Los hábitos tienen un papel muy importante en el día a día de todos ya que, de alguna forma, son simplificadores necesarios a la hora de llevar a cabo las obligaciones diarias. Inconscientemente, uno no se da cuenta que, ante la adaptación de una serie de hechos rutinarios, genera un camino más corto hacia la saciedad alimenticia del momento. De esta manera, el cerebro automatiza las acciones cortas y repite -posteriormente- lo realizado con anterioridad.
La mente hace memoria de ciertos comportamientos y completa las acciones automáticamente, dejando la parte consciente para cosas más inmediatas y complejas. El cerebro procesa alrededor de 400.000.000.000 bits de información por segundo, pero sólo se es consciente de aproximadamente dos mil, debido a que el inconsciente almacena los restantes.
Los hábitos alimenticios lo son todo; un postre adicional, demasiadas harinas en horarios laborales, chocolates en el escritorio: son algunos de los motivos que generar rutinas. Hábitos. Todos ellos, poco a poco, van arruinando la salud de uno sin tomar conciencia y cada vez se hace más difícil romperlos.
Según el cubano Marco Borges -escritor del best seller La Revolución de 22 días- "el cerebro humano es una máquina que se puede volver a reconfigurar a sí misma con el paso del tiempo, tardando esa cantidad de días en crear o romper un hábito alimenticio. Cuanto más a menudo uno se involucra con un comportamiento específico, el cerebro crea más vías para respaldar el comportamiento".
En términos científicos este cambio es conocido como neuroplasticidad, ya que posee la capacidad de cambiar las conexiones y el comportamiento en respuesta a nueva información, estimulación sensorial, desarrollo, daño o disfunción. De hecho, el reconocido cirujano estadounidense Maxwell Maltz identificó varios patrones en sus pacientes cuando les modificaba algún rasgo de la cara o del cuerpo. Generalmente, les llevaba 21 días acostumbrarse a su nuevo look. Además, en sus libros remarca y reflexiona acerca de los hábitos, explicando que algunos de sus pacientes que fueron amputados les llevó 21 días para adaptarse a la pérdida de una extremidad.
¿Por qué cuesta tanto cambiarlos?
Generalmente los hábitos son creados desde la niñez y casi siempre son reforzados por nuestro entorno al cual pertenecemos. Es por estas dos razones que cambiar un hábito alimenticio puede costar un poco más. Es también difícil porque el cerebro pone en marcha mecanismos de defensa para evitar el cambio de forma automática e inconsciente.
Además, nuestras vidas son un conjunto de hábitos que practicamos a diario casi de la misma manera, en cada ocasión y luchar contra toda una vida de hábitos arraigados a la hora de comer puede costar un poco más de lo normal. Igualmente, hay que someterse solo a 21 días para que esto suceda.
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