “La interrelación entre nuevos lenguajes y formatos organizativos se encuentra atravesada por nuevas demandas ciudadanas transversales, transnacionales, intergeneracionales, como la lucha por el medio ambiente, la igualdad, la libertad. Son todas causas que rebasan a los partidos políticos y a los gobernantes”. Y suceden en una sociedad conectada, que actúa “en las plazas y en las redes”, lo cual dota al artivismo de una singular capacidad de intervención generalizada: “Puede tener una extraordinaria eficacia para imaginar nuevas prácticas políticas y ayudar a reconectar a la ciudadanía con la política”.

Una de las protestas del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de George Floyd: un grafitti sobre una de las calles adyacentes a la Casa Blanca.
Una de las protestas del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de George Floyd: un grafitti sobre una de las calles adyacentes a la Casa Blanca.

—Nacido en un marco de desencanto y desconfianza de la política, ¿puede el artivismo restablecer esa pasión, o crear nuevas formas de organización, al renovar los lenguajes agotados?

Definitivamente, sí. Y por ello creo importante centrar la atención en el nuevo activismo que ha surgido en la última década. Desde allí se exploran nuevos lenguajes que permiten un diálogo distinto entre ciudadanos y ciudadanas y representa una nueva forma de entender el compromiso político y social. También exploran la coralidad como nueva forma organizativa dejando de lado las estructuras jerárquicas que tanto nos tiene acostumbrados la política tradicional. Ludwig Wittgenstein, el pensador austríaco que intentó definir la lógica del pensamiento humano escribía, ya en 1921, «que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». El mundo está cambiando mientras que el lenguaje político parece haberse reducido en una versión inservible, caduca y previsible. Por eso, creo que los lenguajes artísticos, con su gran creatividad y plasticidad, pueden ser un puente para ayudar a reconectar a la ciudadanía con la práctica política.

A ese punto se refirió el editor de la obra, Lluís Pastor, escritor e investigador en temas de comunicación, al presentarla: “Creo que ese descrédito tiene que ver con la gran mutación que estamos viviendo como sociedad, en esta bisagra de la historia. En los periodos bisagra la gente no entiende lo que está pasando, porque el suelo se resquebraja bajo sus pies. En el periodo que vivimos hoy, de un cambio aceleradísimo, cuando nada es igual al día anterior, las palabras ya no son suficientes. Y la gente deja de creerlas”.

Una pancarta del Movimiento #15M: "Error 404. No se encuentra la democracia".
Una pancarta del Movimiento #15M: "Error 404. No se encuentra la democracia".

En ese vértigo, además, el espacio social se consolidó en la prisa: si antes una carta tardaba dos semanas en atravesar los caminos del correo, hoy un mensaje de texto que no se responde a los 10 minutos causa inquietud. “Nunca antes el mundo tuvo tanta prisa. Y en la sociedad de la prisa, el texto ya no es tolerable: no le damos tiempo a la gente para que digiera o entienda textos, para que racionalice ideas. Nos movemos a una velocidad casi de vibración de electrones que hace que las ideas más potentes tengan forma de imagen o de performance, con los textos limitados a la longitud de un tuit”, agregó Pastor.

El libro resultó, según dice en el prólogo la historiadora del arte Julia Ramírez-Blanco, “una caja de herramientas” para explorar este fenómeno que se desarrolla en tiempo real en las calles y las plataformas. Analizó en detalle los diferentes lenguajes artísticos tras el activismo político y social por medio de ejemplos y documentación. Aunque Gutiérrez-Rubí reconoció que el artivismo “se relaciona con otras corrientes artísticas como la performance, el happening, el arte político, el land art”, eludió las disquisiciones académicas sobre qué lo distingue del arte político.

“Prefiero pensar en los lenguajes artísticos para hacer activismo político y social”, explicó. “Por eso incorporo más de 60 experiencias de todo el mundo, en un intento de radiografía de las múltiples prácticas artivistas de la última década para reflexionar y debatir sobre sus lecciones y aprendizajes”.

SlutWalk: una movilización callejera que comenzó en Canadá en 2011 y se convirtió en un movimiento internacional contra las violaciones y los ataques sexuales a las mujeres.
SlutWalk: una movilización callejera que comenzó en Canadá en 2011 y se convirtió en un movimiento internacional contra las violaciones y los ataques sexuales a las mujeres.

Uno de esos casos, del cual también habló en la presentación, es el Trump Baby, como se lo llamó, una obra del artista Leo Murray alrededor de la cual se realizaron protestas en el Reino Unido durante la visita del ex presidente estadounidense a Londres. “Ha sido una práctica artivista muy sugerente, ya que si bien ha sido diseñada por artistas-activistas, la eficacia de la acción no es tanto por el objeto en sí mismo sino en su interrelación con la manifestación, cómo se mueve con ella. Es la pieza, pero, también, la gente y la calle”, analizó el experto.

—¿Cómo interpreta que esa interacción ha llegado hasta a los objetos de consumo masivo, que la retoman y la reutilizan? El globo, por ejemplo, se puede comprar en eBay en tamaño pequeño, entre otros bienes con el bebé Trump.

—Más allá de lo que hagan las marcas con estas piezas, creo importante centrar la atención en cómo la adquisición de este tipo de objetos se convierte en un consumo activista. Las personas, muchas veces, a través de sus compras asumen un poder ideológico, llevan a cabo un acto político en cada toma de decisión. La participación política no es exclusivamente alrededor del ejercicio del voto y la ciudadanía cada vez es más consciente de eso.

Baby Trump, del artista Leo Murray: un globo gigante del ex presidente con un teléfono listo para tuitear, inflado en Londres durante las protestas por la visita de Donald Trump al Reino Unido.
Baby Trump, del artista Leo Murray: un globo gigante del ex presidente con un teléfono listo para tuitear, inflado en Londres durante las protestas por la visita de Donald Trump al Reino Unido.

Un elemento central que subrayó el libro es que no sólo el artivismo se nutre de las fuentes y experiencias más diversas, sino que se moldea una y otra vez “en la interrelación de afluentes, influencias, experiencias que se van transformando según las distintas latitudes”, resumió el autor. “En este punto, las redes sociales cumplen una función esencial, ya que permiten potenciar los mensajes y alcanzar públicos más amplios en poco tiempo. Los nuevos lenguajes como medio para la disidencia; la tecnología para potenciar la voz”.

En la selección de ejemplos —ninguno es el favorito de Gutiérrez-Rubí— hay uno que tocó de cerca a uno de los primeros lectores que reseñaron el libro en España, Alberto Rico Trigo, de Extinction Rebellion (XR), el movimiento contra la crisis climática y ecológica: Discobedience. Durante varios días, mientras se realizaba la COP25 en Madrid, XR “bloqueó y peatonalizó la Gran Vía en varias ocasiones”, y en una de ellas “cientos de personas estuvieron bailando toda la tarde reivindicando la importancia de alzar la voz por la defensa de la vida”.

Rico Trigo opinó que un ángulo importante del libro es que muestra no sólo un fenómeno de arte sino también un impacto real en el mundo: “Gracias a la desobediencia civil no violenta y artística —escribió— se ha conseguido declarar la emergencia climática en decenas de ciudades y países por todo el mundo, además de conseguir que los gobiernos de Inglaterra y Francia convocaran Asambleas Ciudadanas por el clima”.

También durante la visita de Trump al Reino Unido en 2018, Bosco Sodi, uno de los artivistas mexicanos más relevantes, levantó un muro en una plaza del South Bank de Londres.
También durante la visita de Trump al Reino Unido en 2018, Bosco Sodi, uno de los artivistas mexicanos más relevantes, levantó un muro en una plaza del South Bank de Londres.

—Coincido en que no nos encontramos simplemente ante un cambio en la comunicación, sino con una transformación más profunda a nivel global que muestra cómo hemos aprendido a poner la creatividad y lo digital en pos de construir colectivamente las soluciones a las necesidades del siglo XXI —valoró Gutiérrez-Rubí la interpretación.

La potencia del artivismo es tal que ha comenzado a influir la comunicación política tradicional, cuyo rechazo está en el origen de este fenómeno. “Tenemos algunos ejemplos de campañas políticas recientes que buscan nuevas formas de conexión entre la política y la ciudadanía, e incorporan las nuevas causas, transversales, que logran conmover corazones y sacudir las conciencias”, comentó. “Son las causas políticas que se viven y se sienten las que logran movilizar a la acción.”

Es previsible que “la eficacia de las multitudes inteligentes extramuros del partido político”, que lejos de concentrar la creatividad en el individuo la comparten con todos los que se pueda, continúe avanzando. Su sustento es la propia sociedad en red, capaz de combinar información y emociones, en lo local y en lo global. Concluyó el autor: “Creo que la comunicación política debe avanzar hacia este tipo de campañas que se nutren de las visiones creativas, las que democratizan el talento, contagian, animan y movilizan energía creativa asociada a un proyecto político”.

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