Francisco Ávila
Kaunas (Lituania), 17 may. El baloncesto en Lituania es la religión del país, un fenómeno contracultural que va más allá de la práctica del deporte de la canasta y que está relacionado con la identidad nacionalista, un sentimiento incubado durante la anexión por parte de la Unión Soviética (1940-1990).
Lituania está entre los veinte países del mundo que tienen una mayor altura media de sus ciudadanos y eso también tiene mucho que ver. Aunque seguramente menos que las políticas estatales de apoyo al baloncesto, que trufan de escuelas, entrenadores y canchas un pequeño país de poco más de 2,7 millones de habitantes.
Y es que el baloncesto en Lituania tiene más de cien años de antigüedad, es el deporte rey. El primer partido está documentado en abril de 1922, un encuentro entre la Unión Lituana de Educación Física que ganó al Kaunas (8-6), aunque el gran 'boom' del baloncesto llegó quince años después.
Fue cuando la selección lituana ganó el segundo Campeonato de Europa de selecciones en Letonia (1937) al combinado local. Los protagonistas de aquella victoria regresaron a casa en tren, un convoy que tuvo que detenerse en cada una de las pequeñas localidades para celebrar el título, según cuentan las crónicas de la época.
Aquella Lituania independiente desde el fin de la Primera Guerra Mundial (1918) se vio frenada con la ocupación de las tropas de Stalin en 1940. La Unión Soviética, que deportó a disidentes e infiltró al KGB entre la sociedad civil, controló los destinos de los lituanos.
Lituania fue rusificada, pero el baloncesto siempre fue la válvula de escape, a pesar de que desde Moscú se dictaban las reglas y se captaban a los mejores jugadores del país para jugar en el CSKA, el equipo del ejército, mientras cumplían su servicio militar de dos años de duración.
De hecho desde 1954 hasta 1987, el CSKA ganó todos los campeonatos con la excepción de dos años. En 1968, la consiguió el Dinamo de Tiflis y en 1976 el Spartak de Leningrado, donde completó toda su carrera profesional Aleksandr Belov, considerado héroe nacional al anotar la canasta de la victoria ante Estados Unidos en los Juegos de Múnich 1972.
Estaba la excepción Belov y la báltica. En las antiguas Repúblicas Bálticas, a las que pertenecía Lituania, había la posibilidad de realizar el servicio militar cerca de casa, y muchos de los grandes baloncestistas lituanos de la historia pudieron jugar en Lituania, mayoritariamente en el Zalguiris Kaunas, pero también en el Statyba de Vilnius.
Por alguna razón existía un pacto de caballeros para que los jugadores lituanos no pasaran al CSKA y desde el equipo del ejército soviético no los obligaban a ello, aunque cuando apareció en escena Arvydas Sabonis (17 años, 2,20 metros), las reglas podían cambiar.
Por eso, intentaron retener a la estrella emergente a toda cosa. Buscaron que adoptara un bebé, lo inscribieron en la universidad... Todo con tal de que no abandonara Kaunas y se convirtiera en el jugador de referencia que todos sabían que sería en el futuro.
Y así fue. El Zalgiris, que había ganado el campeonato soviético en 1947 y 1951, se sintió fuerte en los ochenta. Consiguió el subcampeonato en 1983 y 1984 y pensó que había llegado el momento del asalto final.
Llegaron grandes jugadores como Homicius, Kurtinaitis, Iovaisha, pero sobre todo Sabonis y con estas mimbres conquistaron las Ligas en 1985, 1986 y 1987. En esta última edición, cinco mil lituanos viajaron a Moscú, sin entrada, para asistir al partido definitivo.
El entrenador del CSKA, el mítico Aleksandr Gomelski, técnico del CSKA y coronel del ejército soviético, ordenó que no se permitiera la entrada de seguidores del Zalgiris a la pista, pero estos cambiaron botellas de vodka por entradas para el partido y llenaron las gradas de la cancha para ver el triunfo de su equipo.
Con la llegada de la independencia, otro hito fue la victoria de la selección de Lituania al denominado Equipo Unificado (ex URSS) en el partido para la medalla de bronce de los Juegos de Barcelona 1992, otra muesca más en el imaginario del baloncesto lituano.
Desde entonces, la selección lituana es una habitual en el medallero de Mundiales y Europeos. El Zalgiris tocó el cielo europeo en 1999, cuando conquistó la Euroliga; en la NBA, los jugadores lituanos muestran con orgullo su calidad y sus orígenes; y en el banquillo del Barça, otro ilustre lituano, Saras Jasikevicius, aspira a levantar la Euroliga por primera vez como técnico después de haberla conseguido cuatro veces como jugador.
Cuando aterrizas en Lituania, la primera palabra que tienes que aprender si quieres impregnarte del país es Krepšinis, la denominación local de nuestro BA-LON-CES-TO. EFE.
fa/ea
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