Julio María Sanguinetti: "Se abusa de la historia para justificar el presente"

El dos veces presidente uruguayo, reconocido intelectual y escritor, habló con Infobae sobre su más reciente libro, "Retratos desde la memoria", compuesto de 22 semblanzas de personalidades mundiales. El miércoles será presentado en Punta del Este junto a Santiago Kovadloff

Nicolás Stulberg 162

Probablemente no existe personalidad política en el Uruguay que pueda competir con Julio María Sanguinetti en materia de trayectoria y logros. Fue dos veces presidente, senador, ministro, periodista, vicepresidente del club de sus amores, Peñarol y además, es uno de los más respetados historiadores e intelectuales de su país.

En coincidencia con su cumpleaños número 80, el histórico líder del Partido Colorado uruguayo lanzó su nuevo libro, titulado "Retratos desde la memoria" (Debate), en el que da cuenta de sus vínculos con 22 personajes claves de los últimos 50 años, desde el ex primer ministro francés François Mitterrand hasta compatriotas como el escritor Juan Carlos Onetti y la popular actriz China Zorrilla.

—En los últimos años he estado tratando de hacer "historia", que es un proceso complejo de reconstrucción del pasado que incluye muchas memorias, normalmente diferentes, y hasta hechos perdidos para el recuerdo. La memoria es algo muy distinto, totalmente subjetivo, personal. Es el recuerdo que se puede tener de un hecho, una circunstancia, y eso es instransferible de quien lo recuerda. Como estoy cumpliendo 80 años, me pareció que un buen modo de celebrar era esbozar unas "memorias" de personas ya fallecidas que la vida me puso por delante.

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—Bueno, porque si empiezo con los vivos, termino yo muerto...

—El presidente Mitterand, por ejemplo, fue amigo. Compartimos muchos momentos y visiones de nuestro tiempo. Con Deng Xiao Ping me ví una sola vez, pero es el personaje más importante de nuestra época. Pensamos en algún momento que Gorbachov cambiaría el mundo, pero lo cambiaron Deng y su Primer Ministro Zhao Xi Yang. Le pregunté a Deng por Gorbachov y me dijo, como en el cuento de Borges: "Está perdido y aun no lo sabe". Me contestó luego que eso era así porque estaba intentando hacer la reforma económica y la política a la vez. "Aquí será todo distinto. Primero será la económica, para que en el año 2000 hayamos pasado el hambre; y en el 2000 a 2020, seamos una sociedad de ingresos medios; luego habrá que discutir la compatibilidad de la idea socialista con esos cambios.". Solo se adelantaron los tiempos y está claro por qué no se abre la política.

—De los políticos sí, porque otros amigos felizmente siguen vivos. Con Raúl tuvimos una relación profunda de amistad y afecto. Soy testigo de su sinceridad, de su autenticidad. Mucha gente todavía le discute su acuerdo con Menem para el cambio constitucional. Puede ser discutible, pero él lo hizo con un sentido patriótico. Pensaba que se ganaba en democracia, que se parlamentizaba el regimen, que se evitaba también un choque muy fuerte por el tema de la reelección. Fue un demócrata honrado y cabal. Su presidencia terminó desgraciadamente en un gran desarreglo económico, pero eso, que fue muy neblinoso en aquel momento, hoy ya no pesa sobre su figura de líder del retorno democrático, que no es poca gloria. Ahora bien, hablando de latinoamericanos sí hago escritores, como García Márquez, Octavio Paz o Carlos Fuentes, con quien estábamos en plena actividad, cuando tuvo esa sorpresiva hemorragia que repentinamente se lo llevó, en plenitud intelectual.

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—Efectivamente, Juan Carlos fue alguien muy particular. Fuimos compañeros de redacción en el diario ACCION de Montevideo, a donde él recaló luego de sus años en Buenos Aires, en Reuters. Los jóvenes lo mirábamos con admiración y distancia, porque aunque entonces no tenía la notoriedad de hoy, ya era respetado como el mayor escritor de culto, un renovador. Cuando ganó el Cervantes, pasé a los pocos días por Madrid y le llamé. "¿Cómo estás Juan Carlos?", le dije. "Podrido de Onetti", me contestó. Se le había venido arriba una celebridad de la que no disfrutaba porque odiaba el marketing, vivía despojado de vanidades, los últimos años casi enclaustrado en su apartamento. Era el hombre solitario de su primera novela, "El Pozo", que inauguró puede decirse el relato existencialista en América Latina.

—Sin duda muy discutido, pero fascinante. Son cuarenta años en el gobierno de Italia. Es el que movió los hilos del "mirácolo". Naturalmente, son célebres sus frases escépticas como "El poder desgasta, sobre todo al que no lo tiene. Días pasados leí en El País de Madrid un artículo que decía "Ilumínamos, Andreotti", porque ahora la polítia española se ha italianizado, por la fragmentación política, pero, como dice Felilpe González, ello conlleva un problema: "No hay italianos para gestionar el sistema". Andreotti fue todo eso, entre la Iglesia, el poder, pero decisivo en un gran momento de Italia.

—Pienso que no. Este ha sido un momento, un cumpleaños. Seguiré, en cambio, intentando hacer historia, esa disciplina tan vapuleada e instrumentada, de la que se usa y abusa para intentar justificaciones del presente. Son los famosos "relatos", que normalmente intentan ubicarse como la consecuencia natural de un proceso histórico.

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