
Roma, 21 oct (EFE).- La ultraderechista Giorgia Meloni juraba hace un año como primera ministra de Italia con una mochila cargada de promesas electorales tras años de dura oposición, sobre todo en ámbito migratorio y económico, pero estos doce meses han supuesto un baño de realidad -a veces dura- que ha moderado su discurso.
El 22 de octubre de 2022 Meloni se convertía en la primera mujer en gobernar Italia, gracias a una coalición con sus aliados Matteo Salvini y Silvio Berlusconi, teniendo que abandonar la retórica más populista para darse de bruces con la política real.
"Ha sido el año de la consolidación ante sus electores y ante un público internacional que la veía como un monstruo", explica a EFE la profesora de Ciencias Políticas de la Universidad para Extranjeros de Perugia Cecilia Sottilotta.
Su primera misión fue tranquilizar a su país y el mundo y ya antes de ganar las elecciones publicó un vídeo negando cualquier "deriva antidemocrática" y renegando del fascismo.
Desde entonces Meloni, ariete soberanista en el pasado contra los "burócratas de Bruselas", participa con total normalidad en la vida europea, sin esconder su afinidad con amigos como el partido español Vox o el primer ministro húngaro, Viktor Orbán.
Siempre apoyó a Ucrania tras la invasión rusa -aunque Salvini y Berlusconi son amigos de Vladimir Putin- y forma parte del reducido club de líderes, encabezado por el estadounidense Joe Biden, que consensúan su posición ante crisis como la de la Gaza.
Meloni, que heredó un país pospandémico amenazado por la guerra en Ucrania y el jaque ruso al gas, ha tenido que rebajar sus previsiones y asumir que este año el producto interior bruto solo crecerá un 0,8 %, dos décimas menos que lo previsto, y la deuda subirá al 3,6 %.
Esto "marcará un sendero muy estrecho" a la hora de cumplir sus promesas en los futuros Presupuestos, sostuvo la economista Valentina Meliciani en la Asociación de la Prensa Extranjera.
Y aunque quiere acometer prometidas bajadas de impuestos, para eso hace falta dinero, que ha buscado hasta con un nuevo tributo a la banca que atemorizó al sector y que no tuvo más remedio que rebajar.
"Meloni ha tenido un impacto brutal con la realidad y las promesas con las que quería tranquilizar a todos han decaído", apunta a EFE el docente de Ciencias Políticas de la Universidad de Pisa Alberto Vannucci.
La inmigración en el Mediterráneo central, eterno caldo de cultivo para el populismo, supuso una de sus prioridades pero, aunque como opositora llegó a pedir un "bloqueo naval" en África, la realidad demostró que no era tan sencillo.
Así, en lo que va de año han desembarcado en Italia 140.590 inmigrantes, casi el doble que en 2022, en unas oleadas que este verano desbordaron a la diminuta isla de Lampedusa y dejaron un terrible naufragio frente a Calabria (sur) con al menos 94 muertos.
El Gobierno intenta acelerar las repatriaciones, persigue la trata de personas como "delito universal", dificulta la labor de los barcos de las ONG destinándolos a puertos lejanos, busca acuerdos con el Magreb que no acaban de funcionar y se enzarzó con Francia por el bloqueo de sus fronteras.
Aunque Meloni puede presumir de haber alcanzado un primer acuerdo sobre el Reglamento de Crisis de la UE.
En casa, Meloni vive una relativa calma. Los sondeos la mantienen como primera fuerza, con una erosión limitada, sin una oposición fuerte y efectiva en el centroizquierda.
Además, su coalición se mantiene estable -pese a la muerte de Berlusconi- algo nada desdeñable en un país mas que acostumbrado a la caída de Gobiernos.
En su futuro, la prioridad será calmar la inflación y acordar una serie de reformas de calado ya en 2024, año en el que además presidirá el G7 y medirá su fuerza en las elecciones Europeas.
El lado más radical de Meloni y sus acólitos puede verse en su batalla contra el reconocimiento de hijos de parejas homosexuales o las sonadas desavenencias de socios como Salvini con los jueces.
Por ejemplo, Meloni ha prometido incentivos fiscales a las nuevas "mamás" del 2024 para estimular la demografía "¿Y por qué no a los padres?", cuestiona Sottilotta, que sospecha que su proyecto "cultural" será a largo plazo.
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