Hay dos tipos de miedo: a uno lo podemos titular como miedo neurótico, que es aquel que nos paraliza y que impide el desarrollo de la vida. Pero hay otro tipo de temor, que funciona como una defensa, que nos protege; que nos hace tomar recaudos frente a situaciones de peligro, o que nos prepara para ciertas adversidades. Es sano tener miedo si estamos por entrar en una zona peligrosa. Ese temor, por ejemplo, nos puede instalar en una sana duda de entrar o no; o puede ocupar un rol central para que una persona se prepare mejor y tome todos los recaudos necesarios para ir mejor preparado a una situación de adversidad.
Lo ocurrido ayer en esa fiesta da para una multiplicidad de análisis, y desde diferentes perspectivas. Pero es fundamental, a mi criterio, evaluar la especificidad de esa conducta en donde un pibe, perdiendo absolutamente todo instinto de autoconservación, y sin temor alguno, se introduce una bomba atómica en su cuerpo sin hacer el más mínimo análisis de las posibilidades de que "ese viaje hacia la euforia" le salga mal. Por supuesto que ese acto individual viene estimulado por toda una cultura de la euforia y de una tendencia a pensar que la única manera de gozar de la vida es volándose la cabeza, es decir, lo social es clave en esa acción también. Pero en definitiva, el último freno antes del abismo, lo pone el individuo. Qué bueno hubiera sido que ese temor sano, ese freno, esa duda, se hubiese presentado en estos seis chicos de ayer.
El miedo no educa, demonizar a la juventud y a las fiestas electrónicas no aporta nada para encontrar soluciones, que son muy complejas por la cantidad de variables que se ponen en juego en el universo del consumo de drogas, el narcotráfico, la seguridad de los espacios de diversión, etc. Generar miedo sin fundamentos, solo va a generar paranoia en miles de padres, desmedidas tensiones intrafamiliares que no van a ayudar a que los jóvenes puedan reflexionar sobre la peligrosidad del consumo de drogas con sus seres queridos.
Soy un convencido que la mayoría de las personas que salen a bailar a esas fiestas no consumen, van entre amigos, bailan, se divierten con el espectáculo audiovisual, y todo termina allí. Lo que ocurre es que los que van a consumir, hacen mucho ruido, generan situaciones muy graves, y todo eso se presta a que generalicemos. Es central que las familias entiendan que gran parte de las personas que se tientan y consumen alguna de estas drogas, no tiene problemas de drogas, de adicción; simplemente, llevados por la situación, o por ese gusto que hay en la adolescencia de cruzar los limites, o por hacer lo prohibido, van y consumen, incluso unas pocas veces o una unida vez. Pero en ese intento de prueba, como no estaban funcionando esos sanos temores de los que hablábamos para evaluar el peligro, puede ocurrir una tragedia.
Al éxtasis y sus derivados se los suele mencionan como la droga el amor y la buena onda. Alrededor de su consumo hay multiplicidad de imaginarios y mitos de mutuo cuidado y camaradería entre los que participan de ese ritual de entrar en esos estados de euforia y exaltación psíquica. Pero no, las drogas nos ponen en una situación de gozar con uno mismo, es "yo y mi estado", es la exaltación del narcisismo por excelencia y la ilusión de compartir, de relacionarme con el otro, pero es solo eso, una ilusión.
Ayer, mientras decenas de pibes estaban tirados en el piso, convulsionando, o en grave estado, no había red, no había otros, no había empatía, solo sonámbulos, saltando sin parar. Nadie los asistía, estaba solos, miestras muchos otros estaban fuera de sí y desconectados de la realidad que los rodeaba. No es una evaluación moral, es algo observable: la persona en ese estado no puede hacer una evaluación objetiva de que tan mal está ese otro que está tirado en el piso como para asistirlo o no, o darle gravedad y llevarlo a los centros de control, no piensa con claridad; muchos si, pese a ese estado, pueden salir por un momento e intervenir, pero es difícil. Eso pibes murieron rodeados de gente y espectáculo, pero en la más profunda soledad social. Las dogas son eso, todos juntos, nadie con nadie.
Muchos jóvenes entienden que la única manera de divertirse es autogenerarse esos estados de exaltación toxica que dan las drogas, y eso sí habla de un profundo vacío social, de falta de ideales y valores, de propuestas, de proyectos, de ausencias vocacionales, etc. La familia aquí ocupa un rol central; tenemos que poner en agenda con nuestros hijos el tema de las formas de pasarla bien que ofrece la vida, por fuera de las drogas. Debemos hablar de las fatales consecuencias del consumo de estas sustancias. Y desterrar y discutir todo romanticismo en relación a ellas: las drogas destruyen, matan y generan millones de vidas perdidas en el mundo. Por supuesto, están los adictos francos, los que solo prueban alguna vez, y los que pasan solo por un período de abuso y no consolidan una adicción. Pero en los tres tipos de consumidores, puede pasar lo de ayer en Costa Salguero. Por eso considero que tenemos que volver al temor, a ese temor sano y productivo, que nos puede evitar de tener una experiencia espantosa e incluso, salvarnos la vida. Aprendamos a gozar de la vida por fuera de esos mundos, estas tragedias nos tienen que invitar a una profunda reflexión social.