
Roberto Morales
Berlín, 13 (EFE).- La imagen de Iker Casillas llamando al árbitro y gritando "respeto por el rival" para cortar un innecesario tiempo añadido recorrió el mundo. España había pasado por encima de Italia en una final sin precedentes en la Eurocopa. Un 4-0 que era el broche dorado de una generación que convirtió el éxito en costumbre. Nadie había impuesto un estilo asociado a la brillantez como en aquella página dorada en el Olímpico de Kiev.
A la Brasil de Pelé, la Hungría de Ferenc Puskás, la Argentina de Diego Armando Maradona, la Holanda de Johan Cruyff o la Alemania de Beckenbauer y posteriormente Matthäus, selecciones que dominaron el mundo y marcaron una época, se sumó en un ciclo de cuatro años inigualable la selección española de Xavi e Iniesta. La de Casillas y Sergio Ramos, Fernando Torres, Cesc Fábregas, David Silva o Xabi Alonso. Un equipo coral repleto de referentes.
En Kiev ya no estaban pilares como Puyol. Jugadores como Marcos Senna, Carlos Marchena o Joan Capdevila, cuatro años antes titulares en la final de Viena, cuando el gol de Fernando Torres inició un dominio de Europa que pasó a ser del mundo en 2010 y convirtió a España en 2012 en la única selección que conquistó dos ediciones seguidas la Eurocopa.
Con el estilo del toque por bandera, bautizado como 'tiqui-taca' con el que España se adueñaba del balón, hacía perder la identidad a su rival, lo encerraba en su terreno y lo acababa derribando. Con pasmosa facilidad el 1 de julio de 2012 gracias a un tanto tempranero de David Silva, apuesta de Vicente del Bosque hasta el final cuando se dudaba de su condición física.
Con un testarazo del más bajito, los inexplicables del fútbol en una selección con fútbol de seda, Silva desataba un vendaval a los 14 minutos. El caracoleo del mago Iniesta, el pase al movimiento al espacio de Cesc y la aparición por sorpresa de Silva en la zona reservada para un 9. Era la primera vez que Italia se veía por detrás en el marcador en toda la Eurocopa y su habitual orgullo en esta ocasión no sirvió para la reacción.
Una generación única en la historia del fútbol español, la que mutó la manida furia en la clase del toque, le puso la firma a la mayor goleada en una final. Sintiendo cerca un nuevo éxito antes del descanso, con la carrera del castigo al paso al frente de Italia de Jordi Alba y su definición perfecta en su cita con Buffon. Era el minuto 41. El equipo liderado por Pilo mascaba la impotencia.
Y acabó siendo goleado por un grupo de futbolistas que se instalaron en la excelencia. Las paradas de Casillas dieron paso a otro momento inolvidable para Fernando Torres. De recoger 44 años después el testigo de Marcelino a dejar su nombre como goleador en dos finales consecutivas antes de que Juan Mata pusiese el broche. La obra de Luis Aragonés la engrandeció Del Bosque. España se convertía en la primera selección de la historia que lograba la triple corona. EFE
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