NA 162
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Hubo un momento en que la vida cotidiana en El Calafate se volvió insoportable. No por el frío, sino por las amenazas y el miedo. El denunciante había dejado de ser una persona común y corriente y ya no podía andar tranquilo por la calle. Había cosechado odios y era mirado con desconfianza por varios de los que hasta entonces habían sido sus amigos. Sus perseguidores cumplían con todos los rituales del grupo mafioso: lo amedrentaban por teléfono y también le dejaban mensajes escritos en la puerta de su despacho: "Cerrá la boca, infeliz", "Te vas a arrepentir". Habían orquestado una campaña de difamación a través de e-mails anónimos enviados a todo el pueblo y le habían pinchado los celulares. Una tarde, incluso, al regresar a su casa después de haber estado conversando con una persona en un restaurante, con el móvil apagado, encontró un mensaje en el contestador del teléfono fijo donde le reproducían el diálogo que había tenido media hora antes.


Ya no se movía solo. Lo acompañaba a sol y a sombra un agente retirado de la Policía Bonaerense. A donde quiera que fuera, Ángel —ese era el nombre de su guardián— iba detrás suyo, protegiéndolo, a una distancia prudente, perdido entre la gente local y el cosmopolitismo importado de los turistas de ocasión. Hay lugares en donde uno puede pasar inadvertido, grandes ciudades que suelen servir como escondite para aquel que necesita esfumarse por un rato. Pero este no era precisamente el caso. La posibilidad más concreta de ocultarse era perderse en alguna estancia vecina o más bien huir de la Patagonia, irse lejos: borrarse por un tiempo o para siempre.



Lo habían asfixiado de tal modo que por su estudio jurídico ya casi no pasaban clientes. Y en su fuero íntimo comenzaba a sentir que el mismo sitio que había abrazado de joven, por su belleza natural y por su carácter de tierra de oportunidades, ahora lo acorralaba y lo expulsaba. Pensaba solo, sentado en bares, revolviendo una y otra vez la taza de café, por dónde salir del laberinto en el que se había metido: un berenjenal en el que estaba en riesgo su propia vida.

"Los cronistas enviados a la Patagonia argentina insistían con las preguntas: "¿Pero cómo puede ser que mientras un hombre sea presidente de la Nación compre y venda tantas propiedades?


En términos jurídicos, había procedido de manera lineal y coherente: primero la recolección de pruebas —la historia emblemática del paisano Jacinto—; luego, más pruebas, ya con nombres importantes; más tarde, el análisis de esos datos, el cotejo con nuevos elementos, la rueda de consultas sobre la mecánica de la denuncia; y, finalmente, la presentación judicial. Todos los detalles —en un escrito de ochenta páginas— de una maniobra de corrupción y tráfico de influencias que involucraba al ex presidente de la Nación, a la presidenta actual, a los ministros, a su círculo íntimo, a funcionarios de la municipalidad local, a funcionarios de Buenos Aires y hasta a celebridades del espectáculo nacional.


En términos mediáticos, el denunciante había logrado romper el cerco de silencio que inicialmente tendió sobre el caso la prensa local, en su mayoría, domesticada, tabicada y servil. Había establecido vínculos con casi todos los periodistas de política de la Argentina —desde el cronista con sueños de trascendencia hasta los referentes mediáticos de las corporaciones televisivas— y, de esa manera, había conseguido instalar el asunto en los medios masivos de comunicación.


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Daba lo mismo radio, gráfica o televisión. Cada tanto, su teléfono sonaba en la tarde ventosa de una jornada andina y del otro lado algún productor con el que ya estaba familiarizado le proponía salir al aire para un programa radial o de TV. Aceptaba. Otras veces, cada vez que un equipo de la televisión extranjera llegaba a la ciudad para tratar el tema de los negocios discrecionales con la compra y venta de tierras, él se convertía en el protagonista del informe: la cara visible de la denuncia, el jalador del gatillo de la discordia.


Los cronistas enviados a la Patagonia argentina desde España, Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña insistían con las preguntas: "¿Pero cómo puede ser que mientras un hombre sea presidente de la Nación compre y venda tantas propiedades? ¿Cómo se explica que desde lo máximo del poder político pueda digitarse una operación múltiple de bienes raíces con bienes públicos? ¿Por qué sigue haciendo negocios un presidente mientras está en funciones? ¿Qué era este lugar antes y en qué se convirtió ahora?". Él los miraba, sonreía una sonrisa amarga, juntaba aire y explicaba que en la versión actual de la Argentina, una Argentina próspera, holgada, favorecida por el repunte económico y el boom de la exportación de soja, eran posibles esas maniobras —ilegales, definía él— y muchas otras más.


Pero claro: esto no era la Capital, sino el lejano sur, la Patagonia austral, tierra de pasado breve y futuro en construcción. Aquí la distancia era como una muralla y lo que sucedía quedaba encriptado fuera del alcance de cualquier monitoreo judicial. Podían pasar años hasta que llegara a Buenos Aires un dato concreto sobre lo que estaba ocurriendo cerca de la cordillera y otra cantidad similar de tiempo hasta que ese dato comenzara a ser investigado por un periodista o por un fiscal. En ese sentido, El Calafate —de esta ciudad hablamos— era el lugar perfecto: bello, alejado de los centros de poder, rodeado de naturaleza, poco poblado, en crecimiento, deseado por viajeros de todo el planeta, con perspectivas brillantes a futuro y, finalmente, con un presidente y su esposa futura presidenta, como hijos dilectos del terruño.


De todo eso hablaba el denunciante con los periodistas, y siempre alguien vigilaba sus movimientos. Nos cruzamos varias veces en la ciudad patagónica, antes de que nuestro hombre la abandonara definitivamente y nuestras conversaciones volvieran a suceder, pero en Buenos Aires. Uno de los últimos encuentros sureños tuvo lugar en el hotel Alto Calafate, comprado por el ex presidente Néstor Kirchner en 2 millones de dólares, poco antes de su muerte, en octubre de 2010, y convertido en escenario del último escándalo de negocios de Cristina Kirchner en el poder, bautizado por los medios como "caso Hotesur". En aquella ocasión, hicimos una entrevista filmada para la Televisión Española sobre la explanada de estacionamiento del lugar, un balcón natural desde donde se puede contemplar toda la ciudad: su contorno desbordado, el lago de fondo, los barrios altos y pobres, la inmensidad. Allí, el denunciante habló otra vez, fiel a su estilo, pero siempre observando de reojo cómo vigilaban los conserjes del hotel nuestros movimientos y cómo pasaban el correcto mensaje telefónico a los perseguidores de turno. En un momento nos dijo: "¿Ves? Es un estado policíaco en el que todos trabajan para un solo grupo. Esos hombres están dando aviso de lo que estamos haciendo. Acá, todos saben todo..."



Pero Álvaro de Lamadrid —42 años, abogado, afiliado a la Unión Cívica Radical, soltero, joven, delgado, poco pelo, cierto temblor en la forma de hablar— no les hacía caso. Gracias a sus denuncias, había crecido como opositor local, a pesar de que su círculo de gente de confianza se reducía más y más, y él no lo notaba. Incluso los radicales de su propio partido comenzaban a cuestionarlo a él. Tampoco advertía que su figura se hallaba bajo la mira de Néstor y Cristina Kirchner, finalmente, amos todopoderosos de El Calafate. El ex presidente y la actual presidenta del país verdaderamente lo despreciaban por haberlos expuesto como las cabezas de una organización ilícita dedicada a hacer negocios con la tierra en ese sitio de la Patagonia al que ellos se referían como su "lugar en el mundo". Pero él no lo confirmó hasta el día en que se lo manifestaron en la cara.

"Calafate es un estado policíaco en el que todos trabajan para un solo grupo."




Kirchner solía ser así. Un personaje aluvional. "No un animal político, sino un animal", lo definía uno de sus ministros más cercanos en el libro El último peronista, del periodista Walter Curia. Un tipo que cuando se enojaba era capaz de golpear —literalmente— a su gente de confianza y que, alguna vez, había llegado a tener que ingresar de urgencia en el hospital de El Calafate por cortarse la cabeza con una campana de la cocina mientras luchaba —también es literal— con uno de sus secretarios.


El episodio fue breve, pero contundente. Diez segundos y ya no existían dudas. De Lamadrid había molestado de veras al poder y ahora, mientras veía cómo el auto de los Kirchner se perdía camino a Bahía Redonda, la explanada ganada al lago detrás de la que se ubica la residencia de la pareja, no lograba comprender qué alternativas le quedaban por barajar, cómo seguir adelante. ¿Insistir con sus denuncias, que además, sospechosamente, estaban siendo investigadas por una fiscal que también era parte de la denuncia? ¿Quedarse callado? ¿Retomar su vida naturalmente, como si nada hubiera ocurrido? ¿Volver a la actividad privada como abogado? ¿Alejarse de la militancia política? ¿Dónde estaba parado ahora? ¿Hasta dónde había llegado? ¿Había ido demasiado lejos? ¿Cómo había empezado todo? ¿Cuánto había cambiado desde entonces este lugar? Repensó. Volvió sobre sus pasos. Rebobinó la historia.


"Calafate. El paraíso perdido de la década ganada", de Gonzalo Sánchez (Planeta).