Parece que la titánica batalla de la Argentina contra los holdouts está de a poco llegando a su fin. Mauricio Macri logró relativamente rápido sellar el acuerdo con los holdouts y dar el primer paso para su aprobación definitiva: superó la prueba en la Cámara de Diputados de la Nación, con 165 votos a favor, 86 en contra y algunos ausentes, lo que no sólo significó la media sanción de la ley de normalización de la deuda pública, sino además la virtuosa forma de negociar de Cambiemos a la hora de definir cuestiones trascendentes. Aquella amenaza legislativa del Frente para la Victoria parece haber quedado en el pasado y de a poco se desdibuja esa fatídica idea de que solamente con el peronismo en el poder se puede gobernar.
La Cámara de Senadores será la próxima parada para el Presidente y su equipo económico, donde, según se estima, el desenlace será similar al que se obtuvo en la Cámara de Diputados. Con esto y sin tener en cuenta los pormenores, el Gobierno obtendrá la derogación de la ley cerrojo y la ley de pago soberano, y consecuentemente el pase libre para realizar el pago final a los holdouts y salir del default que nos viene acompañando desde hace casi quince años.
Hasta aquí podemos considerar una primera victoria para el Presidente: con un Congreso adverso, que luego de una ardua labor legislativa por parte de los operadores políticos de Cambiemos se logró doblegar y darle el visto bueno a la primera exigencia real del Ejecutivo. Varias fueron las voces opositoras que tras algunas idas y vueltas terminaron apoyando el proyecto de ley, aduciendo que primero está su gente y luego sus propias convicciones (en buena hora si es así). Si bien políticamente la frase es atinada al oído, en la realidad tal vez haya significado lo contrario. En un contexto económico donde el déficit fiscal primario coquetea el 5,4% del PBI, la falta de dólares está a la vista, con una tasa de inflación que se estima en un 4% mensual para los últimos tres meses, una emisión monetaria sin precedente y la falta de inversiones y de crédito externo, combinado todo esto con una actividad económica que está sumamente resentida, tal vez el arreglo con los holdouts era el único disparador que podía lograr las bases para que comenzara el trabajo sobre una solución real e integral de los problemas económicos que cargamos a cuestas.
De haber caído el acuerdo de pago a los holdouts por no haberse aprobado por ambas Cámaras del Congreso Nacional por exclusiva responsabilidad de los diputados o de los senadores de la nación, estos deberían haberse hecho cargo en el futuro de cualquier desmadro que sufriese la situación económica (que ya bastante comprometida está), y una vez más nadie estaba dispuesto a pagar ese altísimo costo político.
La guerra con los holdouts tiene las semanas contadas y serán tiempos distintos para el Ejecutivo. Con acceso al crédito y la posibilidad de inversiones extranjeras, las expectativas económicas son notablemente diferentes, incluso para los más incrédulos. De igual forma, esto es sólo el puntapié inicial y necesario en virtud de transitar un camino hacia la normalización de una situación económica por demás compleja y sumamente deteriorada en prácticamente todos sus indicadores.
Durante estos últimos días la famosa grieta social de la que tanto se habla pasó esta vez ya no por cuestiones políticas, partidarias o sociales, sino por algo bastante más elemental: la opinión sobre el endeudamiento externo. Una parte de la sociedad tiene la esperanza de que este genere crecimiento, inversiones externas y recomposición de las reservas del Banco Central. En cambio, la otra parte tiene la concepción de que el endeudamiento generará pobreza, dependencia externa y descalabro económico en el futuro cercano. Por desgracia, el endeudamiento no es bueno ni malo en sí mismo, por lo que ambas posturas resultan al menos insuficientes en sus argumentos.
El acceso al crédito externo que pueda traer aparejado el arreglo definitivo con los holdouts será casi con seguridad de fácil acceso, a tasas más razonables que las actuales y con plazos más extensos que los que hoy se ofrecen a la Argentina. Actualmente, mientras que la provincia de Buenos Aires paga una tasa de interés del 9,37% anual (según colocación de 1.250 millones de dólares realizada en los últimos días), otros países de la región, como México o Perú, pagan tasas del 3,5% y del 5%, respectivamente. Si el endeudamiento (incluso con tasas bajas y a más largo plazo que lo habitual) se utiliza para cubrir permanentemente nuestro déficit fiscal y la fuga de divisas, en algunos años estaremos casi con seguridad repitiendo los hechos de décadas pasadas: nuestra deuda externa se convertirá, con el correr del tiempo, en deuda impagable, lo que traerá consecuencias que ya son conocidas por todos. Si, por el contrario, logramos tener una disciplina fiscal impecable, exterminamos el déficit fiscal (aunque se lo haga gradualmente, como pretende el ministro Alfonso Prat-Gay) y se destinan los flujos de crédito hacia sectores productivos y a la inversión en infraestructura, otra será la historia.
Estos serán entonces los caminos que podrá tomar el Gobierno argentino de aquí al futuro, y será su decisión final determinar cuál de ellos transitar y así definir en qué se invertirán los recursos del Estado. Esta será la verdadera guerra que deberá dar el presidente Mauricio Macri junto a todos los argentinos y de él dependerá que nos espere en esta oportunidad un futuro diferente.
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