
Si hubo una "amenaza" que surcó el siglo XX fue la del comunismo, que se expresó en películas, novelas y mitos de la así llamada "guerra fría" entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Treinta años después de la caída del muro de Berlín, producida en 1989 y que dividía Alemania en la capitalista occidental y la oriental que ostentaba el "socialismo realmente existente" (un eufemismo para el estalinismo), varias series de Netflix retoman la problemática a través de ficciones históricas, distopías temporales y el regreso a los años ochenta y la invasión científica de los rusos.
Los chicos crecen
Si Stranger things se convirtió en su primera temporada en un fenómeno que retrataba el mundo pop de los años ochenta (y con el protagónico de la siempre entrañable Wynona Ryder y el lanzamiento a la fama de un grupo de actores cuasi adolescentes), la tercera temporada (luego de una mediocre segunda) retoma los ochenta a través del mito de la avanzada soviética sobre el "american way of life", es decir, el modo de vida estadounidense.
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Con los mismos protagonistas -pero con los chicos convertidos en verdaderos adolescentes con los amores, desamores y aventuras que esa etapa implica-, el centro del misterio de los capítulos que se pueden ver en la actualidad se encuentra en un grupo de científicos soviéticos instalados en los Estados Unidos con el fin de sembrar un virus monstruoso en su lucha contra el capitalismo (en la pequeña ciudad donde viven los protagonistas).

La música y las referencias a la década reaganiana siguen su curso y desenvuelven los guiños al espectador, sin que se ausente la crítica social debido a la irrupción de los shoppings frente al vaciamiento de las tradicionales grandes tiendas. La tercera temporada regresa a su mejor momento, con malos malísimos, misterios dignos de La dimensión desconocida, la mejor amistad de sus protagonistas adolescentes y una estética ya inconfundible.
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Los grandes caen
Y si de comunismo se trata, pues claro que su primera gran epopeya triunfante fue el triunfo bolchevique en la Rusia de los zares. Es decir, la dinastía Romanov, que gobernó tres siglitos apenas.
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Como es sabido, los Romanov fueron derrocados en febrero de 1917 y ejecutados (aunque distintas versiones historiográficas señalan la responsabilidad de la dirección bolchevique y otras, una acción decidida por un grupo de guardias rojos de manera autónoma). Los Romanov vivían en el esplendor de San Petersburgo y el Palacio de Invierno (o Hermitage, nombre con que es conocido hoy el museo que ocupa sus instalaciones) muestra una época en la que la monarquía no ahorraba lujos (esto mientras las masas se encontraban hambrientas o en el frente de guerra).

Como hiciera Disney con su película Anastasia (la hija menor de los Romanov, quien también fuera ejecutada con su familia), la serie -filmada en un marco que representa la opulencia y con buenas actuaciones- es una apología de la familia real rusa y ubica como contrapunto a los bolcheviques y al malévolo Rasputín (que lo era, en verdad, y tuvo un rol sobresaliente en el gobierno zarista). Los últimos zares es un cuento de hadas opuesto a los hechos de la historia, pero filmado con calidad. Bueno, así suele suceder con las películas de propaganda, claro.
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Los estalinistas siguen
Una de las series más originales de la actualidad que emite Netflix es la producción polaca 1983, que se trata de una distopía histórica: en la actualidad, el estalinismo sigue en el gobierno.
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El thriller político escarba en un atentado terrorista sucedido en el año que da título a la serie, cometido por un grupo "democrático" pero que le dio a la casta burocrática en el poder una sobrevida que llega a la actualidad. Tanto como el grupo "revolucionario", que sigue con sus actividades en la actualidad y que es perseguido por el gobierno. Si las "dachas" (casas de lujo en el campo) eran el santo y seña de las burocracias estalinistas que vivían en la opulencia frente a la pobreza que el "socialismo realmente existente" esparcía entre las masas, hoy hay mansiones de lujo que albergan a los gobernantes (que se siguen diciendo socialistas).

Un detective honesto, unas pistas surgidas a partir de unos cadáveres, miembros antiguos del grupo terrorista y un clima opresivo conforman una ucronía de gran calidad y que, además, servirá para escuchar una lengua no muy escuchada en las producciones que suelen emitirse en las pantallas.
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