
Lima, 13 sep (EFE).- Desde el brasileño Jair Bolsonaro al venezolano Nicolás Maduro, los políticos latinoamericanos de todo el espectro han continuado la ruta abierta por Alberto Fujimori, que, en 1990, consiguió seducir el voto evangélico y servirse de sus redes, tendidas a través de iglesias por todo Perú, para expandir su palabra y derrotar en las urnas a los principales partidos de su país.
El expresidente peruano (1990-2000), que gobernó con mano de hierro su país durante una década y falleció este miércoles a los 86 años, se enfrentaba a un reto enorme: un rector universitario prácticamente desconocido debía superar a uno de los grandes nombres del Boom latinoamericano.
Mario Vargas Llosa contaba con el respaldo de los históricos partidos Acción Popular y Partido Popular Cristiano, además de su Movimiento Libertad, coaligados en el Frente Democrático (Fredemo).
En cambio, el ingeniero Fujimori era apenas conocido por un pequeño programa en el canal estatal, pero supo adelantarse a su tiempo para saber encontrar en los rebaños evangélicos la mejor forma de crecer y darse a conocer.
"Perú era una sociedad destrozada por la gran crisis económica y habían proliferado las iglesias evangélicas por el rigorismo moral, por la búsqueda de una explicación ante esa desesperación", explica a EFE Joan Lara Amat y León, catedrático de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM).
En ese contexto, Fujimori funda el movimiento Cambio 90, "una agrupación que no tiene partido", por lo que la forma de llegar "a la mayor parte de la población es mediante estructuras ya existentes, que son los movimientos evangelistas, pequeñas iglesias de base irradiadas por todo el país, que podían aportarles lo que antiguamente hubiese sido una estructura de partidos con sus sedes".
Para las elecciones de 1990 se presentaron 52 candidatos evangélicos al Congreso frente a los seis de 1985. De ellos, 50 se postularon por Cambio 90.
Toda la masa social evangélica se puso manos a la obra para que sus candidatos llegaran al poder.
A juicio de Lara Amat y León, también director del equipo Demos de investigación en temas de ciudadanía, sin su participación la victoria de Fujimori no hubiera sido posible si esa participación.
"Justamente lo que se necesitaba es una gran conexión con la sociedad y esa conexión en Perú la tiene la religión", comenta.
Mientras los pastores difundían las propuestas de Fujimori, el candidato se rodeó de uno de ellos: Carlos García, su aspirante a vicepresidente que se convirtió en uno de sus hombres de confianza.
Puerta a puerta, difundieron las propuestas de Fujimori, como habitualmente hacen con sus planteamientos religiosos.
El primer eslogan de Cambio 90, 'Fe, Honradez y Trabajo', incluía palabras como "fe" y "cambio" muy empleadas en los sermones y cultos donde se enlazaba política y religión evangélica, una simbiosis que se acrecentó a partir de ese momento hasta convertirse en un elemento pivotante para la política latinoamericana.
Frente al huracán que comenzó a gestarse en Perú, el Arzobispado de Lima llegó a mostrar su preocupación por lo que consideraba "una campaña insidiosa contra la fe católica" que procedía de su competencia que, como en muchos otros países de la región, comenzaba a convertirse en una opción seductora para muchos peruanos.
Pese a que el crecimiento se estancó, hoy se estima que alrededor del 15 % de los peruanos son evangélicos, lejos de los datos de países como Brasil, Bolivia o las naciones centroamericanas, pero suficientes para conformar un caudal de votos relevante.
Por eso, Lara Amat y León destaca que la influencia evangélica en la política es "una tendencia mucho más general que sucede en toda América Latina y que ha tenido expresiones más acentuadas" en otros países, pero muestra "la forma en que, como no hay partidos políticos tradicionales de militantes, necesitas conectar con la gran población".
Fujimori ganó con el 62,5 % de los votos y comenzó una década de Gobierno que, entre otras cosas, llevó a Vargas Llosa al exilio y culminó con el hoy fallecido presidente condenado por delitos de lesa humanidad y una huida deshonrosa que le llevó a Japón primero y a Chile después.
Incluso así, sus aliados no se olvidaron de él. Ya recluido en la prisión, los pastores iniciaron campañas para reclamar su indulto.
El perdón jurídico se demoró más de una década, pero ya había quedado demostrado que la lectura rigorista de la Biblia que hacen los evangélicos iba a darse la mano de la política latinoamericana y a condicionarla.
Gonzalo Domínguez Loeda
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