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En la mayor parte del territorio de los Estados Unidos, ser mujer cuesta alrededor de 3.000 dólares más que ser varón a lo largo de una vida promedio.

En realidad, esa cifra expresa el mínimo de la diferencia: los impuestos que se pagan por tampones y otros productos sanitarios derivados de la menstruación, un imperativo biológico que en general se extiende durante al menos 35 años de la vida de una mujer. Si el cálculo incluyera otros costos —entre ellos, analgésicos y anticoncepción, por ejemplo—, la diferencia de género impone un gasto extra de más de 18.000 dólares a aquellos seres humanos que nacen con ovarios. Personas que, además, por razones de orden social, reciben salarios 22% inferiores a los que reciben aquellos otros que nacieron con testículos por realizar el mismo trabajo, y hasta 36% y 46% si son mujeres afroamericanas o hispanas, respectivamente.

El debate argumenta con sencillez: si a las niñas prepúberes se les pudiera dar la opción de sangrar una vez al mes durante más de tres décadas —y al hacerlo, de paso, sufrir dolor, hinchazón, problemas de piel y cambios de apetito y ánimo— o no hacerlo, probablemente todas declinarían el honor de menstruar.

Pero el ciclo femenino no es optativo.

Es una característica del organismo para la mitad de la población del mundo.

"Imponer un impuesto a los productos que las mujeres necesitan como consecuencia de su biología es fundamentalmente sexista"

Para tratar a las mujeres y a las adolescentes con igualdad, argumentan defensoras de la eliminación del impuesto como la legisladora de California Cristina García y la abogada Jennifer Weiss-Wolf, es necesario eliminar un gravamen que consideran injusto y discriminatorio.

Cinco estados del país no cobran impuesto por ventas; otros cinco —Massachusetts, Pennsylvania, Minnesota, Maryland y New Jersey— eximen de impuestos a los productos de higiene femenina por considerarlos de primera necesidad, como buena parte de los comestibles y las medicinas y otros instrumentos vinculados con la salud. En los otros 40, en cambio, tampones, protectores, copa menstrual y otros bienes para el mismo uso, que en sí distan de ser económicos, se recargan con un impuesto de entre 4,25% y 9,45%, a lo cual hay que sumarle los impuestos de cada municipio: en Chicago, por ejemplo, la cifra era de 10,25% hasta el 16 de marzo de 2016, cuando la ciudad eliminó sus gravámenes a la higiene femenina.

En una entrevista en vivo en enero de 2016, la YouTube star Ingrid Nilsen le preguntó al presidente Barack Obama: "Hace poco me quedé estupefacta al enterarme de que toallas femeninas, tampones y otros productos para la menstruación pagan impuestos como bienes de lujo en 40 estados. No conozco a nadie que tenga el período y piense que es un lujo... ¿Por qué se sigue imponiendo impuestos a estos ítems?" "Tengo que reconocer que no tengo idea de por qué los estados impondrían impuestos a estos productos como bienes de lujo —respondió Obama—. Supongo que es porque los que hacían las leyes cuando se aprobaron esos impuestos eran varones. Creo que es muy razonable que las mujeres de esos estados que has mencionado trabajen juntas para conseguir que se eliminen esos impuestos".


Canadá fue el primer país en el mundo en eliminar el tampon tax

El lujo del periodo

El debate se ha extendido en el mundo entero, en particular desde 2015.

Canadá fue el primer país en el mundo en eliminar el tampon tax, como se lo llama, en julio de 2015, luego de que más de 75.000 personas firmaran una petición para que los productos de higiene femenina salieran de la lista de bienes de lujo y se anulara la recarga del 5% en su precio. Antes de que el 17 de marzo de 2016 la Unión Europea autorizara a sus 28 estados que eliminaran estos impuestos, Irlanda lo había hecho. En el Reino Unido —donde era del 17,5% hasta que en 2000 se lo redujo a 5%— y en Francia, continúan los movimientos sociales contra estos gravámenes.

Australia, que suma un 10% a los productos de higiene femenina, tuvo un gran debate durante 2015, incluida una campaña en change.org de Sophie Liley, estudiante de la Universidad de Perth, que juntó más de 45.000 adhesiones. "¿Sabía usted que existe un impuesto a la venta sobre los tampones y que se los considera un lujo? No sé usted, pero a mí no me parecen un lujo. Los preservativos, los lubricantes, los pañales para adultos y el protector solar, en cambio, no pagan impuesto a la venta", señaló. "Imponer un impuesto a los productos que las mujeres necesitan como consecuencia de su biología es fundamentalmente sexista".

No obstante, en agosto de 2015, Australia votó a favor de mantener el impuesto.

Al menos no es tan alto como en Eslovaquia, donde llega al 20% y no existen previsiones para cambiar la ley. Y al menos los legisladores australianos no se echaron a reír en el momento de tratar la normativa, cosa que hicieron los de Malasia: su descalificación del tema abrazó el prejuicio extendido que va desde la violencia verbal con que se menosprecian las opiniones de las mujeres porque seguramente están en esos días hasta considerarlas impuras, como en algunas sociedades islámicas.

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¿Qué es necesario y qué es superfluo?

El impuesto a las ventas, que surgió en la Gran Depresión para que el gobierno federal de los Estados Unidos pudiera aumentar su recaudación al gravar bienes que no se consideraban necesarios (por ejemplo, los vegetales en una tienda no pagan impuestos; una ensalada en un restaurante paga impuestos), pero a lo largo de los años se establecieron excepciones de toda clase, de manera tal que hay estados del país que cobran impuestos al papel sanitario, a la ropa y a los caramelos, por ejemplo, y otros que no. Una investigación de la web Fusion comprobó que Colorado eximió a los exámenes de embarazo; que Vermont excluyó a las compresas de calor para el dolor menstrual y que North Dakota y Connectitut dispensaron a los pañales para adultos, pero todos esos estados cobran impuestos a las necesidades de higiene de las mujeres.

En su editorial del 8 de febrero de 2016, "End the Tampon Tax" ("Terminar con el impuesto al tampón"), el diario The New York Times señaló que los programas de asistencia social que, por ejemplo, otorgan vales de alimentos, no cubren los productos de higiene femenina y que muchas veces en los albergues de mujeres faltan porque las donaciones son escasas, mientras que otros bienes son objeto normal de caridad.

Doce legislaturas de los estados han recibido proyectos de ley para terminar con este impuesto


Doce legislaturas de los estados han recibido proyectos de ley para terminar con este impuesto; en dos de ellos, Utah —que no grava las máquinas expendedoras— y Virginia, las votaciones rechazaron las propuestas. La ciudad de Chicago se separó del criterio general del estado de Illinois al anular este impuesto por considerarlo discriminatorio. En California, la normativa fue presentada por la legisladora demócrata García y por una republicana, Ling Ling Chang, lo cual le augura una proyección nacional más allá de las ideologías que puede fortalecer el reclamo.

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"Miss Tampon" y otras agresiones

A García ya no le hace mella que la llamen "Miss Tampon", como señaló el diario hispano La Opinión. En cambio, más le afecta todavía que algunas colegas le hayan dicho que van a apoyar el proyecto de ley AB1561 si por favor deja de poner "fotos de tampones en todos lados", en relación con los panfletos y stickers de propaganda. "Nosotras mismas hemos internalizado la vergüenza que otros nos han impuesto", declaró la legisladora californiana. "Ser mujer es algo biológico, nada de qué avergonzarse".

Pero es también algo rentable para la caja gubernamental: en su estado, las mujeres pagan por el hecho de ser mujeres 20 millones de dólares anuales por año.

Chang, que desde la oposición se puso de acuerdo con García para impulsar este cambio, dijo a The Washington Post: "El Gobierno impone gravámenes a las mujeres por algo que está totalmente fuera de su control. La higiene femenina no es una elección y no debería pagar impuestos, lo cual es una forma de discriminación regulatoria".

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Weiss-Wolf se unió a una revista dedicada a las mujeres e insospechable de feminismo,Cosmopolitan, para reclamar a los 40 estados donde los ítems para la menstruación son un lujo que revisen ese concepto. "Why the Hell Are Tampons Still Taxed?" ("¿Por qué demonios todavía se pagan impuestos por los tampones?"), se tituló la nota que señaló la cuestión del tabú: "Cuando las mujeres hablan de estos asuntos, como la columnista [del diario británico The Guardian] Jessica Valenti cuando defendió el subsidio de los productos sanitarios, con frecuencia las acosan verbalmente la misma clase de idiotas que avergüenzan a las mujeres por el hecho de tener periodos". El comentario más frencuente en la nota pertenece a The Guardian: "Un moderador eliminó este comentario porque no se ajusta a los estándares de nuestra comunidad".

En su iniciativa con Cosmopolitan, la vicepresidente del Centro Brennan para la Justicia invitó a las lectoras a firmar otra campaña en change.org, que ya ha acumulado casi 60.000 de las 75.000 firmas que busca.

El argumento final es simple: el cambio no beneficia a las mujeres, sino que corrige un error y favorece a la población en su conjunto. "Estos ítems son necesidades absolutas", dice el texto. "No son una opción, no son un lujo. Millones de personas los necesitan, mes tras mes y año tras año, para ser miembros productivos de la sociedad".