Mi vida en Al Qaeda: el yihadista danés que espió para la CIA

Tras 10 años de militancia en el salafismo, al que adhirió en prisión, Morten Storm se dejó reclutar por el espionaje occidental y colaboró en la caza de Anuar al Aulaki. Lo cuenta en un libro (extracto)

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Capítulo 1. La ruta del desierto (mediados de septiembre de 2009)

Me senté en mi Hyundai gris mirando hacia la oscuridad líquida, exhausto e inquieto. Exhausto porque el día había empezado para mí antes del amanecer en Saná, la capital de Yemen, unos 320 kilómetros al noroeste. Inquieto porque no sabía quiénes iban a venir a buscarme o cuándo llegarían. ¿Me saludarían como a un camarada o me capturarían como a un traidor? [...]

Mi inquietud estaba alimentada por la culpabilidad: solo había podido llegar en coche hasta esta tierra de nadie, donde la presencia de Al Qaeda iba creciendo mientras la autoridad del Gobierno se desvanecía, porque me acompañaba mi joven esposa, Fadia, natural del país (*). Con el pretexto de visitar a su hermano, habíamos ido pasando un puesto de control tras otro en una peligrosa carretera hacia el sur.

Me jugaba la vida en mi empeño de reencontrarme con Anuar al-Aulaki, una de las figuras más influyentes y carismáticas de Al Qaeda

Sabía que me jugaba la vida en mi empeño de reencontrarme con Anuar al-Aulaki (**), un clérigo americano-yemení que se había convertido en una de las figuras más influyentes y carismáticas de Al Qaeda. Los servicios militares y de inteligencia de Yemen habían intensificado recientemente sus esfuerzos en la lucha contra Al Qaeda en la península Arábiga (AQAP), una de las franquicias más activas y peligrosas del grupo de Osama bin Laden. Existía el riesgo de una emboscada, un tiroteo en un puesto de control o simplemente un malentendido letal.

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También existía el peligro de que al-Aulaki —al que los periódicos occidentales llamaban ahora «la estrella de rock de Al Qaeda »— tal vez ya no confiase en mí. Había viajado a petición suya.

En un correo electrónico que había guardado en la carpeta de borradores de una cuenta anónima que compartíamos me había dejado el siguiente mensaje: "Ven a Yemen. Necesito verte" (1).

Había pasado casi un año desde que había visto a al-Aulaki por última vez, y durante todo ese tiempo él había seguido adelante con su implacable y fatídica trayectoria. El predicador radical simpatizante de Al Qaeda se había convertido en una figura influyente dentro de la organización, conocía sus planes para exportar el terror y participaba activamente en ellos. [...]

Al cabo de unos minutos, oí en la distancia el gruñido ahogado de un motor, antes de ver la luz de unos faros y un Toyota Land Cruiser acercándose lleno de jóvenes con rictus serio que empuñaban fusiles AK-47. La escolta había llegado. Cogí de la mano a mi esposa. En los próximos minutos sabríamos si el desenlace iba a ser fatal para nosotros.

Durante todo el día habíamos seguido las concisas instrucciones que al-Aulaki me enviaba por mensaje de texto como si fuesen las pistas de una extraña búsqueda del tesoro. "Toma esa carretera, gira a la izquierda, finge ante la policía que vas a Mukalla por la costa".

Difícilmente podía hacerme pasar por lugareño: danés, fornido, pelirrojo y con una larga barba, podría haber sido perfectamente un extraterrestre en un país de árabes enjutos y de tez oscura.

En una tierra donde las rivalidades tribales y los secuestros, los policías de gatillo fácil y los militantes yihadistas hacían que viajar fuera una aventura imprevisible, la visión de un tipo como yo, acompañado por una menuda mujer yemení y que apenas cabía en aquel coche de alquiler que se dirigía hacia el sur rebelde, resultaba como mínimo inusual.

El día había empezado bastante bien. El frescor de la mañana, antes de que comenzase el calor intenso, había sido tonificante. Nos habían retenido en el primer control a las afueras de Saná, siempre el más problemático. ¿Por qué querría alguien abandonar la relativa seguridad de la capital para dirigirse a la zona desértica del sur? Hablé en árabe, lo que siempre impresionaba a mis interrogadores, mientras mi esposa, con la cara y el pelo cubiertos por el niqab negro, guardaba silencio en el asiento del copiloto. No era casualidad que en el reproductor de CD sonaran versículos del Corán. Les dije que íbamos a ver al hermano de mi mujer para asistir a una boda en la costa y que iba a viajar por Adén, el puerto principal de Yemen en el mar Arábigo y el eje de la vida comercial del país.

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A los policías les costaba descifrar mi pasaporte. Pocos sabían leer bien árabe, y no digamos ya el alfabeto latino. Parecían pensar que era turco, tal vez porque la idea misma de un europeo viajando por Yemen les resultaba inconcebible. Al final, mi amplia sonrisa y mi aparente conocimiento del terreno fueron suficientes. [...]

Los colores de la mañana se fundieron en el calor abrasador de media tarde, mientras me esforzaba en concentrarme al volante y no perder de vista los riesgos del viaje. Finalmente, las montañas empezaron a dar paso a la llanura de la franja costera, la Tihama. A lo lejos se veía el puerto de Adén. La ciudad había sufrido desde la caída de Yemen del Sur y la implacable campaña militar del presidente del norte, Ali Abdullah Saleh, para unificar las dos mitades del país en la década de 1990. La población del sur se consideraba desatendida y el movimiento separatista era cada vez más fuerte, lo que agravaba el problema que las simpatías por Al Qaeda planteaban al Gobierno yemení.

En el retrovisor, las montañas iban devorando el sol implacable. Intenté orientarme por la caótica periferia de Adén para encontrar la larga carretera costera que al-Aulaki me había indicado que tomara.

Anuar al-Aulaki pertenecía a un poderoso clan de la montañosa provincia de Shabwa. Su padre había sido un respetado profesor y ministro del Gobierno de Yemen que había viajado a Estados Unidos con una beca Fulbright y se había doctorado en la Universidad de Nebraska. El propio hijo había sido profesor de la Universidad de Saná después de abandonar Estados Unidos a raíz del 11-S, inquieto—y con razón—por la posibilidad de que lo investigara el FBI. Meses antes de los atentados contra las Torres Gemelas se había reunido con dos de los secuestradores de los aviones en California, aunque no había pruebas de que estuviera al tanto de sus planes (2).

Siete años más tarde, el paisaje —y al-Aulaki— habían cambiado. El presidente Saleh necesitaba desesperadamente la ayuda de Estados Unidos y crecían las presiones para que adoptara una actitud más dura contra los simpatizantes de Al Qaeda. En septiembre de 2008 se había producido un atentado suicida con bomba contra la embajada de Estados Unidos en el que murieron diez personas, y los presos de Al Qaeda habían protagonizado evasiones masivas de cárceles supuestamente de máxima seguridad.

Yemen no solo era base de una filial de Al Qaeda, sino también un destino prioritario para los militantes europeos y estadounidenses que soñaban con la yihad

Yemen era la base de reclutamiento favorita de la organización: el país había proporcionado una fuente de jóvenes con escasa preparación que fueron enviados a los campos de entrenamiento de Osama bin Laden antes del 11-S. Algunos de ellos se habían convertido en guardaespaldas de Bin Laden, antes de ser capturados mientras huían de las montañas Tora Bora, en Afganistán, y enviados a Guantánamo.

Ahora Yemen no solo era la base de AQAP, una filial de Al Qaeda, sino también un destino prioritario para los militantes europeos y estadounidenses que soñaban con la yihad. Y la militancia de al-Aulaki se había intensificado. Sus sermones—transmitidos al mundo entero por YouTube— eran un referente para los aspirantes a yihadistas. En poblaciones rurales de Pensilvania, en atestados pisos de Inglaterra o en el extrarradio de Toronto había jóvenes que devoraban sus palabras.

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Para la CIA y el MI6, al-Aulaki representaba el futuro de Al Qaeda. Su conocimiento de las sociedades occidentales, su inglés fluido y su dominio de las redes sociales representaban una amenaza nueva y más letal que los vídeos granulosos y las esotéricas declaraciones de Bin Laden.

En 2006, al-Aulaki había sido detenido y acusado de estar involucrado en un vago plan de secuestro. Había estado preso dieciocho meses en Saná e incluso había recibido una visita de agentes del FBI deseosos de obtener más información sobre sus reuniones con los secuestradores del 11-S. Después había desaparecido en el vasto e implacable interior de Yemen. [...]

Sentado junto a Fadia, con el pulso acelerado en medio de una carretera solitaria y desierta, me deslumbraron los faros de un vehículo lleno de hombres armados.

Un tipo barbudo, de unos treinta años, con ojos oscuros de mirada penetrante y un pañuelo de cuadros rojos alrededor de la cabeza, surgió de una nube de polvo que flotaba en el haz de los faros del Land Cruiser. El modo en que el resto del grupo descendió detrás de él dejó claro que Abdullah Mehdar era su líder. Era conocido por su valor y su celo combativo. Examiné su rostro mientras caminaba hacia nosotros.

Me sentí seguro por primera vez en todo el día. Estaba con algunos de los hombres más buscados de Yemen, en una hermandad de creencias sencillas y lealtades incuestionables

As-salam aleikum [La paz sea contigo]—dijo al fin, saludándome con una amplia sonrisa. Mi cuerpo dejó de estar en tensión, como si hubiese superado una fiebre. Aliviado, abracé uno por uno a los compañeros de Mehdar. Habían traído comida (plátanos y pan) y rompimos juntos el ayuno del Ramadán. Me sentí seguro por primera vez en todo el día. Estaba con algunos de los hombres más buscados de Yemen, un grupo de tipos armados a los que no conocía, en mitad de la noche, de camino hacia el desierto de Shabwa. Pero era como si estuviera envuelto en un capullo, admitido en una hermandad de creencias sencillas y lealtades incuestionables. [...]

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Llegamos a una impresionante casa de dos pisos situada en el interior de un recinto de altos muros. Dos hombres con fusiles AK-47 colgados del hombro abrieron el portalón y lo cerraron rápidamente. Sentí una oleada de pánico. Mi viaje para reunirme con Anuar al-Aulaki había llegado a su fin, pero ¿y si los servicios de seguridad de Yemen estaban al corriente de mis planes y me habían dejado llegar hasta aquel lugar, o si el propio al-Aulaki había dejado de confiar en mí? Además, Fadia conocía a al-Aulaki y sabía que éramos amigos, pero no tenía ni la menor idea de mis verdaderas intenciones.

Levanté la vista para mirar las estrellas antes de subir los escalones. Los pies me pesaban como plomo; los pocos pasos que di hasta la casa me parecieron una eternidad. Ahora no había escapatoria.

Por mi mente pasaron a toda velocidad imágenes de Nick Berg y Daniel Pearl, dos estadounidenses que habían padecido una muerte horrible a manos de Al Qaeda: la decapitación filmada.

Escoltaron a Fadia a la parte trasera, donde esperaban las mujeres de la tribu. En esta parte de Yemen, los hombres y las mujeres nunca se mezclan en público. [...]

Alrededor de un gran cuenco de plata situado en el suelo y repleto de arroz con pollo y azafrán había sentados una docena de hombres, algunos de ellos extremadamente jóvenes. En medio de todos estaba Anuar al-Aulaki, delgado, elegante, con aquellos ojos vivaces que ya habían seducido a tantas almas inquietas en Europa y América. Se levantó con una cálida sonrisa y me abrazó.

As-salam aleikum—dijo con afecto. Emanaba una autoridad natural; el ademán que hizo con la mano señalando la habitación parecía subrayar que era el señor de aquel lugar y aquellas gentes. Llevaba su típica ropa de color blanco, inmaculada a pesar del polvo y del calor, y sus gafas, que parecían confirmar su inteligencia.

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Me llamó la atención el contraste entre los jóvenes aldeanos, sencillos e ignorantes, y el erudito del islam, un filósofo convertido en guía espiritual de la yihad. Después de su saludo, todos se levantaron para darme la bienvenida. Adoraban al «jeque», cuyo magnetismo estaba intacto a pesar de su reclusión.

—Ven, come—dijo al-Aulaki, con su acento americano matizado por los años que ya llevaba en su patria árabe. Parecía encantado con mi compañía, una grata interrupción a su aislamiento intelectual. [...]

Escrutando a al-Aulaki vi en él tristeza y desapego, como si su aislamiento en Shabwa y la presión de Estados Unidos empezaran a pasarle factura. Habían transcurrido casi dos años desde su excarcelación, gracias a la intervención de su poderosa familia. En los primeros meses de 2008 se había marchado de Saná y se había refugiado en su patria ancestral. Se decía que el lema de la tribu aulaki rezaba así: "Somos las chispas del infierno; quien se meta con nosotros arderá".

En el año transcurrido desde la última vez que lo había visto, al-Aulaki había extremado las precauciones; de ahí la odisea que había tenido que pasar para aquel breve encuentro. El jeque se trasladaba continuamente de un refugio a otro, y a veces se refugiaba en alguno de los escondites que aquella gente tenía en la periferia del «barrio vacío», el mar de arena que se extendía hasta Arabia Saudí.

A pesar de su reclusión, continuaba ofreciendo sermones por internet y comunicándose con sus seguidores a través de cuentas de correo electrónico y mensajes de texto. Su tono se había vuelto más estridente, tal vez a causa de los meses que había pasado en prisión, sometido casi siempre al régimen de aislamiento, o porque su lectura de los autores islamistas había radicalizado sus ideas. Quizá el hecho de verse obligado a vivir en el páramo hubiera alimentado una creciente hostilidad contra el mundo.

Cuando acabamos de comer, al-Aulaki se levantó y me pidió que lo acompañara a una habitación más pequeña.

Me fijé en su rostro.

—¿Cómo estás? —le pregunté, sin saber qué otra cosa decir.

—Aquí andamos —dijo al-Aulaki con un dejo de fatalismo—. Pero echo de menos a mi familia, mis mujeres, mis hijos. No puedo ir a Saná y es muy peligroso que vengan aquí. Los estadounidenses quieren verme muerto. No dejan de presionar al Gobierno.

Los drones rondaban por el cielo, pero no les tenía miedo, dijo.

—La yihad es el camino de los profetas y los hombres piadosos.

Dijo que para los "hermanos" fue una decepción que yo no acudiese a la cita de Marib; habían oído hablar mucho de mí.

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Aquella conversación me demostró que al-Aulaki no se sentía muy amenazado por las autoridades del país, más inclinadas a arrinconar en Shabwa el problema de Al Qaeda con la esperanza de que desapareciera por sí solo que a enfrentarse a las luchas tribales que habían favorecido el establecimiento y la organización de los milicianos. [...]

El hombre que, cuando vivía en Estados Unidos, había condenado los atentados del 11-S como violaciones contra el espíritu del islam, recientemente había escrito en su blog: «Rezo para que Alá destruya a Estados Unidos y a todos sus aliados [...]. Aplicaremos la ley de Alá en la Tierra por la fuerza de la espada, les guste o no a las masas» (3). [...]

Al-Aulaki me dijo que era aceptable que los civiles sufrieran y muriesen en la yihad. El fin justificaba los medios. Discrepé al instante, sabiendo que mi sinceridad era del gusto de al-Aulaki, preparado para defender su punto de vista con sus lecturas del Corán y los hadices.

Algunos meses antes, un joven que se había unido a Mehdar viajó a una provincia vecina y mató a cuatro turistas surcoreanos en un atentado suicida (4). [...]

Le dije a al-Aulaki que yo apoyaba los atentados contra objetivos militares, pero le aclaré que ni podía ni quería ayudarle a conseguir nada que se pudiera utilizar contra civiles. No quería recorrer Europa en busca de equipos de fabricación de bombas que, en última instancia, matarían a inocentes.

—¿Así que discrepas de los muyahidines? —preguntó al-Aulaki.

—En esto no me queda otro remedio.

También advertí que su animosidad contra Estados Unidos era más virulenta, como si allí se hubiera sentido despreciado por ser musulmán. Lo habían detenido en San Diego —aunque nunca llegaron a presentar cargos contra él— por solicitar los servicios de prostitutas (5). La humillación —el hecho de que el FBI hubiera filtrado que su conducta no era la propia de un imán, falsas insinuaciones dirigidas a mancillar su reputación— lo atormentaba.

En nuestra conversación, que duró hasta altas horas de la madrugada, el tema de las mujeres estuvo muy presente. El exilio que al-Aulaki se había impuesto a sí mismo significaba que ya no tenía ningún contacto personal con sus dos esposas. A una la conocía desde la infancia y se había casado con ella cuando eran adolescentes. Más recientemente se había casado con otra mujer, que no tenía ni veinte años en el momento del matrimonio. Sin embargo, me dijo que necesitaba la compañía de una esposa que entendiera y compartiese los sacrificios de la vida de un yihadista, una mujer que estuviera casada con la causa.

—A lo mejor podrías buscarme en Occidente alguna blanca conversa —me dijo.

Era la segunda vez que planteaba la posibilidad de casarse con una europea, y yo sabía que en aquella ocasión hablaba en serio. No sería fácil y habría riesgos, pero sabía que muchísimas mujeres veían en al-Aulaki un regalo de Alá.

Hubo otras peticiones por su parte: tenía que encontrar "a hermanos para colaborar con la causa" y conseguir "dinero y algo de equipamiento en Europa".

También quería que reclutara a militantes para entrenarlos en Yemen y "después mandarlos a casa, listos para la yihad en Europa o en Estados Unidos". No especificó en qué consistiría la formación ni lo que se esperaba de ellos. Pero tras las dos horas de la conversación me quedé con la impresión de que al-Aulaki quería iniciar una campaña de atentados terroristas en países occidentales.

A la mañana siguiente, al-Aulaki se había marchado, bien para preservar su seguridad, bien para asistir a alguna reunión que yo desconocía. Su partida me permitió pasar algún tiempo con Abdullah Mehdar, el líder tribal al que había conocido la noche anterior.

No podía sino admirar a aquel hombre aparentemente honorable y su lealtad incondicional a al-Aulaki. Parecía no tener ningún interés en atacar a Occidente, pero quería convertir Yemen en un Estado islámico donde imperase la sharía. Su compromiso con el islam era tan profundo que, cuando uno de los jóvenes combatientes nombró la promesa del paraíso en sus oraciones, se echó a llorar.

Tal vez tuvieran una visión distorsionada del mundo —pensé—, pero no eran hipócritas. Su lealtad era sencilla y firme.

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Yo tenía prisa por marcharme: nuestro avión partiría hacia Europa desde Saná la noche siguiente, y quién sabe cuánto tiempo nos llevaría el viaje de regreso. Fadia salió de las habitaciones de las mujeres y nos preparamos para irnos.

Cuando las imponentes puertas se abrieron, descubrí que el coche tenía un pinchazo, lo que tal vez no fuera de extrañar, tras conducir a toda velocidad por las montañas.

Abdullah salió corriendo y me ayudó a cambiar el neumático.

Los ojos se le volvieron a humedecer; parecía sentir un peligro incipiente.

—Si no volvemos a encontrarnos, nos veremos en el paraíso— dijo, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Los muyahidines nos escoltaron hasta la carretera principal y nos despidieron. Habíamos dejado el capullo.

En tres capitales occidentales había gente ansiosa por escuchar todos los detalles de mi reunión con Anuar al-Aulaki. Tenía que llegar a Saná y salir de Yemen sin dilación.

* Fadia no es su nombre real. Por su seguridad y la de su familia, he utilizado un seudónimo.

** Anuar al-Aulaki murió en Yemen, en septiembre de 2011, cuando un avión no tripulado atacó la caravana en la cual viajaba. Era ciudadano estadounidense.

Notas:

1. Cito de memoria. Se trata de uno de los pocos correos citados en el libro y que no he conservado. Salvo que indique lo contrario, todos los correos electrónicos, mensajes de texto y conversaciones grabadas que se citan en el libro se reproducen textualmente.

2. En su informe final, la Comisión del 11-S declaró que había «sido incapaz de reunir suficientes datos acerca de la relación de al-Aulaki con Hazmi y Mihdhar [dos de los terroristas del 11-S] para llegar a una conclusión» (p. 221), y que sus intentos de localizar y entrevistar al clérigo habían fracasado (nota 35, p. 517).

3. Brooks Egerton, «Imam's emails to Fort Hood suspect tame compared with on line rhetoric», Dallas Morning News, 28 de noviembre de 2009.

4. Los cuatro turistas surcoreanos murieron en el atentado suicida cometido en Hadramaut el 15 de marzo de 2009; «False Foundation? AQAP, Tribes and Ungoverned Spaces in Yemen», Centro de Lucha contra el Terrorismo de West Point, octubre de 2011.

5. Chitra Ragavan, «The Imam's Very Curious Story», US News and World Report, 13 de junio de 2004.

Extractado de: Mi vida en Al-Qaeda. La historia del yihadista danés que espió para la CIA. Por Morten Storm, Paul Cruickshank y Tim Lister (Ariel, 2015)

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