Pocos especialistas hay en el mundo que sepan tanto sobre vampiros como el norteamericano John Edgar Browning. Multidoctorado, Browning se ha dedicado a estudiar la figura del vampiro tanto en la literatura como en el cine. Afirman que es el mayor "draculólogo" mundial: nadie estudió como él la obra de Bram Stoker.
Pero su trabajo más impresionante no está ligado a los vampiros de ficción, sino a los vampiros reales: gente que bebe sangre. Su trabajo "Vampiros reales de Nueva Orleans y Buffalo: notas de investigación hacia una etnografía comparativa" lo llevó a involucrarse con las comunidades de "chupasangres" del sur de Estados Unidos para tratar de entender los fundamentos de esta práctica.
Browning llegó a Nueva Orleans, según relataría en una entrevista para la BBC, cargado de prejuicios, creyendo que se trataba de "lunáticos que leyeron demasiadas novelas de Ann Rice". Pero su exploración del terreno -en la cual llegó inclusive a "donar" sangre para que un vampiro la bebiera- lo llevó a conclusiones sorprendentes.
Los vampiros reales no tienen ninguna tendencia a creer en fenómenos paranormales ni presentan desórdenes psiquiátricos. Tienen empleos regulares en comercios y oficinas. Muchos son cristianos y van a la iglesia con regularidad. Algunos, aún cuando hayan adoptado una estética "goth", trabajan y forman familias como cualquier otro. Su consumo de sangre no tiene raíces místicas o históricas.
¿Qué los hace émulos de Nosferatu, entonces? Muchos afirman que sufren de síntomas, como dolores de cabeza o estados de fatiga crónica, que solo logran mitigar bebiendo la sangre de otra persona.
Sangre que cura
Las propiedades sanadoras de la sangre se han discutido por siglos. Inclusive, se reflejan en la mitología del vampiro, que necesita de la sangre ajena para vivir por siempre y sin enfermar o envejecer.
En el siglo XV, afirman algunas versiones de la historia, el médico del Vaticano hizo desangrar a tres jóvenes saludables para darle de beber al papa Inocencio VIII, que agonizaba. Hasgta dos siglos más tarde, se intentaría utilizar sangre, por ejemplo, como una cura para la epilepsia, entendiendo que podía transferir "propiedades" del sano al enfermo.
"La sangre siempre ha sido un nexo entre lo físico y lo espiritual", explica a BBC el profesor Richard Sugg, de la Universidad de Durham, "Beber la sangre de un hombre joven y saludable, se creía, permitía transferir parte del alma del donante, curando lo que no estuviera bien en el espíritu del enfermo. Estos tratamientos pasaron de moda con el iluminismo".
Algunos afirman que beber sangre es simplemente un placebo poderoso, aunque no descartan que pueda haber ciertos efectos reales a la hora de curar síntomas como el dolor de cabeza o de estómago.
"El efecto placebo, además, puede verse aumentado por el componente ritual asociado a la ingesta, pero también por el hecho de que el que lo practica tiene un cierto sentido de exclusividad, como si de tratara de un vino muy caro", explica el profesor Tomas Ganz, de la Universidad de California en Los Ángeles, "Si a esto se le suma que la sangre contiene nutrientes y es un laxante natural, no sería raro que alivie temporariamente ciertos dolores".
El trabajo de campo del profesor Browning, por lo pronto, logró establecer que los primeros deseos de probar sangre humana surgen, en estas comunidades, en plena pubertad, sobre todo entre los que sienten que no tienen suficientes energías para lidiar con estudios, actividades deportivas y juegos, sobre todo en comparación con sus propios congéneres. Para muchos de ellos, afirma el especialista, la sangre se volvería luego un apetito compulsivo.
El método que usan para compartir la sangre, sin embargo, está muy lejos del salvajismo draculiano de clavar colmillos en algún vaso sanguíneo importante. "Se parece más a un procedimiento quirúrgico", afirma Browning. Tras hacerse análisis para verificar que el donante no tenga sida u otras enfermedades, puede extraerse la sangre con una jeringa o beberse directamente del cuerpo del donante.
Para este segundo procedimiento, se hace un tajo en la piel con un instrumento esterilizado y descartable. El "bebedor" debe asegurarse de desinfectarse la boca y los labios, para no transmitir tampoco ninguna infección a su donante. Luego de que el vampiro ha bebido de la herida, se limpia y venda.
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