—Había llegado a un momento de cierto hartazgo. No del cine, pero me había aburrido de cierta dinámica de mi trabajo y ya no me divertía como me divertía al principio, básicamente. Estaba en un punto en donde dejaba el cine o volvía a empezar a hacer cine. Opté por la segunda opción y para mí eso significaba el origen, el lugar donde partí y una manera de hacer cine que me reconciliara con ese entusiasmo de cuando empezás a hacer las cosas y no tenés ninguna expectativa alrededor y todo lo hacés con tus manos. Fue producto de ese momento la idea de volver al Once a filmar una película como esta.
—No es una estrategia tan pensada a priori. Este análisis que hacés es totalmente cierto, pero en el momento lo que digo es que quiero hacer una película con las manos, de una manera ágil, rápida, montándome en una realidad y que la realidad me lleve. Después, uno hace un análisis y quizás sí hay algún deseo de poder tener cierto tipo de elenco y trabajar con no actores, pero no es tan consciente. Los pasos van sucediendo y después cuando lo decodificas para atrás todo tiene sentido.
—Cuando tenés 14 camiones atrás tuyo para filmar un plano detalle de un terrón de azúcar, un poco te rompe las pelotas. Pero uno no es víctima de eso, uno se va armando de una estructura industrial que te da una falsa seguridad que te permite filmar. Hay momentos en los que uno necesita de ese desafío de una gran producción y poder cruzar un gran océano con un Titanic y otras veces tenés ganas de subirte a un barco con una vela y ver para donde va. Tiene que ver con los momentos que estás viviendo.
—¿Por qué creyó que la fundación Pele Ioetz, en torno a la cual gira la historia, era un buen punto de partida para hacer una película?
—Conocí la fundación hace tres años y conocí a Usher, que es un personaje real, y me impresionó toda esa cofradía de gente movilizada por una misteriosa energía, que es el misterio del bien, el de aquellas personas que dan por dar y que no esperan nada a cambio. No es lo mismo que la caridad, que encierra cierto reconocimiento ético: hablo de gente que abre la puerta sin esperar que le digas gracias, porque va a abrir otra puerta después. Y esta es una sociedad en la que todo es intercambio, en lo emocional también: somos buenos maridos para que nuestras esposas sean buenas con nosotros y hacemos bien nuestro trabajo porque queremos que nos lo reconozcan. Hay un intercambio permanente, y gente que no vive en esa lógica me movilizó mucho y me gustó como ámbito para construir este universo.
—La paternidad es una construcción totalmente ficcional, alucinante, incomprensible e inasible. Por más películas que hagas, nunca vas a entender esa construcción. Es que, a diferencia de lo que sucede en una relación entre madre e hijo, que es natural, espontánea y documental, los padres somos básicamente discurso, palabra, intermediación, y somos ausencia también. Los padres más presentes son los que construyen bien sus ausencias: hacen todo para poder no estar. A mí me parece una dinámica muy atractiva. Los místicos judíos dicen que el primer movimiento que hizo Dios para crear el universo fue de contracción. O sea, para crear el universo se hizo más pequeño para dar lugar al hombre. A mí siempre me impresionó eso: el padre de todos los padres lo primero que hizo fue achicarse. Y algo de esa idea está en la película.
—El estilo es una consecuencia, no está armado. Cuando a priori querés crearlo, vas mal. Seguramente en la vida hay puntos de quiebre que tienen que ver con cuestiones personales y vitales que te pueden provocar, cada tanto, un quiebre de mirada o de atención. Por eso no tengo idea de cómo va a ser la próxima película ni hacia donde va a ir y tampoco quiero averiguarlo antes de que ocurra.
—Cada uno hace su camino y la convocatoria de la gente realmente tiene tantas variables que uno no puede juzgar por qué ocurre y no ocurre. Eso sí es un misterio.
—Sí, es verdad, pero no lo sé. Para mí es muy importante no analizar por qué me pasó lo que me pasó, porque eso alimenta mi ego, que es el primer enemigo de cualquier creador, y no soy muy amigo de hacer autoevaluaciones. Trato de no mirar para atrás: cuando algo va bien o va mal trato de sacar algún aprendizaje de tipo más inconsciente y no pensar mucho al respecto, lo que es muy decepcionante para una entrevista...
—Sí, me interesa, pero no en los términos de lo que llamamos política acá. Me parece que a todos nos interesa y es muy decepcionante cuando la vemos actuar. Creo que la política, entendida como la administración de los asuntos públicos que nos involucran a nosotros y a nuestros hijos, no puede dejar de interesarte. A veces lamento que en Argentina perdemos mucha energía en discusiones supuestamente políticas que no tienen nada que ver con la cosa pública, que tienen que ver con narcisismo, con egos. Muy pocas cosas de las que se discuten en política tiene que ver con la política.
—No creo que sea el motivo de esta entrevista, pero no quiero evadir la respuesta. En estos 12 años yo vi cosas muy buenas y un montón de cosas con las que no estuve de acuerdo. Siento que hubo conquistas sociales que son patrimonio de los habitantes de los ciudadanos y otras cosas con las que quizás yo no estuve de acuerdo. Creo que necesitamos perspectiva histórica y más que juzgar tenemos que plantarnos sobre lo mejor que hicimos y con eso construir algo mejor.
—Creo que el cine fue la única política de estado que tuvo una real continuidad en todos los gobiernos. Desde que se sancionó la Ley de Cine, nunca se dejó de apoyar al cine desde el Estado. Y a mí me impresiona cómo hemos sobrevivido a tantos gobiernos. Creo que eso hace que hoy el cine argentino sea patrimonio de nuestra nación en el mundo y se nos reconozca por el cine como por el vino o el dulce de leche.
—Sí, pero no tiene nada que ver con la política. El apoyo desde el Estado al cine argentino nació con la sanción de la Ley de Cine, que estuvo impulsada por Luis Puenzo y un grupo de directores de cine: es importante no olvidarlo. Por eso, fue una de las pocas políticas de Estado que han tenido continuidad, con vaivenes y matices. Hasta en los años de más extremo liberalismo hubo apoyo al cine desde el Estado.
—Alejandro Cacetta es una persona extraordinaria para ese rol. Yo lo conozco como parte de la industria y sé que tiene todas las aptitudes que debería tener un presidente del INCAA. Es un gran administrador, pero con gran conocimiento de lo que es el complejo entramado entre arte y negocio que tiene la producción cinematográfica. Ni un administrador neto ni un artista neto creo que pueda llegar a cabalgar este caballo y sobrevivir en el camino.
—Eso es muy complejo, porque ¿cuáles son las que se deben ver? Yo entiendo el problema, pero la solución no es tan fácil. Cuando todos los tipos de mi generación hicimos películas, muchos podrían haber dicho que no merecían verse y quizás, si aplicábamos ciertos criterios, nos habríamos perdido de Pizza birra faso o Mundo grúa. Hoy en día, la multiplicidad de plataformas hace que haya productos que tienen un perfil para determinada plataforma y no para otra, pero a todos nos gusta estar en la pantalla grande. Entonces, ahí hay que hacer una ecuación entre la necesidad de los artistas, los egos, las realidades fácticas para que el sistema no elimine a aquellas obras que pueden producir futuros artísticas. Los artistas tienen una construcción dialéctica: necesitan hacer una película para hacer otra, por eso no pueden hacer directamente la gran obra. Si vos filtrás con ciertos parámetros, podés impedir el desarrollo natural de ciertos artistas.
—Hoy en día, el mundo la televisión es un marco natural de exploración para los artistas y autores, para desarrollar personajes complejos y tramas de larga duración en la que uno pueda experimentar con lo narrativo. Yo creo que es un gran momento de la televisión en el mundo y Globo me invitó a participar en esta serie, que es la primera que hace en español. Estoy tremendamente feliz del desafío y de poner la cabeza en algo nuevo.
—Me impresionó una historia donde esté tan desarrollado ese complejo universo femenino de tensión amor-odio entre las madres y sus hijas, que no se da en ningún otra relación del universo, y cómo los hombres no son ni víctimas ni victimarios de este vinculo, sino son un aliciente de este amor no correspondido. Eso me pareció totalmente novedoso, porque en la mayoría de las historias femeninas los hombre son impotentes, inútiles o alcohólicos, cuando en realidad a veces los hombres son laterales. A veces el feminismo, por exceso, peca de machismo.