En Polonia, la publicidad de las clínicas que hacen fertilización in vitro (IVF) muestran variaciones de lo mismo: un bebé, una mujer y un hombre. Irena —como todas las entrevistadas en el artículo de The New Yorker, pidió la reserva de su identidad— llamó para confirmar si también trataban a mujeres solas. Le dijeron que sí. Pidió una cita.
Luego de tres años de procedimientos, a mediados de 2015 logró seis óvulos fecundados de buena calidad, llamados pre-embriones. Congeló cuatro e hizo la transferencia de dos. En agosto supo que iba a ser madre. Pero a las 10 semanas, perdió el embarazo.
Volvería a intentarlo, se animó. Sin embargo, no podría. En el tiempo que había pasado con toda su atención centrada en su maternidad, no había mirado las noticias. Una nueva ley le impedía utilizar sus propios óvulos fecundados para tener hijos excepto que, como en la publicidad de las clínicas, estuviera acompañada por un hombre.
El partido Ley y Justicia (PiS), de orientación populista conservadora, había impulsado una legislación que seguía al pie de la letra la oposición del Vaticano a la IVF, y proponía su prohibición y la criminalización de quienes la hicieran. Como todavía gobernaba una coalición centrista —hoy el PiS tiene ese lugar— se llegó a una versión menos extrema: la nueva ley limitó la IVF a parejas heterosexuales, casadas o no, cuyos miembros se hicieran responsables por escrito, legal y financieramente, de los niños que tuvieran como resultado del tratamiento.
No habría excepciones para quienes hubieran congelado pre-embriones antes de la promulgación de la ley. Irena —que no tenía pareja, ni había tenido en bastante tiempo, como le sucedía a varias de sus conocidas— pensó en pedirle a un amigo que firmara con ella. Pero eso haría que ese hombre pudiera ser perseguido penalmente si no sostenía económicamente al hijo de ella, y además la obligaría a compartir la tenencia.
“Además, otro artículo de la ley, destinado a asegurar que no se destruyeran los pre-embriones, ordenaba que se los donara a una pareja heterosexual que sufriera infertilidad en el caso de que no fueran usados en 20 años”, destacó The New Yorker. Irena temió que, si no encontraba la manera de usar su propio material genético, la misma ley que se lo prohibía, se lo quitaría. “Para mí aceptar esa situación legal, tener a mis pre-embriones esperándome y no poder acceder a ellos, era algo inimaginable”, dijo a la publicación.
Ser madre sola no es una novedad: desde siempre las mujeres han criado hijos sin cónyuge por numerosas razones, entre ellas el abandono, el divorcio o la muerte. El objetivo central de la ley no eran las mujeres solas tanto como las parejas LGBTQ, que en Polonia no pueden casarse ni formar uniones civiles, y si tienen hijos en el extranjero —la solución más popular— deben pasar por un engorroso proceso legal para que obtengan la ciudadanía. PiS se presenta como un partido “pro-familia” y define esa palabra según las ideas tradicionales. Y las tecnologías de reproducción asistida tienen la posibilidad de expandir la definición de familia.
Esa ley se volvió posible en parte por la fuerte incidencia del catolicismo en Polonia: aunque cada vez menos gente va a misa, el 86% de la población se identifica con esa religión. Y para la iglesia católica —según el documento Instrucción Dignitas Personae sobre algunas cuestiones de bioética, de 2008— es “éticamente inaceptable la disociación de la procreación del contexto integralmente personal del acto conyugal: la procreación humana es un acto personal de la pareja hombre-mujer, que no admite ningún tipo de delegación sustitutiva”. El texto del Vaticano, además, combina en su condena IVF y aborto: “El deseo de un hijo no puede justificar la 'producción’ del mismo, así como el deseo de no tener un hijo ya concebido no puede justificar su abandono o destrucción”.
La otra razón que permitió la aprobación de esta ley es política: el ascenso del populismo. Desde 2003, cuando Polonia se preparaba para ingresar a la Unión Europea, “los políticos asumieron la IVF como un tema nacionalista”, explicó la autora del texto, Anna Louie Sussman. La “civilización de la muerte” que representaba Occidente, donde los óvulos se fecundan y se destruyen si no son viables, y el liberalismo europeo encontraban un freno en el bastión católico polaco.
A la vez que políticos y medios conservadores hablaban de los niños concebidos mediante IVF como “no naturales”, los opositores al método comenzaron a presentarse como protectores de los pre-embriones. “Frente a las clínicas de IVF, los manifestantes se reunían con afiches que mostraban imágenes de fetos humanos, azules sobre un fondo negro. Cada feto tenía un nombre imaginario: ‘Marisa: congelada’, ‘Marcy: congelada’, ‘Olek: congelado’”, citó The New Yorker.
Y sin embargo, según una encuesta del Centro de Investigación en Opinión Pública, la población en general no compartía esas perspectivas: el 76% de los polacos apoya la IVF para parejas casadas y el 44% para mujeres solas. Un estudio de Nasz Bocian estimó que el 5% de los pacientes de las clínicas de fertilidad polacas eran mujeres solas.
Ahora aquellas que desean ser madres pero no tienen pareja no pueden recibir tratamiento de fertilidad. Pero pueden, por ejemplo, comprar esperma en el extranjero. Eso hizo otra de las entrevistadas de la revista, María: intentó la inseminación intracervical por sí misma, con espermatozoides de donante que compró en el banco Cryos, de Dinamarca.
“Es irónico”, reflexionó, “que el gobierno nacionalista de Polonia impulse a que las mujeres concibamos con espermatozoides extranjeros”. Pagó, además, el 10% de lo que salía el esperma polaco cuando todavía podía acceder a él. Ella decidió que haría seis intentos de ese modo; si no lograba quedar embarazada, viajaría a Dinamarca para hacer el proceso completo de IVF.
Como la ley no impide que los pre-embriones congelados se muden de clínica, muchas mujeres los están enviando al extranjero. Es engorroso: distintos países tienen distintas normas al respecto. Algunos no aceptan el envío de una mujer si el donante no es anónimo; otros estudian los antecedentes del donante por si produjo nacimientos con defectos que pudieran afectar el rating de éxito de la clínica. Siempre hay que llenar una tonelada de documentos.
Luego de dos años de buscar clínicas, Irena encontró una en Leópolis, Ucrania. Hizo la mudanza de los embriones y viajó para recibir tratamiento y hacer la transferencia. Regresó a Polonia embarazada, a siete años de haber comenzado la búsqueda y tras cuatro de impedimentos en el país. En septiembre de 2019, cuando Sussman la contactó por última vez, llevaba 28 semanas de gestión saludable.
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