Cómo es el circuito del vino blanco en Nueva Zelanda

Este paraíso del Chardonnay y Sauvignon Blanc ofrece además gastronomía de primer nivel combinada con paraísos naturales imperdibles

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Ministerio de Turismo de Nueva
Ministerio de Turismo de Nueva Zelanda

Una manera de conocer diferentes culturas y costumbres es a través de la gastronomía de un país. Bajo este concepto, se engloban también las bebidas típicas que se producen y se beben allí, como los destilados o el vino entre las más especiales. En este caso, nuestro viaje nos lleva a descubrir y degustar los vinos blancos más destacados del mundo.

Nueva Zelanda, conoce el vino desde la llegada de sus primeros colonizadores europeos hace varios siglos. Pero su industria de producción masiva y de calidad es muy reciente, de hecho se lo conoce como uno de los países elaboradores del llamado "nuevo mundo", igual que las regiones viñateras de América como Napa Valley, Mendoza o Valle de Casablanca en Chile.

Desde hace una década al menos, los neozelandeses ocupan este mercado principalmente con sus vinos blancos, que se los conoce como "cool wines" vinos de clima fresco. Entre los que se destacan los Sauvignon Blanc o Chardonnay gracias a su inconfundible personalidad, porque son vivos y frutales, con una acidez muy marcada, de gran concentración aromática y elegancia sin igual.

Ministerio de Turismo de
Ministerio de Turismo de Nueva Zelanda

A lo largo de toda la isla, hay diez principales regiones donde se producen, todas ubicadas frente al mar pero cada área con un clima particular y terreno, que produce un distintivo tipo de vino. Su "terroir" definitivamente lo marca.

Para los fanáticos del vino y quienes buscan una experiencia diferente en este país, hay buenos circuitos para conocer esos blancos que resuenan en las mejores críticas y por supuesto siempre acompañados de la cocina local, entre otras actividades para disfrutar al aire libre.

En una ruta de unos 380 km de norte a sur, pueden recorrerse las regiones más famosas, esas que representan el 80% de su producción vitivinícola. Y siempre pasando por algunos de los paisajes mas pintorescos de Nueva Zelanda.

Este camino perfectamente señalizado incluye unas 230 bodegas, de las cuales al menos la mitad tiene cava abierta al turismo, ya sea en visitas de día, con restaurantes o alojamiento en medio de los viñedos.

La Isla Norte

El viaje comienza por el norte, una zona cálida que crea las mejores condiciones para el cultivo de variedades tintas, como el Merlot por ejemplo.

La Bahi?a de Hawke, es el punto de inicio, es la segunda región más grande productora de vinos en el país y la más antigua. Allí llegaron los primeros misioneros franceses y fundaron sus bodegas, como Misión Estate Winery en 1891. Todo comenzó en una pequeña capilla y hoy se ha convertido en una elegante bodega, con restaurante y habitaciones de lujo, lista para atender a visitantes de todo el mundo, cautivados por su historia en este elegante lugar.

La isla Norte es muy famosa también por sus edificios art deco en la ciudad de Napier

Bien sobre la bahía de Proverty , Gisborne, es un pequeño punto para parar ya que es la capital del Chardonnay. Es la primer ciudad del mundo donde sale el sol y parte de su paisaje incluye los acantilados con playas que invitan a las mejores jornadas de surf en el Pacífico.

Allí cerquita, Wairarapa es el destino wine boutique por excelencia, donde uno puede sentirse en la campiña inglesa recorriendo todas sus pequeñas bodegas en bicicleta hasta la aldea de Martinborough. Allí los vinos más famosos son los Pinot Gris y Pinot Noir y además pueden probarse otras delicias artesanales locales del pueblo como quesos, pan, aceite de oliva o chocolates exóticos que llevan ingredientes como chile, hierba de limón, te? Earl Grey y hasta granos de pimienta rosa, todas delicias de la pequen?a tienda Schoc en Greytown.

Antes de cruzar hacia la siguiente isla, por la costa se abre la naturaleza en todo su esplendor, en del Cabo Palliser, un enclave de ocupación Maorí durante siglos. Allí el paisaje escarpado da las mejores vistas al pueblo pesquero de Ngawihi y su faro. Hay una colonia muy impresionante también de focas y especies nativas de aves raras, para tomarse el respiro necesario antes de emprender la otra mitad que viene.

La Isla Sur

La primer ciudad, Wellington, deja atrás los pueblos rurales y tan pintorescos, para transformarse en la capital de Nueva Zelanda. Que no es la más grande, pero sí la más importante y con mucha vida nocturna, entretenimiento, compras y cafés por todos lados. Es curioso que esta ciudad cuenta con más restaurantes, bares y cafeterías per cápita que Nueva York, y por eso mismo se postula como la capital del café.

Saliendo de la bulliciosa capital, la región de Marlborough es la más grande ya produce el 77% del total de vino del país. Es la cuna del Sauvignon Blanc, que requiere de noches frías, pero con días soleados y clima seco. Aquí se concentra también la industria turística ya que todos los viñedos pueden visitarse. En su oferta hay catas de vino, visitas guiadas y comidas al aire libre con otro protagonista indiscutido que son los mariscos.

Cómo es el circuito del
Cómo es el circuito del vino en Nueva Zelanda

Como allí las aguas del mar son profundas y muy limpias, los mejillones de concha verde, las ostras, el salmón rey y el Jurel, se producen en abundancia y se exportan al mundo. El paisaje de los viñedos tiene siempre suaves montañas por detrás que hacen a postal perfecta para quedarse unos días de recorrida disfrutando de la naturaleza.

Luego es imperdible también una visita a los estrechos a través de cruceros o en kayak para los más aventureros. Todo para hacer avistamiento de delfines, focas, ballenas, cormoranes rey y pingu?inos azules jugando en su ambiente natural. También se puede descender en algunas de sus islas como Motuara, Long, Blumine o Allports para hacer senderismo entre los bosques.

Toda la experiencia del Wine Tour en Nueva Zelanda, incluye mucho más que los vinos y bodegas, también deja un lugar para visitar sus paisajes más característicos, siempre en contacto con la naturaleza en su estado más salvaje. Aquí la ecología y el conservacionismo están a la orden del día e invitan al turista a vacacionar en modo slow, sin perderse ningún detalle, saboreando todo a su paso.