Sin avisar, la policía dispersa con gases lacrimógenos a los rezagados delante de los bares de una barriada de la capital de Malaui para imponer el toque de queda. "Y yo ¿cómo me gano la vida?", suelta Yvonne, una joven prostituta.
Su burdel se halla, adrede, muy cerca de uno de los bistrós más concurridos de la zona 25, en Lilongüe. Pero desde las restricciones decretadas por el covid y las redadas policiales diarias para obligar a respetarlas los clientes se van a las 20H00.
"Mi trabajo comienza al anochecer, justo cuando echan a todo el mundo", afirma suspirando la joven de 25 años con un vestido rojo ceñido y rastas rubias para hacer resaltar su tez clara en una mesa con un refresco delante, junto a una amiga. En los tiempos que corren no puede permitirse otra cosa...
Malaui, muy pobre, fue hasta enero uno de los últimos países en no haber optado por un confinamiento para combatir la pandemia.
En abril, la justicia prohibió las restricciones para salvar una economía frágil, basada sobre todo en el empleo informal. Pero a principios de este año, debido al aumento de los contagios, el presidente Lazarus Chakwera ordenó un toque de queda nocturno, limitó la venta de alcohol y cerró los colegios durante tres semanas.
Según las cifras oficiales, Malaui cuenta con casi 33.000 casos de covid-19 y unos mil muertos, para 18 millones de habitantes.
El mes pasado, decenas de trabajadoras sexuales salieron a las calles para protestar contra las restricciones sanitarias, que las privan de su modo de sustento. "Es injusto, por culpa de las nuevas normas, no ganamos dinero", acusan.
- "Pagar el colegio y el jabón" -
"La prostitución es un trabajo de verdad. Pagamos nuestras facturas, nuestros alquileres, enviamos a nuestros hijos al colegio con este dinero", explica a la AFP Zinenani Majawa, del sindicato de trabajadoras sexuales.
Según la organización, que milita por extender la apertura de los bares hasta la medianoche y los fines de semana, el país tiene más de 20.000 prostitutas. En este pequeño Estado del sur de África, la ley castiga el proxenetismo pero no la prostitución.
En Chipoka, una ciudad portuaria otrora próspera a orillas del lago Malaui, Joyce Banda, de 58 años, cuenta a la AFP que ha tenido altibajos durante sus 33 años como prostituta. Pero nada comparado con los problemas causados por la pandemia.
"Tenemos niños que alimentar. Tenemos que lavarnos y lavar la ropa. ¿Cómo vamos a comprar jabón si los bares siguen cerrando a las 20H00?", afirma angustiada.
"¿Dónde vamos a encontrar clientes?", pregunta Martha Mzumara, también prostituta.
En este país conservador no todos se compadecen.
"Me parecen un poco egoístas. Muchas empresas se han visto afectadas, varias han cerrado. En Malaui tenemos suerte de que los bares estén abiertos", opina el juez Madalitso Banda de la coalición de los defensores de los derechos humanos.
La asociación de abogados del país, la Law Society, estima que las reglas están "justificadas" en un contexto de pandemia mundial. "Algunos derechos pueden verse limitados para salvaguardar otros", afirma la directora, Martha Kaukonde.
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