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A la hora de hablar de Federico Manuel Peralta Ramos, más que su obra se conocen las disparatadas anécdotas que protagonizó. Es que fueron estas acciones las que lo convirtieron en un pionero del arte conceptual argentino. Nacido el 29 de enero de 1939 en el seno de una familia patricia, a este ícono se lo recuerda como artista plástico, show man —participó en televisión junto a Tato Bores—, performer, cantante y poeta.

"Para mí fue un gran niño de la época de los por qué", explicó a Infobae Pedro Roth, artista plástico e íntimo amigo. "Como era un tipo grande, hacía preguntas muy inteligentes y era un placer hablar con él. Realmente enriquecía mucho las charlas que uno tenía. Por eso andábamos mucho juntos. Él me llamaba a la mañana temprano y venía conmigo a trabajar, me acompañaba y charlábamos sobre distintos temas, todos los días sobre algo distinto", amplió.

A pesar de haber fundado de la religión gánica, que instaba a través de sus postulados a hacer "lo que uno tuviera ganas", Peralta Ramos era, por sobre todas las cosas, un Peralta Ramos. Al día de hoy, su propio amigo tiene sus dudas acerca de si el taratanieto del fundador de Mar del Plata e hijo del dueño de un importante estudio de arquitectura seguía los fundamentos de su propia religión: "De alguna manera estaba preso de una clase social. La diferencia que hay entre un revolucionario un excéntrico es que el primero quiere romper. Federico era un excéntrico: él giraba no en una órbita redonda sino en una diferente, pero le gustaba el Sol alrededor del cual él giraba en esa órbita irregular. Le gustaba el lugar al que pertenecía".

¿Qué era el arte para Peralta Ramos? En la mayoría de los casos, su propia persona: "A veces decía que la obra de arte era él: un día dijo que iba a adelgazar y que ese hecho sería una obra. Otras veces escribía textos, y al principio hacía dibujos, pinturas y objetos", recordó Roth.

Este es el motivo por el cual destruyó algunos de sus trabajos. Es conocida, en este sentido, lo que sucedió en la galería Witcomb en el año 1964, cuando debió serruchar sus grandes bastidores para que pasaran por su puerta de la sala. "A él lo que le importaba era el concepto, no tenía mayormente apego por la obra, regalaba las cosas", señaló el artista plástico.

En esa misma línea, una de sus más celebradas obras fue Nosotros afuera, que presentó en el Instituto Di Tella en 1965. Consistía en un huevo gigante, de 260 x 450 centímetros, que construyeron en ese mismo lugar un grupo de albañiles que tenía a cargo suyo, a partir de yeso y madera. Cuentan que, durante la ceremonia de premiación, esta escultura ovoide comenzó a romperse lentamente, lo que motivó al artista a destruirlo completamente a martillazos para poder removerlo del establecimiento.

Dos años más tarde, decidió, aunque no tenía dinero, participar de un remate en el marco de la Exposición Rural: allí levantó la mano para adquirir un toro, que quería exponer como obra de arte en el Di Tella. Para evitar el escándalo —y, por supuesto, el pago de la deuda— su padre lo hizo internar en un hospital neuropsiquiátrico.

Tal vez su historia más conocida, que constituye un buen retrato de lo que para él significaba el hecho de ser un artista, sucedió en 1968, cuando gastó el dinero el de la Beca Guggenheim en un banquete que organizó para veinticinco amigos en el restaurante del Alvear Palace Hotel (además, mandó a hacer tres trajes). "Leonardo Da Vinci pintó la Última Cena, yo la di", dijo en esa oportunidad. La velada terminó en Afrika, la boîte de la cual era habitué.

Ante este hecho, desde Estados Unidos le pidieron explicaciones y, en una carta que envió a James Mathias, de la Fundación John Simon Guggenheim, justificó: "Una de las razones que me impulsaron a este tipo de manifestación es la convicción de que "la vida es una obra de arte", por lo que en vez de "pintar" una comida, dí una comida. Mi filosofía consiste en la frase: "Siendo en el mundo". Creo que la aventura del artista es el desarrollo de su personalidad, para obtener la "constitución" del yo"". Esta nota, junto con otra posterior, en la cual manifestó que devolver el dinero, una suma de USD 3.500, "significaría no creer y contradecir" su actitud, hizo que la Fundación cambiara sus reglas: a partir de ese momento, se dejó de exigir una rendición de cuentas a los beneficiarios de la Beca.

La afición que tenía Peralta Ramos por los bares no es un tema menor a la hora de referirse a su vida. Es que, junto con su selecto grupo de amigos, vivía entre el Florida Garden, La Rambla, y La Biela, entre otros lugares que formaban parte de su rutina. "Lo dejaban pasar gratis porque enriquecía la velada. Él era pum para arriba todo el tiempo. Un día, entró a un bar en el que la gente no tenía el menor romanticismo, se puso a cantar "La hora de los magos", de Jorge de la Vega, y la gente lloró. Fue un momento muy especial, porque lograba estos efectos en gente que en la vida se podía pensar que tuviera alguna clase de sentimientos que no sean pragmáticos", relató Pedro Roth, quien acompañó al artista desde su etapa en el Instituto Di Tella hasta el día de su fallecimiento.

"Federico era un chico grande, bueno e ingenioso. Creo que lo pinta entero su famosa definición "Dios dirige el tránsito", que uso periódicamente. Nos juntábamos en un bar de Avenida Quintana, casi Ayacucho, y no había tema que dejáramos de lado", recuerda el reconocido promotor de arte argentino Ignacio Gutiérrez Zaldívar. "Una de sus últimas exposiciones fue en el primer piso de la librería Sarmiento, en calle Libertad, y allí fui con las cámaras para hacerle una nota para un programa de televisión. La exposición era él: nada en las paredes y tampoco nada que decir, hicimos parodia de entrevista y él me contesto todo con un silencio atroz", explicó en diálogo con este medio.

"Fue un personaje muy querible, nadie te va a hablar mal de él. Fue el primer artista conceptual de la Argentina: él mismo era una obra de arte", concluyó Gutiérrez Zaldívar.