El goce de la literatura, según Fernando Savater

En "El placer de la lectura", el prestigioso filósofo español confecciona una imperdible guía con los escritores que lo han acompañado a través de los años. Infobae publica un adelanto

EFE 162

Si dejamos a un lado las picardías de Lázaro de Tormes, quizá sean Romeo y Julieta los dos primeros adolescentes realmente protagonistas de una inolvidable aventura literaria. Como demuestra también en otras piezas, sin duda a Shakespeare le gustaban los héroes y las heroínas de esa edad, que pueden disfrazarse fácilmente como representantes del sexo opuesto con deliciosa e imberbe ambigüedad.

De él probablemente los retomó Charles Dickens en el siglo XIX para la narración juvenil (Young Adults llaman al género los anglosajones) que también los mayores gustan de leer: Oliver Twist, David Copperfield y luego con más malicia Mark Twain en Las aventuras de Tom Sawyer o Huckleberry Finn... Pero quien ascendió definitivamente al adolescente hasta el estrellato de la narración aventurera fue Robert Louis Stevenson: La isla del tesoro y La flecha negra están protagonizadas por muchachos, como también es mozo David Balfour, el mejor de todos, a quien a través de las dos partes de su saga (Kidnapped y Catriona) vemos crecer y robustecerse en experiencia, incluso madurar (si es que enamorarse significa madurez). Nadie como Stevenson expresó el arrobo de la edad púber, sus vacilaciones al borde del alero de la vida, su gracia desabrida e irresistible, a veces mortífera. Porque en la adolescencia hay algo demoníaco, un ansia de alcanzar forma estable y a la vez conservar la irresponsable ondulación de lo espontáneo, una búsqueda apasionada del amigo adulto que sea a la vez padre y tentador...

Después de Stevenson el adolescente se instaló en la novela de aventuras juvenil para quedarse definitivamente, algunos con un toque más humorístico —Guillermo Brown— y otros un poco más aniñados, como los chicos y chicas de Enid Blyton (a quien podríamos considerar la "abuela" de J. K. Rowling y cuyas Torres de Malory tanto recuerdan premonitoriamente al colegio Hogwarts). Yo siento especial debilidad por el más stevensoniano de todos estos epígonos, lamentablemente desconocido en España, Leon Garfield, cuyo Smith no hubiera desmerecido en el catálogo del propio RLS. Sin olvidar desde luego a Frodo, Sam y demás compañeros hobbits, que son también unos adolescentes raritos hasta cumplir el medio siglo o más de sus envidiablemente largas existencias.

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Harry Potter desciende por vía directa de esta ilustre prosapia. Es huérfano, condición que el adolescente siente esencialmente como propia porque la pubertad supone siempre la muerte al menos simbólica de los padres. Pero en su caso los padres han muerto de un modo trágico, que le ha marcado incluso físicamente de modo indeleble, y su asesinato le ha dejado como herencia la sombra de una especie de padre oscuro y siniestro, Lord Voldemort.

En tiempos de Dickens, los huérfanos zarandeados por los avatares de la vida y la incomprensión rapaz del mundo tenían en su origen un destino aristocrático o al menos patricio cuyos privilegios tardaban a través de muchas peripecias en recuperar. Harry Potter pertenece a una aristocracia de efectos inmediatos y perturbadores, que lo aísla de sus parientes más zafios y a la vez lo resguarda pero también compromete: es un brujo, un mago innato. Su larga historia iniciática le va descubriendo paulatinamente que no está solo en su mundo hechizado, pero que esa compañía a veces puede ser entrañable y otras peligrosa. Volumen tras volumen, su saga se va haciendo menos humorística y pueril para cobrar aspectos ominosos que lo enfrentan con los inevitables dilemas morales de la vida activa: la fidelidad o la renuncia, la solidaridad o el abandono, el compañerismo rutinario o la aspiración a un camino propio que a veces resulta cruel con quienes más amamos... Y al final entrevemos, como no puede ser menos, la conquista del amor y la desolación del amor.

Quizá la tecnología mágica (cuyo encanto algo pueril forma parte sin duda del éxito del personaje) sea innecesaria para arribar a la lección fundamental: que es preciso recurrir a lo que de sobrehumano pueda haber en nosotros para alcanzar con plenitud la modestia de lo humano. Y por esa prueba todos hemos tenido o tendremos que pasar. Hace medio siglo, cuando en Francia apareció una niña prodigio con dotes literarios, Minou Drouet, Jean Cocteau comentó: "Todos los niños son prodigios... menos Minou Drouet". Parafra seán dole a la inversa podríamos decir que todos los adolescentes son magos... incluso Harry Potter.

"El placer de la lectura", de Fernando Savater (Sudamericana)

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