Las matemáticas suelen simplificar dudas en economía y otras disciplinas. Nos permiten cuantificar hechos actuales, diseñar escenarios y conclusiones. Manipular también cuando, sin profundizar, cuestionamos gobiernos por las distorsiones macroeconómicas. En la empresa posiblemente sea más sencillo su uso para detectar rendimientos; sin embargo, la lectura lineal del número puede omitir arreglos "tras bambalinas" entre la gerencia, la dirección y el gremio (o sea, tampoco es garantía). Más allá que a los ingenieros les disguste, complementar con sociología, filosofía, historia e, incluso, arte es necesario (especialmente en macroeconomía). En teoría económica, los neoclásicos fueron los que introdujeron el uso intensivo de las matemáticas porque supusieron que se podría formalizar con éxito el comportamiento humano. Todavía se trabaja en esto, sin embargo las críticas abundan: "Un físico especializado en mecánica cuántica ha dicho al respecto que es más sencillo entender el movimiento de las partículas subatómicas que comprender el comportamiento de su hijo en el colegio" (Astarita, 2009).
Días atrás, alguien hacía un ranking de las bondades de los períodos presidenciales de la democracia. Ubicaba a la etapa de Raúl Alfonsín (RA) en primer lugar, seguida por la de Néstor Kirchner (NK) y la primera de Carlos Menem (CSM), luego, en el cuarto puesto, entre "los malos gobiernos", a la primera de Cristina Fernández de Kirchner (CFK), y en el quinto y último lugar a los segundos mandatos de Cristina y Menem (no mencionó a la Alianza). Más allá de que ese trazo bastante grueso de la realidad haya sido totalmente subjetivo (su opinión), me surgieron inmediatamente un sin fin de preguntas: 1) ¿Cómo había desarrollado ese ranking impecable?; 2) ¿Qué variables endógenas y exógenas utilizó en su modelo?; 3) ¿Empleó información cuantitativa o cualitativa y de qué fuente provino?; 4) ¿Cómo realizó el proceso de agregación? (la concentración en un ranking); 5) ¿Cómo hizo interactuar la información con las variables?, 6) ¿Cuál era el estado de su "juicio de valor" al comienzo y al final del diseño de su teoría? y 7) ¿Quién pagaba su sueldo y quién lo hace ahora? La lista puede continuar pero, para cerrarla de algún modo, pensé cómo puede reaccionar el televidente pasivo que llega abatido a su casa y que se encuentra con tal despliegue. La estafa analítica (con algo de matemáticas y arte, posiblemente) reside en que haya utilizado la sensación como fuente de información y teorías sin sesgo académico (corregidas con esbelta y elegante semántica). Ahora bien, ¿logró su objetivo? Sí: modificó el estado de las expectativas.
Hagamos algo para compensar las falencias de esa teoría, trabajando con la definición del producto interno bruto (PIB). La generación primaria de bienestar material de cualquier economía proviene del crecimiento del PIB. A partir de esta medida, se obtiene información de la producción, el empleo (demanda de trabajo y otros factores), el ingreso y la demanda de bienes y servicios y, en asociación con ellos, de tasas de interés, crédito, resultados fiscal y externo, desde donde luego surge el valor de los indicadores más míticos y perturbadores de las economías en desarrollo: la inflación, el desempleo, el tipo de cambio nominal y el endeudamiento (publico y privado). Propongo que nos concentremos en el gráfico siguiente que compara el crecimiento económico desde la reinstalación de la democracia hasta el presente. En lo más lineal, señala que durante el gobierno de Néstor Kirchner (NK) es cuando el PIB experimentó los más elevados ritmos de crecimiento (8,5% en promedio) y que, en el otro extremo, las pérdidas más agudas de bienestar coincidieron con la anémica gestión de Fernando de la Rúa (DLR) cuando el PIB retrocedió 2,1 por ciento.
El que interpreta esta información, puede hacerlo desde una óptica concreta y literal u optar por complementarla con contenidos. Sigamos esta segunda opción hasta donde se pueda. En los tiempos de NK, el país no solicitó créditos al exterior, regularizó la situación con los acreedores (más allá que actualmente muchos argentinos no lo recuerden), se redujo el desempleo y disminuyó de manera abrupta la pobreza. Los precios internacionales eran favorables para las exportaciones del país; sombríos, en cambio, porque generaban inflación (error I: no se la difundió) y pérdida de competitividad debido a que el tipo de cambio nominal se mantenía estable. Algunos decían que habíamos vuelto a los tiempos de la caja de conversión sólo para irritar e introducir volatilidad a "la manada" y ofuscar al Gobierno. Lo consiguieron, las autoridades salieron con "los tapones de punta" de manera inconcebible (error II) y las expectativas se descontrolaron: cuando más crecía la economía y con menos desempleo lo hacía, la clase media empezó a pensar en el inminente colapso. ¿Dónde iremos a parar?, se preguntaban (paradójico). En tiempos del primer gobierno de Carlos Menem (CSM) es cuando la economía mundial estuvo más favorable desde el lado financiero para la Argentina (la economía creció 4,2% en promedio en ese período). Por este motivo aumentó el endeudamiento externo pero, por un tecnicismo imposible de explicar en esta nota, el tipo de cambio fijo impedía al Banco Central (BCRA) manejar a discreción el mercado de créditos (dolarizado como nunca antes). Sólo superado por los tiempos de Martínez de Hoz (la "plata dulce"), el peso se apreció fenomenalmente (aumentó el poder adquisitivo en dólares y permitió bajar la inflación), las empresas perdieron competitividad y la desocupación aumentó, sobrepasando todos las marcas históricas. "Este artefacto explosivo" (la caja de conversión) que merece más análisis, "explotó" sin que los segmentos medios de la sociedad lo advirtieran (al parecer les resultaba natural el elevado poder de compra en dólares del peso). Al "hongo atómico" lo debió padecer el gobierno de Fernando de la Rúa (DLR) porque, desde un comienzo, prolongó ese mecanismo monetario y cambiario sólo con fines eleccionarios sin interpretar que estaba agotado. Cuando los vientos de la economía mundial cambiaron de dirección (el sentido de los flujos de capital), la alianza gobernante comandada por DLR debió comparecer por sus espléndidos descuidos, devenidos, básicamente, de la heterogeneidad de pensamiento político que convivían en su interior sólo con el fin de "destronar" a CSM (aprendizaje para la actualidad: las elecciones se deben ganar con programas no "con caras televisivas sonrientes y simples denuncias").
Disparar ideas sin argumentos corroe expectativas y condiciona la conducta cotidiana
Cristina Fernández de Kirchner (CFK) comenzó realmente mal su primer mandato. El enfrentamiento (carente de tácticas y cuidados) con los agropecuarios por la regulación de los precios del comercio exterior (orientado a paliar la inflación, aunque no lo pudiera explicar bien su ministro de Economía ante las cámaras) y la peor crisis internacional desde la de 1929, constituyeron episodios que no le dieron respiros y lo condicionaron permanentemente. No tuvo un manejo quirúrgico de una economía que creció sólo 2,9% en sus primeros cuatro años de gobierno. La inflación continuó sin reconocerse (más todavía del pecado original heredado), el desempleo y la pobreza se mantuvieron bajas pero se le empezaron a deteriorar los frentes fiscal y externo, la clave del éxito de la gestión de NK. La embestida desordenada contra los medios, la Iglesia, los empresarios y los sindicatos se materializaron en una inflación de expectativas que se transmitía (y se transmite) como "reguero de pólvora" a través de los tiranos minutos de televisión. Durante su segundo mandato, como consecuencia del pobre manejo de las expectativas sobre múltiples aspectos (inflación, tipo de cambio y finanzas fiscales), la economía se estancó con elevados niveles de inflación (estanflación). Y, como si eso fuera poco, a menos de 18 meses de culminar su mandato, un juez distrital de Nueva York colocó a la deuda del país en un default que ni el saber convencional (el mercado, los bancos y sus consultores estrella), ni los poderes del Estado de ese país, todavía entienden. Por último, la economía de Alfonsín (RA) recibió "una mochila" de la que nunca pudo desprenderse: el peso de la deuda pública y su réplica casi automática en puntos de inflación (la economía retrocedió 0,6%. Ver gráfico). Esto tampoco lo pudo entender la clase media argentina que sólo atinó a balbucear: "Alfonsín fracasó, nos llevó a la hiperinflación". El frente externo no contribuía (precios internacionales en baja y tasas de interés altas y volátiles), el déficit fiscal se ampliaba todo el tiempo, los bancos y ciertos sectores internos "cocinaban negocios" en Washington, la economía entró y salió de la cesación de pagos, el desempleo y la pobreza permanecieron bajos pero la inflación se transformó en una hiperinflación de más de 3.000% anual hacia 1989 en un contexto en el que el Gobierno se defendía de la amenaza militar interna. Hubo errores (y soberbia) pero la política económica nunca tuvo demasiadas oportunidades: los argumentos del sistema económico estaban socavados desde el comienzo y la ira social agudizaba el problema.
No pretendo explicar cómo estos elementos interactuaron en estos períodos y sus razones (no lo puedo hacer por espacio), tampoco estoy diciendo que CFK termina mal sólo por la responsabilidad de su gobierno, como los divulgadores repiten (hacen repetir) a través de las redes sociales. Intento transmitir que la difusión de información sin un pertinente análisis erosiona la cohesión social presente y futura. "Los enunciados perspectivistas no son incorrectos si su autor reconoce y admite su naturaleza parcial/.../son definitivamente inválidos si se presentan como representaciones muy completas de los fenómenos" (Merton, 1949). Estas interpretaciones del número vacías de contenidos filosóficos y sociológicos - vicio frecuente del "economista televisivo"- generan una inflación de expectativas que, luego, se traducen en déficit fiscal y pérdidas de competitividad que descontrolan los equilibrios macroeconómicos. El personaje guionado y generador de decisiones que retroalimenta la naturaleza humana individualista (presente en tiempos de RA, NK y CFK pero, llamativamente, ausente en los de CSM), reduce la realidad a ecuaciones e identidades necesarias pero insuficientes. Intenta explicar inflaciones de expectativas como si fueran monetarias, minimizaciones que, para "la conducta selfie" que hoy padece la sociedad, dinamita toda posible estabilidad (incluso las más quirúrgicas). El técnico en economía no dice, por ejemplo, que "los cambios monetarios no afectan a todos los precios de la misma forma, en el mismo grado o al mismo tiempo" (Keynes, 1930), ni que "la inflación de demanda nunca se origina en la emisión monetaria como tal. Se produce únicamente si el aumento de la demanda que se origina en consecuencia es de una magnitud tal que supera la capacidad de la oferta del sistema productivo" (Diamand, 1973). Disparar ideas sin argumentos, como si se trataran de resultados obtenidos a partir de una suma de partes, corroe expectativas y condiciona, porque se instalan en la conducta cotidiana. Los gobiernos de RA, NK y CFK sufrieron esta patología, pero se equivocaron cuando eligieron confrontar.
Gustavo Perilli es economista, socio en AMF Economía y profesor de la UBA
Twitter: @gperilli
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