Adrián Arias
Navaluenga (España), 26 jul (EFE).- El fuego se ha marchado, ha estado muy cerca, pero todavía permanece en el aire: huele a pino quemado, a plástico derretido y a un verano que, en este bello rincón de la provincia de Ávila, terminó antes de tiempo.
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En las urbanizaciones, casas rurales y cámpines que rodean el embalse de El Burguillo ya no hay conversaciones bajo los toldos ni niños corriendo entre las parcelas. Solo queda el crujido de los restos, el humo que aún se levanta de algunos puntos y un silencio difícil de asociar con un lugar creado para las vacaciones.
Las caravanas se han convertido en esqueletos de metal; los coches son ahora masas ennegrecidas y, entre la ceniza, aparecen objetos cotidianos que el fuego no terminó de borrar: una silla, una bicicleta, una bombona o los restos de una mesa que tal vez el día anterior soportó un tapete donde se jugó al mus.
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Son pequeñas huellas de la vida que había aquí apenas unas horas antes y de las que ahora solo quedan cenizas y dolor, como expresan los vecinos de pueblos como El Hoyo de Pinares, Navaluenga, Burgohondo, Casavieja o El Barraco, en la rural y montañosa Ávila (centro).
Las llamas avanzaron con tal rapidez que apenas dejaron margen para reaccionar. Los usuarios fueron desalojados, pero los cámpines y las segundas residencias quedaron a merced de un incendio que ha transformado por completo el paisaje alrededor del embalse.
El verde ha dado paso al negro. Los árboles conservan su forma, pero han perdido la vida, y las laderas, donde afloran las rocas graníticas tan típicas de la zona, están cubiertas por una continua moqueta de ceniza.
Esta zona es hoy una de las imágenes más claras de la devastación provocada por los incendios que afectan a las provincias de Ávila, Madrid y Toledo, con 77.000 hectáreas calcinadas, alrededor de 60.000 personas evacuadas y otras 30.000 confinadas.
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El incendio de Ávila, con 50.000 hectáreas quemadas hasta ahora, es ya el mayor de la historia de España.
La pasada noche concedió un pequeño respiro con el descenso de las temperaturas y la aminoración del viento, pero aquí todos coinciden: un incendio tiene su propio comportamiento, y este, muchas veces es caprichoso.
Desde primeras horas de la mañana, los medios aéreos vuelven a cruzar el cielo; los hidroaviones llenan sus depósitos con el agua de un embalse que hasta hace dos días estaba repleto de bañistas y veraneantes. Que aseguran que volverán.
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Pero la prioridad está ahora en cerrar el perímetro y evitar que el incendio de Burgohondo llegue a unirse con el cercano frente activo en Madrid. Tareas en las que se afanan un contigente de hombres y mujeres, los bomberos forestales, que son recibidos entre aplausos por los vecinos: son sus héroes.
Aquí el fuego ha respetado vidas, pero se ha llevado casi todo lo demás. Queda humo, ceniza y el recuerdo de muchos de un lugar repleto de vida. Eso no se lo llevó el fuego. EFE
(Foto) (Vídeo)
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