Hay algo en la figura y las historias de los narcotraficantes que nos atrapa y fascina. Las series televisivas que retratan sus vidas son las de mayor audiencia, sin importar si se trata de una superproducción o de un programa de bajo costo. En ese sentido, la reciente recaptura del capo mexicano "El Chapo" Guzmán puso en evidencia varios aspectos más propios del mundo del espectáculo, que del crudo y violento narcotráfico.
Para muestra, un botón. O una camisa, si seguimos el caso de Guzmán. Cuando se conocieron las primeras imágenes de la entrevista que le hizo el actor norteamericano Sean Penn para la revista Rolling Stone, estalló una fiebre por la llamativa prenda que llevaba puesta el capo narco. La hasta entonces poco conocida marca californiana Barabas no dudó en promocionar sus camisas color turquesa y azul marino con filigranas, bajo el título de "las más buscadas". Su precio, 128 dólares.
¿Qué nos atrae de personajes que, además de ejercer una actividad ilegal, la mayoría de las veces son responsables de cuantiosas muertes y penurias? ¿Por qué son aclamados muchas veces como héroes? ¿Alcanzan sus obras de beneficencia para justificar el cariño que muchas veces les profesa la gente? Para profundizar en el tema, DEF dialogó con el doctor José Eduardo Abadi, médico psiquiatra y psicoanalista.
Lejos y cerca, realidad y ficción
Para empezar, Abadi aclara que esta problemática debe analizarse sin limitarse a situaciones atinentes específicamente al narcotráfico. Es preciso englobar también otras relativas a "la violencia en general, la guerra, o a trasgresiones repetidas e importantes". En esa línea, el psiquiatra puntualiza algunos conceptos propios de lo que él llama "el segundo tiempo de la posmodernidad".
Lo primero que señala tiene que ver con "la naturalización de lo que no es natural, de lo que en realidad es estrictamente adquirido, artificial, producido". Abadi lo explica: "Uno, muchas veces, naturaliza este tipo de acciones o situaciones como si fueran casi inevitables desde lo fisiológico. Esto es lo que suele llamarse banalización: banalizar el narcotráfico".
"Uno, muchas veces, naturaliza este tipo de acciones o situaciones como si fueran casi inevitables desde lo fisiológico. Esto es lo que suele llamarse banalización: banalizar el narcotráfico".
Lo segundo es la tendencia, en este mundo hipermediático, a la espectacularización. "Esto quiere decir que, más que tomar un carácter reflexivo y analítico, que sirva para diferenciar y profundizar con una pregunta válida una respuesta, la espectacularización lo que produce es el efecto: quiere provocar la atracción visual, el encendido del canal o de la radio. En último término, atrapar al espectador o al escucha, es decir, al rating", reflexiona Abadi. "Esta espectacularización termina produciendo un problema que se ha trabajado desde la semiología en los últimos veinte años: una difícil discriminación entre ficción y verdad, entre lo que es una muerte de un ser humano –con toda la carga específica que esto trae– y el número que da la estadística".
Según el médico psiquiatra, la espectacularización nos pone ante un fenómeno muy curioso desde el punto de vista vincular y relacional: "Nos pone cerca y lejos simultáneamente de lo acontecido. Es decir, esa idea de la ficción y la realidad nos lleva a que, cuando se recibe un dato, una información o un acontecimiento, uno lo cree y no lo cree, es verdad y es mentira a la vez". Por lo tanto, ese acontecimiento sobre el que uno lee u observa, por ejemplo, un ajuste de cuentas ligado al narcotráfico, puede convertirse en experiencia personal y en capital de uno para entender mejor las cosas, o puede quedar simplemente como un acontecimiento que, como el aceite, corre y se escapa.
Ahora la fantasía es que puedo meterme en un mundo que no quiero, que condeno, pero que en un aspecto inconsciente mío me despierta una curiosidad y una fascinación, ilusión de omnipotencia
Abadi también señala que con este tipo de personajes o situaciones se da un "atractivo difuso". "No se trata de un atractivo plano y tranquilo, sino de uno picante, con grietas, con angustias. Es el atractivo que produce la trasgresión, lo que genera aquella figura que rompe con el código cultural, aquella figura que rompe con el límite que convierte nuestro convivir en algo posible".
Esto de ninguna manera quiere decir que esa trasgresión nos guste de un modo llano y simple: "No se admira en el criterio valorativo, pero sí se produce una extraña fascinación, ese efecto ambiguo que genera aquello que se liga a lo egoísta narcisista, a lo destructivo, a lo instintivo, es decir, a aquello que escapa al código que hace que los seres humanos podamos vivir en sociedad y lo rompe".
De esta forma, figuras como las de los narcotraficantes atraen, porque, de acuerdo con Abadi, "además despiertan una ilusión que está latiendo en el inconsciente del ser humano y a la que ha tenido que renunciar costosamente: la fantasía de omnipotencia". El médico psiquiatra explica que se trata de un punto en el que "un sujeto –a través de una línea que llamaríamos la trasgresión, el delito, lo destructivo, lo dañino– emerge como una figura que deshace los límites del sistema y aparece fantasiosamente a nivel inconsciente (a veces a nivel consiente también) como dueño de una omnipotencia que tienta la ilusión omnipotente de todo ser humano, el cual, a lo largo de su existir, ha debido renunciar y saber que es finito, mortal y limitado".
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