Noemí Jabois
Beirut, 23 abr (EFE).- Al cumplirse una semana del anuncio de un alto el fuego con Israel, Mohamad Nazha aún comparte una tienda de campaña con su familia en el estadio Camille Chamoun de Beirut, incapaz de confiar en el futuro de la medida, como la mayoría de los otros desplazados en este albergue comunal.
Según las últimas cifras difundidas por la Unidad de Gestión de Riesgo en Desastres, este miércoles había más de 121.000 desplazados en albergues oficiales del país, apenas 20.000 menos que antes de la entrada en vigor del frágil cese de hostilidades la medianoche del 16 al 17 de abril.
"No hay seguridad, porque Israel es un traidor, no puedes saber si de una hora a la siguiente atacarán. Dicen que hay un alto el fuego, vuelves a tu casa y descubres que atacaron", lamenta a EFE Mohamad, mientras el Líbano se prepara para mantener este jueves en Washington una segunda ronda de diálogo con Israel.
El desplazado permanece en el estadio junto a su mujer y sus cuatro hijos, temeroso de perderles a todos si regresan a los suburbios capitalinos del Dahye.
Por ello, durante la tregua se ha limitado a bajar rápido a su casa para recoger algo de ropa y otros enseres. Lo hizo solo, después de que otro intento similar durante el conflicto acabara en una huida a las carreras en medio de bombardeos inesperados.
Según relata, sus vecinos de tienda de campaña abordaron juntos qué hacer tras el cese de hostilidades y la mayoría coincidieron en volver solo cuando "todo sea seguro", mientras que algunos que decidieron irse en la última semana acabaron volviendo al albergue.
"Harán un alto el fuego, bueno, pero un alto el fuego solo de un lado. En 2024, aquí respetaron el alto el fuego y ellos (los israelíes) no dejaron de matarnos todos los días durante 15 meses; nos estaban matando y aquí no estaban atacando para nada, ni un bala disparó la Resistencia", recuerda Mohamad.
Zahra, otra desplazada del Dahye, no quiere repetir lo vivido al inicio de esta guerra el pasado 2 de marzo: ni las carreras llorando escaleras abajo cuando empezaron a caer las bombas ni las "humillaciones" sufridas hasta encontrar un techo digno en el Camille Chamoun.
Tanto ella como el resto, afirma a EFE, regresarán una vez cesen del todo los ataques y las tropas israelíes se retiren del sur del Líbano, donde aún permanecen pese a las negociaciones.
"La situación aún no está muy bien e Israel es traicionero, la verdad, no puedes confiar en ellos (...). Hasta ahora escuchamos drones y aviones de guerra, no sabemos cuándo va a atacar o dónde", apunta la joven, mientras se escucha un avión no tripulado sobre la zona.
Zahra es una de los 1.271 desplazados del Dahye y el sur del Líbano aún albergados en el estadio, según la directora del Centro de Gestión de Desastres en Beirut para la Cruz Roja, Lama Shehayeb.
La responsable de la organización, encargada del manejo del Camille Chamoun durante la crisis, dice a EFE que la mayoría todavía siguen aquí, sobre todo los residentes del sur del país que no pueden acceder a sus aldeas.
"Con el alto el fuego, nos encontramos con que algunas familias se fueron, pero la mayoría están volviendo ahora, algunas familias nuevas y las viejas (...) Son alrededor de diez familias que están yendo y viniendo cada día desde el cese de hostilidades", explica.
Mientras muchos esperan garantías sobre el final de la violencia para irse a casa, otros, como Nabil Saad, ya no tienen casa a la que regresar.
Sentado sobre un colchón en su tienda de campaña, este hombre de 67 años recuerda cómo su vivienda de alquiler en el Dahye fue alcanzada el primer día de la guerra y cómo una pared se vino abajo, hiriéndole una pierna.
"No he vuelto porque no tengo casa, si tuviese casa me habría ido, ni esperaría los diez días ¿Qué hay aquí? ¿Tú crees que estoy feliz aquí?", sentencia en declaraciones a EFE.
Nabil llegó al estadio en tuctuc, un taxi de tres ruedas, después de que dos buenos samaritanos le ayudasen a encontrar uno entre los bombardeos del 2 de marzo y de ser rechazado en un primer albergue. Casi dos mes más tarde, aún cojea de la pierna herida y no tiene ni idea de qué pasará con él cuando todo termine.
"Ayer me vino esa pregunta a la mente y empecé a llorar, te lo juro. ¿A dónde voy a ir? No tengo a nadie, no tengo a nadie, cuando alguien me dice eso, exploto", lamenta.
"Solo tengo a Dios", concluye el hombre entre llantos. EFE
(foto)(vídeo)
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