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La colonización agrícola general en Argentina es uno de los capítulos más apasionantes en la historia de la construcción de nuestro país. Una abundante bibliografía la acompaña. Testimonios personales de los padres fundadores de algunas colonias se mezclan en los estantes de las bibliotecas, con recorridos históricos de sus realizaciones. Hay mucha nostalgia por aquellos primeros tiempos, ahora por parte de sus descendientes. No faltan algunas críticas serias y consistentes. Pero nadie puede negar que, queriéndolo o no, transformaron los ritmos y el sentido de la producción agraria nacional.


Ese pasado no está teñido ni de rosa ni de negro. Fue duro y difícil y los resultados fueron magros, al cabo de un tiempo, frente a lo que esperaban. No obstante, los colonos judíos dejaron enseñanzas y transformaciones valederas que se acrecentaron y tienen una vigencia única y especial. La consigna de Sarmiento -"La tierra debe pertenecer a quien la cultiva"- sufrió muchos contrastes con lo que ocurrió en la realidad.


Escribió Dardo Cúneo: "El país no contaba con una clase popular agraria con la que fundar la nacionalidad en los términos de la época. El pastoreo seguía predominando, de lejos, sobre la labranza. Los títulos de propiedad de la tierra no alteraron ese ámbito natural que era el desierto, en donde una población dispersa alentaba actitudes elementales de vida, por imposición del medio y ninguna acción económica para transformarlo."



Los primeros judíos en llegar a la Argentina para ligarse a la tierra lo hicieron por su cuenta y riesgo. Todos partieron de la región de Podolia, que ahora se encuentra en el centrooccidente y sudoccidente de Ucrania y al norte de la actual Moldavia, antes Besarabia. Es un territorio llano, suavemente ondulado, recorrido por los ríos Dniéster y Bug Meridional, tributarios del mar Negro. En el suelo de Podolia predomina la "tierra negra", que lo hace muy fértil. En el pasado, polacos y rusos se disputaron su titularidad.


Hasta que un estanciero, Pedro Palacios, los convenció de las bondades del centro-norte de la provincia de Santa Fe, y el 28 de agosto de 1889 se firmó un contrato por el que los "gringos" pagaron abusivamente, hasta cinco veces más de lo que valían los terrenos. Pero Palacios no cumplió con lo que había prometido. No envió a tiempo los implementos de trabajo ni lo necesario para que levantaran viviendas ni siquiera precarias.