Ailén Desirée Montes
São Paulo, 14 may (EFE).- Si en las elecciones de 2022 Brasil fue testigo de una movilización juvenil sin precedentes, con más de dos millones y medio de adolescentes de 16 y 17 años solicitando el título electoral para votar, el panorama para las presidenciales de este año parece haber perdido ese ímpetu.
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Datos preliminares del Tribunal Superior Electoral (TSE) reflejan que el interés de los jóvenes por acudir a las urnas ha caído más del 20 % respecto al pico de las elecciones presidenciales pasadas.
Una de las razones es estructural: la tramitación del título, que en los comicios de hace cuatro años fue 100 % digital, hoy exige el registro de la biometría de forma física.
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Este requisito explica en parte la caída en la adhesión por las "dificultades logísticas que acarrea", señala a EFE Helena Salvador, coordinadora de Movilización y Campañas de la ONG Pacto pela Democracia.
A diferencia de 2022, cuando numerosas campañas y celebridades como Leonardo DiCaprio instaron a los jóvenes a sacar el título electoral para votar en pos de la preservación de la Amazonía, actualmente no existe un movimiento unificado de la sociedad civil.
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Esa ausencia ruidosa revela un "desencanto estratégico" de sectores de la sociedad de corte progresista a “invitar al juego” a un electorado que muestra tendencias conservadoras.
Una encuesta del instituto alemán Friedrich Ebert Stiftung (FES) divulgada a fines del 2025 reveló que el 44 % de los jóvenes brasileños se consideran políticamente de centro, mientras que el 38 % se ubica más a la derecha, siendo el 17 % de estos de extrema derecha; los jóvenes que se identifican con la izquierda representan el 18 %.
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“Este nuevo electorado podría, de hecho, servir como una gran masa de maniobra o público objetivo de presidentes y fuerzas autocráticas”, explica la especialista.
Según Gabriel Marmentini, director de la organización Politize!, el punto de inflexión fundamental de la participación juvenil en la política se sitúa en las masivas manifestaciones de 2013.
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Explica que este fenómeno, que movilizó a los 'millennials' de todo el país, generó años de crecimiento constante en el activismo, en los que organizaciones de la sociedad civil y movimientos estudiantiles lograron una conexión genuina con los adolescentes, quienes veían en la política un canal de esperanza para transformar su realidad.
Sin embargo, este impulso ascendente se vio drásticamente interrumpido por la pandemia de 2020, que actuó como un catalizador de desorden social y agotamiento mental.
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Gabriel describe el periodo pospandemia como una fase dominada por la incredulidad, donde el ímpetu de años anteriores fue reemplazado por una desconfianza sistémica hacia las instituciones.
De acuerdo a esta misma encuesta, las instituciones políticas del país sudamericano están atravesando una crisis de legitimidad: el 57 % de los jóvenes no confía en los partidos políticos, siendo estos los pilares fundamentales de la democracia representativa.
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Entonces, “¿cómo vas a votar si no logras traducir ese deseo de participación política en la política institucional?”, pregunta Helena Salvador, quien cree que los jóvenes tienen “interés por los temas” pero no se identifican con la democracia "así como está".
“Es la mediación lo que falta: llevar esa inquietud de la juventud por la política hacia la política institucional. Quienes tendrían que tender ese puente, naturalmente, son los partidos políticos, tanto en el aspecto de llamar a votar como de presentarse como candidatos”, explica.
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El alejamiento juvenil no es solo estadístico; es una amenaza a la calidad de vida. Cuando este segmento se retira del tablero se arriesga a exponerse a políticas creadas por personas que no entienden su realidad y a perpetuar el ciclo de desconfianza en el Estado "con sus propios hijos", cree Gabriel.
Para revertir esta tendencia, sugiere que la política debe infiltrarse donde los jóvenes habitan y demostrarles con "victorias rápidas" -como proyectos de ley locales- que su involucramiento tiene un impacto real en sus comunidades.
Para el especialista, solo mediante una educación cívica que fomente la "autoeficacia" desde la escuela se podrá romper el letargo para evitar que el futuro de Brasil se decida sin sus principales protagonistas. EFE