Lisbeth se despertó atravesada en su enorme cama y se dio cuenta de que acababa de soñar con su padre. La sensación de que algo la amedrentaba la envolvió como un abrigo. Luego se acordó de la noche anterior y pensó que igual podía haber sido una reacción química de su cuerpo. Tenía una resaca de campeonato. Se levantó y, tambaleándose, se dirigió al gran cuarto de baño —el que tenía jacuzzi, mármol y todo ese lujo estúpido— con ganas de vomitar. Pero lo único que hizo fue dejarse caer en el suelo, donde se quedó sentada respirando con dificultad.
Al cabo de unos minutos se levantó y se miró al espejo, lo que tampoco le resultó particularmente agradable: tenía los ojos rojos como brasas. Acababan de dar las doce de la noche, así que no habría dormido más de un par de horas. Abrió un armario y sacó un vaso que llenó de agua. Pero en ese mismo instante se acordó de su sueño, y apretó tanto el vaso que lo rompió y se hizo un corte en la mano. La sangre empezó a caer al suelo. Maldijo su suerte mientras se daba cuenta de que le sería imposible volver a quedarse dormida.
¿Se pondría con el archivo cifrado que se había bajado el día anterior para intentar descifrarlo? No, no tenía sentido; al menos en esas condiciones. Así que se envolvió la mano con una toalla, se acercó a su librería y cogió un nuevo estudio realizado por Julie Tammet, una física de Princeton que describía cómo colapsa una estrella grande y se transforma en agujero negro. Y con ese libro se tumbó en el sofá rojo que había junto a la ventana que daba a Slussen y a la bahía de Riddarfjärden.
En todas las cartas y envíos se ponía como destinatario a Karl Axel Bodin, y todos los que no eran de la familia debían llamarlo Karl. Pero en casa se sabía que ese nombre era falso, que su verdadero nombre era Zala, o, para ser más exactos, Alexander Zalachenko. Se trataba de un hombre que con muy pocos medios podía infundir un miedo atroz en la gente y que, sobre todo, estaba cubierto por un manto de invulnerabilidad. Así era, al menos, como lo veía Lisbeth.
Aunque por aquel entonces ella ignoraba aún el secreto de su padre, se dio cuenta de que éste podía hacer lo que le diera la gana y salir siempre bien parado. Ése era uno de los motivos por los que desprendía esa desagradable y arrogante actitud. Se trataba de una persona intocable por la vía normal, cosa de la que él era plenamente consciente. Los papás de otros niños podían ser denunciados ante los servicios sociales y la policía, pero Zala tenía unas fuerzas apoyándole que estaban por encima de todo eso, y lo que Lisbeth acababa de recordar en sueños era el día en el que encontró a su madre en el suelo, inconsciente, y decidió intentar, ella sola, neutralizar a su padre.
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