Nueva Delhi/Islamabad, 15 jun (EFE).- Pakistán, sin el peso militar de Estados Unidos, la influencia regional de Irán ni el dinero diplomático de las monarquías del Golfo, está a punto de lograr una negociación casi imposible con la materialización de un texto final entre Washington y Teherán, dos enemigos separados por décadas de hostilidad.
El primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, aseguró que las partes alcanzaron un "texto final acordado" para un pacto de paz y que Islamabad trabaja ahora con ambos países en los próximos pasos, después de semanas de contactos en los que también han tenido un papel clave el ministro de Exteriores, Ishaq Dar, y el jefe del Ejército, Asim Munir.
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No fue una negociación clásica, con delegaciones sentadas de forma permanente ante una misma mesa, sino una diplomacia de traslados, llamadas y mensajes cruzados, con Sharif, Dar y Munir moviéndose entre Islamabad, Teherán, Pekín, Riyadh y otros centros de poder para mantener abierto un canal que podía romperse con cada bombardeo, cada amenaza sobre Ormuz o cada exigencia sobre el programa nuclear iraní.
El anuncio convirtió a Pakistán en el mensajero que ayudó a llevar a un borrador común a dos potencias que no podían hablarse sin convertir cada frase en una amenaza. Su mérito está en poder hablar con todos sin romper del todo con ninguno.
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Pakistán comparte unos 900 kilómetros de frontera con Irán, depende del crudo que transita por el Golfo Pérsico, mantiene una relación militar histórica con Washington y tiene un Ejército tradicionalmente concentrado en su rivalidad con la India.
Entre otros factores, era aceptable para Irán por vecindad, útil para Estados Unidos por una relación militar y diplomática de décadas, y observado de cerca por Arabia Saudí y las monarquías del Golfo, con las que Islamabad mantiene vínculos de seguridad y fuertes dependencias económicas.
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Pakistán añade con esto otra línea a su historial de mensajero entre adversarios, como en 1971, cuando facilitó el viaje secreto de Henry Kissinger a Pekín, clave en el deshielo entre Estados Unidos y China.
También participó en misiones de la Organización para la Cooperación Islámica durante la guerra Irán-Irak y desempeñó un papel logístico en los contactos que llevaron a los acuerdos de Doha entre Washington y los talibanes.
Pero esta vez el margen de error era menor, porque Islamabad debía ayudar a detener un conflicto armado activo, con Ormuz amenazado, los mercados energéticos en tensión y una región entera pendiente de cada movimiento.
El propio Pakistán tiene fragilidades con Irán, pues en enero de 2024, ambos intercambiaron bombardeos fronterizos inéditos en Baluchistán y lograron contener la crisis en cuestión de días mediante contactos diplomáticos y militares. Esa experiencia da a Islamabad la idea de que la relación con Irán puede deteriorarse rápido, pero también puede desescalar si los canales permanecen abiertos.
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El acuerdo de defensa firmado con Arabia Saudí añade otra capa de riesgo para Pakistán, con una cláusula que considera cualquier agresión contra uno de los dos países como una agresión contra ambos, lo que estrecha el margen paquistaní si una crisis con Irán vuelve a contaminar el tablero del Golfo.
La firma formal del acuerdo y sus detalles públicos aún no se han concretado, incluidos asuntos centrales como el alcance del cese de hostilidades, el programa nuclear iraní, las sanciones y la reapertura plena de Ormuz.
Pakistán, por ahora, se atribuye haber mantenido abierto el canal que permitió llegar a un texto común entre Washington y Teherán. EFE
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