Hoy lo llamarían "head hunter" o cazador de talentos, por la intuición que lo llevó a un "reclutamiento" insospechado y de fructíferas consecuencias.

Porque cuando a fines de los años 80, monseñor Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires, conoció a Jorge Mario Bergoglio, este último se encontraba en una de las travesías del desierto que suelen caracterizar las vidas de los hombres destinados a trascender. Es inevitable que una personalidad excepcional choque en un momento u otro de su vida con la incomprensión de sus contemporáneos, y Bergoglio no fue excepción. Una incomprensión que suele condenar al ostracismo.

De uno de esos "exilios", rescató Quarracino a Bergoglio. El entonces insospechado futuro Papa estaba en Córdoba desde hacía dos años, desempeñándose como confesor en la residencia de la Compañía de Jesús; un cargo que no estaba a la altura de los talentos y de la experiencia de quien ya había sido provincial de su Orden.

A Bergoglio, no sin picardía, Quarracino lo llamaba "el santito"

Bergoglio y Quarracino eran dos personalidades en apariencia de lo más opuestas; sobrio y reservado uno, alegre y expansivo el otro. Contrastaban hasta físicamente: rollizo y rozagante el cardenal, delgado y pálido quien pronto sería su obispo auxiliar. A Bergoglio, no sin picardía, Quarracino lo llamaba "el santito". Por esos contrastes, sorprende esta elección y la larga relación de colaboración entre ambos.

Según Evangelina Himitián, autora de la primera biografía publicada sobre el Papa Francisco tras su elección, Quarracino participó de un retiro espiritual en Córdoba a fines de los 80 y fue allí que lo impresionó la personalidad de Bergoglio. "Conversaron y entablaron una relación. El arzobispo se fue de Córdoba pensando que había encontrado a un talento", le dijo a Himitián el padre Juan Carlos Caamaño, profesor de Teología de la UCA.

Pero cuando en 1990, recién designado arzobispo de Buenos Aires, Quarracino quiso nombrar a Bergoglio como su obispo auxiliar, empezaron las dificultades.

Austen Ivereigh, autor de una muy completa y detallada biografía del papa Francisco, escribe que Antonio Quarracino le había dicho, ya en 1988, al prepósito general de la Compañía de Jesús una frase llena de sentido: "La Iglesia argentina espera grandes cosas del padre Bergoglio". El mismo autor dice que el nuncio Ubaldo Calabresi –otro promotor y padrino del futuro Papa- avisó al padre Zorzín, provincial de la Compañía de Jesús, que la Iglesia tenía una misión para Jorge Bergoglio, y la respuesta de éste había sido: "Cuando se le asigne la misión, irá donde tenga que ir".

La misión había sido asignada, pero el nombramiento no llegaba. La candidatura de Bergoglio despertaba ya entonces la oposición de argentinos que tenían llegada a la burocracia vaticana.

"En 1992, cansado de que le filtraran a su candidato, Quarracino viajó a Roma y se entrevistó personalmente con el papa Juan Pablo II. Le habló de Bergoglio y le pidió que lo nombrara obispo auxiliar", escribe Himitián en su libro Francisco, el Papa de la gente.

"Así, 'el santito' (...) salió de la esfera de obediencia a la Compañía de Jesús y se convirtió en obispo. Ese fue el primero de los pasos en el camino que veintiún años más tarde lo conduciría a Roma", sigue Himitián, haciendo justicia con monseñor Quarracino, al destacar el rol que jugó en la vida de Bergoglio.

El 27 de junio de 1992 tuvo lugar finalmente la ordenación episcopal del ungido por Quarracino, en una ceremonia sencilla, a tono con la personalidad del flamante obispo. Ubaldo Calabresi y monseñor Emilio Ogñénovich, obispo de Mercedes y Luján, fueron los consagrantes del jesuita.

Para entender hasta qué punto Quarracino remó contra la corriente, hay que recordar que, como señala Ivereigh, en el momento de su designación, "la mayoría de los argentinos no tenía la menor idea de quién era Bergoglio".

El periodista Sergio Rubin, que entrevistó largamente al actual Papa para su libro El Jesuita, señala que hasta su nombramiento como obispo auxiliar, a los 55 años, Bergoglio "era un perfecto outsider en la Iglesia, no un sacerdote que venía ascendiendo en la pirámide eclesiástica, haciendo carrera".

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El flamante obispo adoptó ya entonces como lema la frase que luego usaría como Papa: Miserando atque eligendo ("mirándolo con misericordia, lo eligió"), en referencia al momento en que Jesús, sin juzgarlo, convoca a Mateo, a todas luces un pecador.

Desde ese momento, Jorge Bergoglio se convirtió en asistente y mano derecha de Quarracino para toda la tarea pastoral en Buenos Aires. El Arzobispo le encomendó en particular al equipo de curas villeros, una decena de sacerdotes que, a partir de entonces tuvieron en el obispo auxiliar de Buenos Aires a un verdadero jefe. El futuro Papa se hizo cargo inicialmente de la vicaría de Flores –volvía así al barrio de su infancia y juventud-, pero pronto recorrería toda la ciudad, marcando un estilo nuevo de pastorado –hoy conocido por el mundo entero-, de gran cercanía con la gente.

En junio de 1997, poco antes de que Quarracino alcanzara la edad del retiro -75 años-, Juan Pablo II nombró a Jorge Bergoglio como sucesor en la arquidiócesis. Fue a pedido del propio arzobispo, que ya sentía flaquear su salud. De nuevo tuvo que apelar a su vínculo personal con el pontífice polaco para obtener el nombramiento. Desde el punto de vista de muchos otros miembros del Episcopado, Bergoglio no era el candidato "natural"; su nombre no estaba en la lista con la cual especulaba la prensa y otros obispos se sentían con más méritos y antecedentes. Pero Quarracino se mantuvo en sus trece y puenteó todos los obstáculos en el camino de esa designación. Una decisión previsora, ya que falleció poco después, en febrero de 1998.

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La decisión de Juan Pablo II fue leída como un respaldo papal a Quarracino. "Bergoglio ha sido el brazo derecho de Quarracino en los últimos cinco años –escribía por ejemplo Bartolomé de Vedia en La Nación, en junio del 97-. El hecho de que ahora se lo señale como su eventual sucesor revela la voluntad del Papa de fortalecer la continuidad de la gestión que el cardenal primado ha llevado adelante, más allá de las controversias que la personalidad de Quarracino 'frontal y polémica' pueda haber despertado en determinados sectores, especialmente por su firme y ostensible defensa de los principios tradicionales de la Iglesia en lo atinente a la moral sexual".

De Vedia también aludía a las resistencias que había despertado el nombramiento de Bergoglio en 1992, por la fama "neoconservadora" que tenía, originada en su actuación como provincial de la Compañía de Jesús, "cargo que desempeñó durante seis años en la conflictiva década del 70, cuando la crisis interna de los jesuitas estaba en su punto más álgido". Pero agregaba: "Sin embargo, contra todo lo que se pronosticaba, Bergoglio logró -en los últimos cuatro años- un excelente entendimiento con el clero joven de la arquidiócesis de Buenos Aires, que hoy reconoce con naturalidad su liderazgo y le profesa un entrañable afecto".

Años más tarde, al ser designado cardenal (por Karol Wojtyla en enero de 2001), también Bergoglio lo interpretò como un reconocimiento a la arquidiócesis. "Ser cardenal -escribió en un comunicado- es una cercanía mayor con el Papa, colaborando con el Sumo Pontífice en el servicio de la Iglesia Universal. Es el Papa quien los elige y en este caso estoy absolutamente seguro de que se trata de una especial consideración y cariño hacia la sede de Buenos Aires (...). Juan Pablo II quiere mucho a la Argentina. Todavía recuerdo su voz vibrante y alentadora durante su visita (al país): '¡Argentina, levántate!', y sigue muy de cerca los problemas de nuestra patria con un corazón paterno".

Luego buscó las vestiduras cardenalicias de Quarracino y las hizo adaptar a su talle, por entonces mucho más delgado.

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Quarracino había nacido en el sur de Italia, en Pollica di Salerno, el 8 de agosto de 1923. Su familia emigró a Argentina cuando él tenía tan solo 4 años. Vivió en San Andrés de Giles y se formó en el seminario de La Plata. Se ordenò sacerdote en diciembre de 1945, en Luján.

Fue obispo de Nueve de Julio (provincia de Buenos Aires) y de Avellaneda, entre otros. Entre 1978 y 1987, Quarracino tuvo altas responsabilidades en el Celam, Consejo Episcopal Latinoamericano, como secretario general y luego presidente. Fue en ese ámbito donde conoció y estableció un vínculo de confianza y simpatía con el papa Juan Pablo II, una relación que, como vimos, sería clave en la trayectoria de Jorge Mario Bergoglio.

"Quarracino era la clase de obispos que le gustaba a Juan Pablo II" (Ivereigh)

En 1985, fue nombrado arzobispo de La Plata y, en 1990, de Buenos Aires. Un año más tarde, el 28 de julio de 1991, es creado cardenal por Juan Pablo II.

"Quarracino era la clase de obispos que le gustaba a Juan Pablo II –escribe Austen Ivereigh-: cercano a los obreros, sólido en cuestiones de doctrina, pro-vida y pro-justicia social. Polemista elocuente, poseedor de un potente sentido de la ironía, tenía el don de la calidad y una capacidad peronista para conectar con el pueblo común. Pero también podía ser descarnado, y su tendencia a decir lo que pensaba hacía que se lo viese como alguien más reaccionario de lo que era".

En efecto, cierta opinión pública ha catalogado a Quarracino como un ultra conservador; la misma que hizo lo propio con Bergoglio en tiempos polémicos y bastante recientes.

"A 15 años de su muerte, muchos le reconocen a Antonio Quarracino el haber sido el primero en dar su voto por el futuro Papa"

"¿Qué vio Quarracino en su heredero para inclinar siempre, a lo largo de todos esos años, la balanza en su favor, para desencanto de aquellos que aspiraban a ese puesto?" –se pregunta Himitian. Y agrega: "Hoy, a 15 años de su muerte, muchos le reconocen a Antonio Quarracino el mayor logro de su tarea al frente de la Iglesia: su perspicacia y el haber sido el primero en dar su voto por el futuro Papa. Después de todo, resulta un misterio por qué Quarracino apoyó en todos esos años, impulsó y hasta marcó al hombre que se sentaría en el lugar de Pedro, a pesar de que tenía un estilo diametralmente distinto al suyo".

En realidad, aunque parecían muy diferentes, Bergoglio y Quarracino "compartían un perfil teológico similar –pro Medellín, anti marxista- en la tradición peronista 'nacional y popular' de la 'teología del pueblo'", en palabras de Ivereigh.

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El conservadurismo de Quarracino era singular –como el de Juan Pablo II, con frecuencia también acusado de reaccionario- porque iba acompañado de fuertes críticas al capitalismo salvaje –un calificativo frecuente en discursos y encíclicas de Wojtyla.

"¿Qué se le puede decir a toda esa legión de compatriotas que trabajaron duramente durante casi toda su vida y que a la hora de la jubilación no reciben ni siquiera algo parecido a una limosna? –preguntaba Quarracino fustigando lo que llamaba 'cultura de la especulación'- ¿O a ese obrero con esposa e hijos que contempla la baja definitiva o parcial de las cortinas metálicas de su fábrica; o a esa maestra que hace dedo para ser conducida a su escuela porque un medio de transporte le consumiría su salario? Mientras tanto las mesas de dinero hacen su agosto y los impuestos y tarifazos corroen la economía del pueblo."

Al morir Quarracino, en 1998, Norberto Padilla, ex secretario de Culto, escribió en la revista Criterio: "Cuando fue elegido para suceder al cardenal Aramburu (Quarracino) era ya una personalidad relevante, apreciada en el país como en el ambiente eclesial latinoamericano y en la Santa Sede. Había sido uno de los grandes difusores del Concilio Vaticano II entre nosotros (...). Como tal impulsó el trabajo ecuménico en tiempos particularmente fecundos [...]. Como arzobispo de Buenos Aires dio repetidas y elocuentes muestras de afecto por los 'hermanos mayores' en la fe, como fue la colocación en la Catedral de un panel recordatorio del Holocausto y de los atentados de la embajada de Israel y de la AMIA. Los años del CELAM pusieron sordina al entusiasmo posconciliar: veía la asfixia de los católicos en Cuba, a donde fue a predicar retiros, el intento sandinista de una 'iglesia popular' enfrentada a la jerárquica, determinadas expresiones de las 'teologías de la liberación'. Como muchos protagonistas del Concilio, fue virando a posiciones más conservadoras en lo doctrinal, al tiempo que encontraba una especial sintonía con el pensamiento de Juan Pablo II y su visión del Hombre y de la Iglesia. (...) Poseía una notable cultura, no sólo teológica sino humanista (...). Echaba de menos los tiempos en que Maritain, Claudel, Bernanos, Papini, marcaban una fuerte presencia católica en la cultura. Por ello se propuso rescatar del olvido de las nuevas generaciones los Cursos de Cultura Católica y los nombres y la obra del padre Castellani y de monseñor Franceschi. Esa nostalgia del pasado hacía que le costara encontrar en la cultura de este fin de siglo expresiones tan válidas como aquéllas, aunque necesariamente distintas, del quehacer intelectual de los cristianos".

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Por su parte, Bartolomé de Vedia lo recordaba así: "Cálido, polémico, brillante, sanguíneo, talentoso, sarcástico, contradictorio a veces, apasionado siempre, Quarracino no fue sólo una figura sobresaliente de la Iglesia argentina y latinoamericana. Fue, también, un ser humano singularísimo, que transmitía su afecto a manos llenas con la misma energía con que salía a combatir a los enemigos de su fe o a defender sus convicciones y sus ideas. Se ganó, así, amigos y adversarios a montones, a diestra y siniestra, pero era difícil tratar con él sin llegar a quererlo, sin dejarse atrapar por su simpatía desbordante, sin valorar su corazón aguerrido y abierto".

Quarracino fue un arzobispo de gran presencia pública: apelaba a los medios –inauguró el hábito de las alocuciones semanales en el noticiero católico "Claves para un mundo mejor" que conduce Tito Garabal- y era frecuente leer columnas de opinión suyas en los diarios.

"Monseñor Quarracino define con claridad la posición correcta del católico frente a los desafíos de uno y otro signo. Ni el compromiso a ultranza con los criterios en boga, ni la huida de la realidad a través de un catolicismo sin arraigo. El católico cumple su misión si da respuesta a los desafíos de su tiempo, munido de verdades trascendentes que tiene su origen en certezas superiores", escribe el dirigente justicialista Ricardo Romano, que supo cultivar la amistad del arzobispo, en el prólogo a una compilación en dos tomos de escritos de Quarracino y entrevistas concedidas –incluida una realizada por Carlos Pagni para Ambito Financiero en 1990- que muestran la variedad de sus preocupaciones.

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"Monseñor Quarracino –sigue diciendo Romano- habla en estas páginas del ateísmo contemporáneo, el laicismo, el progresismo, el integrismo y la ortodoxia (...) En momentos en que el país enfrenta un gran desafío de integración –'están muy bien los esfuerzos para realizar al unidad con los pueblos de América Latina... pero es verdad de Perogrullo que la integración de las naciones se realiza con naciones integradas en sí mismas'- monseñor Quarracino viene a suplir esa ausencia de 'figuras maestras' de que se lamenta en estas páginas".

En los últimos años de su vida, recuerda De Vedia en el artículo citado, "soportó un duro trance anímico por las maniobras que habrían tejido personas de su entera confianza para defraudarlo en el escándalo del Banco de Crédito Provincial (BCP)".

En su entorno más cercano aseguran que ese trago amargo, sumado a la muerte de su amigo, el cardenal Eduardo Pironio –cuya beatificación es inminente-, a quien sólo sobrevivió dos meses, aceleraron su final. Su última aparición pública, en silla de ruedas, fue en el funeral de su amigo, para despedirlo: "Hasta cualquier momento, querido cardenal Pironio", le dijo.

Quarracino fue sepultado en la catedral de Buenos Aires, como otros obispos argentinos destacados. Miembros de la Fundación Raoul Wallenberg y de la comunidad judía le rindieron especial homenaje, en recuerdo de su compromiso con el diálogo interreligioso.

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"Hoy recordamos a quien anunció y testimonió el Evangelio, y con la valentía y frescura de sus palabras fue un verdadero pastor que conservó con coraje los valores", decía Bergoglio en febrero de 2008, al cumplirse 10 años del fallecimiento de Antonio Quarracino.

Particularmente llamativo resulta el comentario que Omar Bello, periodista fallecido recientemente, que había frecuentado mucho al hoy papa Francisco, escribió en el año 2012. Bergoglio acababa de cumplir los 75 años y había elevado su renuncia al arzobispado de Buenos Aires, como marca la norma (ya sabemos que Benedicto XVI no sólo no se la aceptó sino que probablemente lo promovió como sucesor).

"Quizá por el momento particular en que se encuentra –escribía Bello-, en su entorno cercano dicen que Bergoglio recuerda con más asiduidad (y cariño) al inefable Antonio Quarracino, el hombre que según muchos miembros de la Iglesia, con su accionar probó la existencia misma de Dios. ¿Por qué? Después de haber cometido errores tan graves como proponer que los gays se vayan a una 'isla', designó sucesor a un cardenal que marcó una época y será muy difícil de reemplazar. El mismísimo Bergoglio no sólo le agradece el hecho de haber confiado en él, sino que se dice continuador de una obra que quedó sepultada en los pliegues de las barbaridades ventiladas a los cuatro vientos por don Antonio: el acercamiento de la Iglesia Católica a la gente común."

Cuando se anunció hace poco que el papa Francisco autorizaba a todos los sacerdotes a absolver en confesión a las mujeres que hubieran cometido aborto, pocos recordaron que como arzobispo monseñor Quarracino ya había concedido ese permiso a todos los curas de Buenos Aires.

Con la lealtad que lo caracteriza, la misma que le profesa ahora al Papa emérito Benedicto XVI, Bergoglio cuidó la memoria de Quarracino y limpió su nombre de todo escándalo, en una actitud que debería ser emulada por tantos políticos que no conocen otro método de acumular poder que el de denostar a sus antecesores y, a veces, incluso a sus valedores.

Cuando un hombre adquiere celebridad y prestigio ante el mundo, es natural que analistas y biógrafos se vuelquen a la búsqueda de las claves de su trayectoria. En lo que respecta a Francisco, mucho se ha especulado sobre qué cardenales impulsaron su candidatura en el cónclave de marzo de 2013. Se habla del brasileño Claudio Hummes, del arzobispo emérito de Westminster, cardenal Cormac Murphy-O'Connor, de una buena parte del episcopado norteamericano...

Pero no cabe duda que quien merece plenamente el titulo de Primer Elector del papa Francisco es monseñor Antonio Quarracino.