Pablo Muñoz Campaña
Nairobi, 5 jun (EFE).- La genética, el almacenamiento de semillas y los satélites son tres armas que usa la Organización Mundial de la Agroforestería (ICRAF) para combatir la inseguridad alimentaria, el cambio climático y la deforestación en África, mientras promueve la conservación y el uso sostenible de los recursos agroforestales.
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Con sede en Nairobi, ICRAF conserva 248 especies de árboles agroforestales junto al bosque de Karura, un pulmón verde de más de 1.000 hectáreas en el norte de la capital keniana.
"Esto es un verdadero tesoro que se conserva para las generaciones futuras, para la humanidad", declaró el científico forestal Prasad Hendre en una visita de periodistas a las instalaciones de ICRAF, que ha creado la Alianza del Paisaje (Landscape Alliance) con el Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR, sito en Indonesia).
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"Todo lo que conservamos aquí -añadió- no es propiedad del instituto. Simplemente lo custodiamos para el bien público global"
Durante el recorrido, organizado con motivo del lanzamiento de la Alianza del Paisaje y del Día Mundial del Medioambiente, que se celebra este viernes, EFE pudo ver las instalaciones de este banco genético, cuya principal tarea es conservar semillas útiles para la agricultura.
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Una de ellas pertenece al árbol perenne y espinoso 'faidherbia albida', natural de África y Oriente Medio conocido como espina de invierno, que suele plantarse en campos de maíz debido a su aportación de nitrógeno, control de la erosión y aportación de sombra, lo que beneficia directamente a los agricultores.
"Plantamos estas especies agroforestales entre los cultivos, y hemos recomendado algunas de ellas a los agricultores, pues proporcionan una sombra que filtra la luz solar, lo que favorece el rendimiento del coco, del café, del té y de muchos otros productos", añadió Hendre.
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Existen unos 30 proyectos de este tipo por toda África, incluso en países afectados por conflictos y yihadismo, como Mali o Burkina Faso, donde el trabajo "a veces se vuelve un poco difícil", aunque sus equipos "siempre" intentan seguir adelante, según el experto.
La investigadora de sistemas alimentarios Dorah Mommanyi explicó que en algunas de estas iniciativas se promueve la plantación de árboles aceptados culturalmente por las comunidades locales, que estén adaptados ecológicamente a la zona y que aporten alimento.
"Buscamos árboles que produzcan frutos en enero, febrero, marzo... durante todo el año", especificó Mommanyi, quien puso el ejemplo de la producción de mango en Kenia, que abarca principalmente desde noviembre hasta marzo, lo que deja un vacío el resto de meses.
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Así, encontrar diferentes especies que "cierren las brechas" de alimentación permite abastecer durante todo el año a las comunidades y evitar periodos de escasez.
Del mismo modo, ayuda a hacer del mundo un lugar más verde en un momento en el que la superficie forestal global se redujo en más de 41 millones de hectáreas, cerca de un 1 %, entre 2015 y 2025, según el Informe sobre los Objetivos Forestales Mundiales 2026.
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Sobre el "papel fundamental" de los árboles en la mitigación del cambio climático habló la jefa del departamento de dendroecología de ICRAF, Aster Gebrekirstos, pues proporcionan datos sobre el clima, incendios o plagas a lo largo de décadas, siglos e incluso milenios.
"Los árboles han estado presentes en el medio ambiente durante miles de años. Todo esto nos proporciona mucha información, dependiendo de lo que queramos saber sobre los árboles y cómo han sobrevivido a los diferentes climas: las estaciones secas y húmedas, las cálidas y frías", aseguró Gebrekirstos.
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En análisis realizados por ordenador y apoyándose en las marcas de muestras de troncos, Gebrekirstos observó cómo la frecuencia y la intensidad de las sequías han aumentado en las últimas décadas.
Investigar los suelos también desempeña una importante función para conocer la salud de los ecosistemas, como señaló el jefe de laboratorio del departamento de Salud del Suelo y de la Tierra, Dickens Ateku, tanto a través de muestras del terreno como por imágenes satelitales.
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Mediante el protocolo Marco de Vigilancia de la Degradación de la Tierra (LDSF), los científicos dividen las superficies terrestres en partes de 100 kilómetros cuadrados, cada una de ellas con parcelas de 1.000 metros cuadrados, que a su vez se subdividen en cuatro fincas de 100 metros cuadrados, de donde se recogen muestras a cuatro profundidades, desde la capa superficial hasta el subsuelo.
"Mediante estadística y quimiometría, podemos extraer y determinar las propiedades que nos interesan: comportamiento, materia orgánica del suelo, carbono, nitrógeno, textura del suelo, macronutrientes extraíbles y otros componentes macroscópicos", dijo Ateku.
Estas muestras también permiten observar la degradación del suelo y su uso pasado y actual. EFE
(foto) (vídeo)
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