Rosa Luxemburgo (foto de 1900) frente a un cartel espartaquista
Rosa Luxemburgo (foto de 1900) frente a un cartel espartaquista

En la oscuridad de la noche berlinesa, Rosa Luxemburgo escribe. Como todo revolucionario, una desbocada necesidad de poner en palabras sus acciones la invade. Entonces se deja llevar por el lenguaje. "Todo el camino que conduce al socialismo (si se consideran las luchas revolucionarias) está sembrado de grandes derrotas", escribe con pesimismo. La coyuntura la atosiga, las rebeliones que convulsionan Alemania están entrando en un derrotero que parece no conducir a nada. Se replantea tácticas, busca alternativas, reflexiona, piensa. "El liderazgo ha fallado. Incluso así, el liderazgo puede y debe ser regenerado desde las masas", escribe. Esa noche, la del 15 de enero de 1919, es su última noche. No lo sabe, por supuesto, pero tal vez lo presiente. Al día siguiente, será brutalmente asesinada.

"Las masas son el elemento decisivo, ellas son el pilar sobre el que se construirá la victoria final de la revolución", continúa. Lo sabe: la derrota es inminente. Sin embargo, como buena revolucionaria, la esperanza lo es todo. "Las masas estuvieron a la altura; ellas han convertido esta derrota en una de las derrotas históricas que serán el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y esto es por lo que la victoria futura surgirá de esta derrota". Continúa, ya con más vehemencia: "'¡El orden reina en Berlín!' ¡Estúpidos secuaces! Vuestro 'orden' está construido sobre la arena. Mañana la revolución se levantará vibrante y anunciará con su fanfarria, para terror vuestro: ¡Yo fui, yo soy, y yo seré!" Mira por la ventana —la temperatura en Berlín ronda los 4°—, respira profundo e intenta dormir. Mañana, la calle la espera. Y en ella, su muerte.

Rosa Luxemburgo en un mitín de la socialdemocracia alemana
Rosa Luxemburgo en un mitín de la socialdemocracia alemana

En la Polonia dominada por el Imperio Ruso, año 1871, nació Róża Luksemburg —así se escribe su nombre en polaco— y a los cinco años quedó renga. Una enfermedad congénita la tuvo mucho tiempo postrada en la cama. Luego de los dolores, los diagnósticos y las tardes de encierro, lo supo: esa renguera la llevaría de por vida. ¿Habrá sido un impulso para todo lo que vino después? Lo cierto es que cuando entró al liceo femenino de Varsovia en 1880 la política fue su terreno preferido. A los 15 ya militaba en el partido polaco izquierdista Proletariat y a los 19 vio cómo una huelga general terminó con la condena a pena de muerte de cuatro de sus compañeros. Le siguieron años de exilio y persecución hasta que fundó el Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y más tarde, al casarse con Gustav Lübeck y obtener la ciudadanía alemana, inició su militancia activa en el partido obrero más grande del mundo: el Socialdemócrata Alemán. Allí no le resultó fácil: era mujer y revolucionaria, y en ese organismo primaban los varones y los reformistas. Insistió.

En la historia, aunque no tan bien ponderada en el imaginario popular, Rosa Luxemburgo es uno de los grandes líderes revolucionarios que tuvo este mundo. Pero las cosas no salieron bien. ¿Y qué se hace cuando todo se camina hacia el desastre? Se busca alternativas, se resiste. Cuando Alemania ingresó a la Primera Guerra Mundial, el congreso alemán aprobó por unanimidad financiar al ejército. El Partido Socialdemócrata, al cual pertenecía Rosa, también. Esto se traducía en una tregua entre el Gobierno y las rebeliones populares: la promesa implícita de no declarar huelga general. ¿Cómo un revolucionario podría estar a favor de semejante medida? Fue así que junto Karl Liebknecht, Clara Zetkin, Franz Mehring y Rosa Luxemburgo crearon la Liga Espartaquista. Escribían panfletos ilegales firmados como Espartaco —un esclavo que en el 73 a. C. dirigió la mayor rebelión contra el Imperio Romano— y participaban de movilizaciones. Organizaban, de alguna forma, a la clase obrera berlinesa.

La revolución era incipiente. Al menos esa era la sensación de los espartaquistas, que veían cómo todo avanzaba en zig zag. Hasta que un día… 47 años tenía Rosa Luxemburgo el 15 de enero de 1919 cuando fue secuestrada. Friedrich Ebert, quien dos semanas después sería Presidente de Alemania, envió a la milicia paramilitar Freikorps (o Cuerpos Libres) a que hagan su trabajo. El gobierno —cuya mayoría parlamentaria era socialdemócrata— necesitaba el fin de la inestabilidad política, necesitaba que las rebeliones concluyan definitivamente. ¿Cómo hacerlo? Asesinando a sus líderes. La secuestraron y la golpearon con salvajismo. Luego la acribillaron a tiros y finalmente tiraron su cuerpo al canal Landwehrkanal. Meses después encontraron su cadáver flotando en el río. La misma suerte corrió su camarada Karl Liebknecht.

Rosa Luxemburgo en Berlín, año 1907
Rosa Luxemburgo en Berlín, año 1907

Con la cientificidad que le otorgó la Teoría del Capital de Karl Marx, el comunismo se resignificó. A mediados del siglo XIX planteaba una verdad que el derrotero de la Unión Soviética un siglo después develó: el comunismo sólo puede existir si se internacionaliza. La hipótesis de Marx era concreta: el capitalismo llegaría a un nivel de contradicción tal —el desarrollo de las fuerzas productivas se contrastaría con la extrema explotación de los trabajadores— que no habría otra opción que la del advenimiento de una gran revolución. ¿Cuánto más puede soportar la clase obrera —se preguntaba Marx— esta explotación cada vez más alienante? En aquel entonces, Alemania era el país que mayor había crecido en términos industriales. La sofisticación de sus maquinarias, la concentración de sus centros urbanos y el desarrollo de sus industrias era tal que, efectivamente, todo indicaba que la revolución debía suceder ahí. Rosa Luxemburgo también lo creía.

Sin embargo, fue Lenin quien corrigió a Marx y lo hizo desde, justamente, la práctica. El revolucionario ruso lo dice en varios de sus textos: la cadena capitalista se rompe en su eslabón más débil. Y Alemania era, por el contrario, el eslabón más fuerte. Por eso la revolución comunista ocurrió en un Rusia, un país desindustrializado, pobre, rural y desconcentrado. Algo que también se explica, más adelante, con países como Cuba —una pequeña isla perdida en el Caribe—, el Congo o Vietnam del Norte. ¿Por qué el socialismo no  estalla en los centros urbanos donde el capitalismo lo ha cooptado todo? Tal vez, por eso mismo: porque lo ha cooptado todo. Como ocurrió en Alemania lugar donde, algunos pocos años después, sucedió el nazismo, Adolf Hitler, el Holocausto. Ya lo decía Walter Benjamin: "Detrás de cada fascismo, hay una revolución fallida".

Rosa Luxemburgo
Rosa Luxemburgo

"Las águilas pueden a veces volar más bajo que las gallinas. Pero las gallinas nunca pueden elevarse a la altura de las águilas (…) A pesar de sus errores, ella fue (y lo seguirá siendo para nosotros) un águila", escribió Lenin pocos años después de su muerte. Se permitió criticar, en ese texto, y tal vez con razón, las estrategias de Luxemburgo, aquellas que no lograron fortalecer un partido revolucionario ni concretar la posibilidad de hacer de Alemania un país con gobierno obrero. Sin embargo, no escatimó palabras para reivindicar su incansable lucha por un mundo más justo. ¿Suena utópico? Tal vez, ¿pero qué somos nosotros, simples y mortales humanos, sin utopías?

 

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