Si hubiese que elegir una sola palabra para definir a Ricardo Romero y su literatura, quizás ese término sea perplejidad: así mira el mundo y desde allí escribe. Así también construyó los personajes de sus últimas (y diferentes) novelas que observan todo con detenimiento para pensar y abrir interrogantes. Ocurre con el protagonista de Historia de Roque Rey y con el adolescente de esta nueva obra, La habitación del presidente que editó Eterna Cadencia.
En un lugar indeterminado, que puede ser un barrio de la Ciudad, una ciudad de algún conurbano o cualquier pueblo, todas las casas tienen preparada una habitación a la que puede llegar en cualquier momento el presidente. Romero eligió que la voz narradora sea un adolescente que reflexiona y pregunta acerca de su pasado o lo que pasa a su alrededor, sea en el exterior de ese barrio o en el interior de su propia casa.
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"A veces desde mi cuarto puedo escuchar los ruidos que hacen los vecinos. No hay nada más extraño y aterrador que eso. Pienso junto con la fiebre: las casas no deberían tocarse todo el tiempo. No sé que forma tiene la casa en la que vivimos. No sé que forma tiene mi cuerpo, que siempre está tocando algo. Pienso esto y tiemblo", dice el joven que narra este nuevo libro de Romero.
Ricardo Romero nació en Paraná, Entre Rios, hace 39 años. Primero migró a Córdoba a estudiar y después recaló en Buenos Aires, en donde se dedicó a edificar una de las obras más originales de la nueva narrativa argentina. Con libros diversos como una trilogía policial; su gran novela publicada el año pasado, Historia de Roque Rey o con sus cuentos, Romero ya tiene una obra consolidada, más allá de los escalofríos que confiesa sentir cuándo lo escucha.
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Romero estuvo en la redacción de Infobae para hablar de su última novela, su consolidada carrera literaria y, por supuesto, de la perplejidad.
—Pienso en sus últimas dos novelas: por un lado, el protagonista de iHistoria de Roque Rey /ial que acompañó durante cuarenta años y aquí tenemos la voz de un adolescente, sin embargo creo que a ambos los une la perplejidad frente a lo que ven ¿Está de acuerdo?
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—Sí, sobre todo porque elegiste una palabra muy cara para mí, es una palabra que uso mucho para identificar ciertas sensibilidades y ciertas formas de estar en el mundo, incluso ciertos momentos de lucidez. Esa perplejidad tiene que ver con el asombro, con ciertos momentos de percepción, instantes fugaces que quizás en los personajes se extienden más, pero que me interesa mucho para indagar a través de la escritura. Cuándo uno cae en esos estados, son fugaces, porque uno no puede permanecer ahí. Son estados que por momentos parecen de revelaciones y que, muy pronto, se pueden transformar en todo lo contrario y pasar del cielo al infierno en un segundo. No es un lugar en donde nosotros estemos preparados para habitar.
—¿Un momento en el que el tiempo se detiene?
—Claro, y de percepción. Justo estoy leyendo a Thomas Wolfe y hay algo de esto, de percibir y sentir todas las vidas que lo rodean a uno en un instante. Soy de Entre Ríos, de Paraná, viví en una casa familiar de barrio y cuándo me fui a Córdoba a estudiar empecé a vivir en un departamento y me causaba perplejidad tener vidas arriba, abajo y a los costados, como le pasa al personaje de La habitación del presidente. Ese detenimiento, ese momento en el que se para el tiempo y uno percibe todo esto es lo que me interesaba.
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—Más allá de tener una obra importante y extensa, le pido volver sobre sus últimos dos libros: Historia de Roque Rey es una novela extensa y ahora presenta una nouvelle que además tiene otro registro. ¿Cómo las trabajó?
—Tienen puntos de partida muy disímiles. Historia de Roque Rey es algo que me venía acompañando hace bastante tiempo y que era un desafío que quería encarar, y La habitación del Presidente fue algo que surgió. Estaba escribiendo otra novela, tenía esta idea de las casas con una habitación destinada al Presidente, era una idea que me gustaba y me seducía pero no sabía como encararla. De pronto apareció la voz del niño adolescente que narra y la tuve que seguir. Paré la novela que estaba escribiendo para escribirla.
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—¿Y que pasó con esa novela que detuvo?
—Ahora estoy trabajando en eso.
—Una cualidad del ámbito geográfico en donde están estas casas es que nunca queda claro dónde es, se trata de un espacio indefinido ¿Por qué?
—Es un lugar que busqué porque me interesa esa indefinición urbana. Es lo que nos pasa con Buenos Aires, sobre todo a los que somos provincianos: es una ciudad que no parece terminar nunca. No parece tener centro, no parece tener un lugar que funcione como el núcleo, sino que tiene diferentes polarizaciones. Quería construir un lugar que no se supiera bien donde estaba.
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—Eso es el exterior, pero después narra el interior de esas casas y el juego con el lenguaje que hace el narrador para nombrar sus espacios entre altillo y desván. ¿Cómo funcionan esos intramuros?
—Lo de la casa tiene que ver con esta percepción del espacio que habitamos que, en general, uno lo tiene como conocido pero hay momentos que eso se revela como un espacio extraño, puede ser un estado de ánimo, algo que nos pasó o un momento de luz entrando por la ventana que enrarece la atmósfera. Ahí está otra vez esa cuestión de la perplejidad y de esos momentos que vemos por debajo de las cosas y esa sensación de que los objetos están al borde de la existencia. Como que hay un latido que no llegamos a percibir pero que está ahí.
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—En este aspecto el narrador se pregunta una y otra vez sobre las medianeras y las casas que se tocan. ¿Que rol juegan?
—Es un espacio que perturba. Primero, no se sabe que ahí exactamente del otro lado y, para alguien tan determinado y tan minimalista para percibir y contemplar, es una preocupación no saber que hay del otro lado de la pared y tampoco adónde pertenece esa pared. Necesita definirlo el narrador, como lo necesitamos todos: siempre ponemos los límites en el lugar que más nos conviene. Lo interesante de este narrador es que la perplejidad lo vuelve más objetivo: no pone los límites donde a él le conviene, trata de ver realmente esos límites y en esa posibilidad también radica esa inquietud.
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—En esas casas todos tienen una habitación preparada para que llegue el presidente. ¿De donde parte esa idea?
—La idea no estoy del todo seguro de donde apareció pero fue unos meses antes de la escritura del libro, a la salida del cine de alguna de esas películas futuristas. Venía de esta noción de pensar en qué cosas dejamos entrar a nuestra casa que son completamente extrañas. En principio, pensaba más en todo lo que entra a través de los medios de comunicación pero no me interesaba ir por ahí, me interesaba buscar una figura, una criatura que fuera la que entrara y no sé muy bien por qué apareció el presidente. La figura apareció tal cual aparece y me resultaba lo suficientemente misteriosa para intentar bordearla, describirla, ponerla en escena.
—¿Todos tienen que estar preparados para recibir al presidente? ¿Por qué todos podrían querer recibirlo?
—Parte de la idea, y lo que lo hace interesante, es que no sabés si cualquier familia tiene ganas de recibir al presidente. Es una condición social a la que están más o menos adaptados, algunos más y otros menos, algunos se hacen preguntas y otro no. El narrador es el que más preguntas se hace. Incluso no hay una relación con la figura del presidente que tenga que ver con el apoyo o no, es una figura más cercano a lo mítico. Es un animal mítico, incluso en su manera de moverse y en lo que hace hay cierta animalidad.
—Piensa en su obra? ¿Se detiene a analizarla?
—En principio me da escalofríos la palabra obra... (risas)
—...bueno, hágase cargo: ya está grande y tiene una obra consolidada.
—La última juventud que me queda es la de el escritor joven. Estoy llegando recién a los cuarenta, no pienso en el lugar de obra, sí pienso en las cosas que me quedan pendiente en los libros anteriores que encaré y en que proyectos vienen después y si tienen que ver con eso, los puedo relacionar de alguna manera, trato de trazar continuidades y transformaciones, pero la verdad que pienso más hacia adelante que hacia atrás, es parte de lo que yo llamaría la poética que uno elige y tiene que ver con Roberto Arlt, que me gusta mucho y me gusta mucho el prólogo de Los lanzallamas y esa idea de la prepotencia del trabajo y de ir hacia adelante, no detenerme a ver lo hecho, ni para torturarme ni para tratarme bien. Hacia adelante, todo está por venir.
—Pero hay una experiencia acumulada.
—Sí, por supuesto, uno se siente más seguro a la hora de encarar la escritura y tiene que negociar con esa seguridad. La seguridad en todo momento para mí no es saludable, al menos en la escritura. Lo mismo con cierta cuestión acerca de diálogo que se produce entre los libros y los lectores que a la hora de la escritura no tiene que importar.
—¿No lo tiene que condicionar?
—Claro, no me tiene que condicionar y es un desafío estar atento a esas cosas. A medida que uno va ganando experiencia, también va ganando otro tipo de desafíos y escollos que salvar.