Cannes (Francia), 20 may (EFE).- "Cada película que se hace en Venezuela puede ser la última" o esa es la "sensación", asegura el realizador Jorge Thielen Armand, quien este miércoles presentó en la Quincena de Cineastas de Cannes, una de las secciones paralelas del prestigioso festival francés, su tercer largometraje, titulado 'La muerte no tiene dueño".
"Filmar en Venezuela comprende muchos retos, pero también viene con muchas recompensas a nivel visual, a nivel narrativo, a nivel de la experiencia", matizó en una entrevista con EFE el realizador nacido en Caracas en 1990, que en Cannes lleva con orgullo el título de ser el único venezolano presentando un proyecto propio.
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En 'La muerte no tiene dueño', Jorge Thielen Armand se sumerge en la historia de una mujer llamada Caro que vuelve a Venezuela para vender la plantación de cacao de su padre, solo para descubrir que la mansión familiar está ocupada por sus antiguos empleados.
En un viaje que es un descenso a la locura, Caro decide tomarse la justicia por su mano para recuperar lo que considera suyo y desencadena un enfrentamiento que hace brotar la violencia latente.
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La génesis de esta película viene de un sueño que el realizador ha tenido de manera "recurrente", según contó a EFE, desde que se fue de Venezuela hace 21 años.
En ese sueño siempre se encontraba en un edificio abandonado, en una fábrica o a veces en una casa, tratando de buscar la salida o un lugar para esconderse.
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"Ahí me encuentro, en los cuartos, gente a veces que conozco o cuartos vacíos, todos decadentes. O a veces gente consumiendo drogas en una fiesta y cuando me despierto pienso en todo lo que lo que dejé atrás en Venezuela", detalló.
Es algo que le "inquieta mucho", admitió, y que de alguna manera ha plasmado en esta historia de un personaje que regresa al que fue su hogar y se encuentra "que es un extranjero en su casa, en su antiguo refugio, y por ende un extranjero en cualquier parte".
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"Yo creo que esos sueños proyectan un miedo de regresar, en un futuro lejano, y de encontrarme así. Para mí cada película es un regreso a Venezuela, es una nave para ir y excavar mi historia personal", reflexionó el cineasta.
Pero a la vez el retorno también es como una especie de placer culpable para él, que vive entre Canadá, Europa y la propia Venezuela.
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"Venezuela es como un vicio para mí, es como lugar donde voy a buscar placer, pero al mismo tiempo sé que me contamina, que me daña, que me cambia", agregó, y consideró que quienes vean la película pueden ver en ella esa sensación: "Te produce malestar, pero al mismo tiempo placer".
Sobre la situación de su país, el cineasta expresó que en los últimos años había tenido la sensación de que Venezuela era "un río estancado", como "agua que no se mueve" y en la que "todo se está descomponiendo".
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Tras la caída de Nicolás Maduro en enero pasado, este cineasta no sabe bien "qué pensar", porque por una parte el contexto le genera "alarma", pero por la otra también cierta "esperanza", ya que al menos "las cosas están cambiando", aunque "no se sienta económicamente ni políticamente".
"Se siente -opinó- en la calle en Venezuela, se siente en el mercado, se siente en muchos aspectos".
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Hay una nueva "energía", dijo, y tener una película venezolana en Cannes es un poco parte de eso.
"No hay representación venezolana de ningún tipo, ningún pabellón, ningún stand, nada. Y tener una película después de casi una década viene con algo de celebración (...) Eso me contenta y espero que eso también inspire a gente que quiere filmar en Venezuela, que lo hagan y que no se vayan a filmar a otros lados", invitó.
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Él mismo pensó en ir a rodar a Colombia, confesó, "pero al final la película misma no quería y me llevaba a Venezuela". EFE
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