Esplendor y ocaso de la "nación burrera"

En la "Historia del turf argentino", Roy Hora analiza el apogeo que hasta la década del 50 el deporte ecuestre vivió en nuestro país, hasta su irreversible retroceso como espectáculo popular. En la siguiente nota, un extracto de la investigación

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Desde el segundo cuarto del siglo XX, el turf experimentó un lento pero persistente retroceso en la Argentina, que se prolonga hasta nuestros días. Esta declinación fue un fenómeno global; a ambos lados del Atlántico, el hipódromo cedió terreno ante nuevos deportes espectáculo, entre los que se destaca el fútbol profesional. Incluso en los Estados Unidos y su área de influencia, donde la cultura deportiva es tan idiosincrática, las competencias hípicas perdieron atractivo a los ojos del gran público.

Las razones de este eclipse son complejas, y exceden los marcos nacionales. Sin embargo, cabe señalar algunos de los motivos que remiten al ocaso del caballo. En el período de entreguerras, el veloz avance de la motorización fue desplazándolo de los sistemas de transporte y del mundo de trabajo. Cada vez menos presente en las calles y en los campos, el lazo cotidiano entre el hombre y el caballo se fue erosionando, y así el equino se volvió cada vez más remoto y extraño.

Desde la década de 1920 los vehículos a motor crecieron en confiabilidad y eficiencia, y gracias a ello comenzaron a honrar las promesas de velocidad, elegancia y modernidad tecnológica que venían formulando desde antes de la Gran Guerra. demás, su costo cayó abruptamente, lo que habilitó un veloz crecimiento del parque automotor. Desde entonces, el caballo quedó en un cono de sombra: arrinconado en las geografías más difíciles y los distritos más pobres en infraestructura caminera, o bien en clubes y centros hípicos, al servicio del disfrute de una minoría.

El repliegue del turf, sin embargo, no fue sólo producto de la pérdida de prestigio y relevancia de los equinos en las cada vez más mecanizadas sociedades de las décadas centrales del siglo XX. También fue resultado de la profunda renovación de la oferta de entretenimiento y, en particular, de la aparición de nuevos espectáculos deportivos de enorme atractivo visual. En todas partes ganaron terreno los deportes centrados en la competencia entre hombres (y en mucha menor medida, mujeres) que se ajustaban a los modelos de belleza y destreza física característicos de las sociedades de masas: el boxeo, el tenis, el automovilismo y, sobre todo, el magnético fútbol.

A lo largo del siglo XX, y con la excepción del período de entreguerras, el ingreso de la población creció a un ritmo mayor que en cualquier otro período de la historia. Este cambio en las condiciones de vida de los sectores populares, que se vio acompañado por un incremento del tiempo libre y una creciente afición a los espectáculos deportivos, hizo posible que el auge de deportes como el béisbol y el fútbol fuese compatible con la supervivencia del turf.

Pese a que las competencias hípicas fueron relegadas a un lugar cada vez más periférico en la oferta de entretenimiento, en muchos países siguieron gozando de la lealtad de un considerable universo de aficionados. Frente a las multitudes que congregan el fútbol (en Europa y América Latina) o el básquet y el béisbol (en Estados Unidos y su área de influencia), sin embargo, eventos hípicos de gran tradición como Royal Ascot o el Derby de Kentucky constituyen atracciones para una minoría.

En síntesis, debilitado el víncul de conocimiento y afecto entre el equino y el hombre común, y obligado a competir con una oferta de espectáculos deportivos diversa, nutrida y cautivante, el turf sólo ha logrado conservar una porción cada vez más pequeña del interés de los jóvenes y los adultos. Desde mediados del siglo XX, su supervivencia depende en primer lugar de los apostadores y muy en segundo término de la concurrencia al hipódromo de un público de amantes de los caballos y conocedores de las carreras. El grupo de los aficionados al turf, en su momento casi equivalente en extensión a la población masculina, ha venido perdiendo reclutas hasta convertirse, en palabras de Fernando Savater, uno de sus integrantes más conocidos, en una "secta caprichosa" que nada contra la corriente.

La parábola descripta por el hipódromo argentino se enmarca en este panorama global de retroceso de los espectáculos hípicos. Incluso aquí, en la primera nación ecuestre del hemisferio sur, el avance del automóvil hizo que los caballos perdieran rápidamente relevancia como medios de locomoción y proveedores de energía. El cambio tomó impulso a partir de la segunda mitad de la década de 1920, y su efecto se hizo sentir primero en las grandes urbes. Entre el cambio de siglo y 1923, la ciudad de Buenos Aires sólo había otorgado patentes a 19 300 vehículos a motor. Tras siete años de prosperidad y fiebre importadora, hacia 1930 casi 50 000 automóviles circulaban en este distrito.485 Cuando el país fue alcanzado por la Gran Depresión, ya contaba con más vehículos a motor por habitante que la propia Gran Bretaña y los principales países de la Europa continental.

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Para entonces, hacía un tiempo que incluso el diario católico El Pueblo seguía con atención la aparición de nuevos modelos de automóviles, lo que pone en evidencia que este tipo de información interesaba incluso a lectores que no se hallaban entre los promotores más entusiastas de las novedades del siglo. De hecho, la década de 1920 fue el inicio de una era de "imaginación técnica" en la que amplios sectores de las clases populares comenzaron a experimentar la fascinación de los vehículos a motor, y a soñar con todo tipo de prodigios mecánicos.488 Hasta los jockeys, en particular los más jóvenes, sintieron el atractivo del automóvil.

Una vez que el impacto de la Crisis del Treinta se aligeró, el reemplazo del caballo por el automóvil y el camión siguió su avance. En 1936, informa el Anuario Municipal, unos 80 000 vehículos recorrían las calles de la capital del país. Al calor del cambio tecnológico en la producción y el sistema de transporte, la sociedad urbana argentina fue tomando distancia del caballo, que se volvió un animal cada vez más ajeno a la experiencia cotidiana de sus habitantes. Añorando la "época del encanto y la serenidad", un viejo cronista del turf como Héctor C. Quesada se lamentaba en 1939 del "tiempo, ¿recuerda?, en el que las calesas, los landeaux y los 'four in hand' conducían a los hipódromos... Hoy el acero, el hormigón armado y la velocidad son los reyes".

Para entonces, sólo algunos sectores muy específicos de la actividad de transporte de la ciudad de Buenos Aires, como el de pompas fúnebres (que optaba por vehículos asociados a las ideas de sobriedad y señorío, que los carruajes tirados por caballos todavía representaban mejor que los automóviles), seguían aferrándose a los equinos. Pero no por mucho tiempo.

En 1943, la circulación de vehículos de tracción a sangre fue prohibida en las calles de tránsito más veloz, como la avenida General Paz.492 Unos años más tarde, sólo algunos carros de reparto de leche a domicilio persistían como ejemplo de la vinculación entre el caballo y sectores relativamente integrados a la economía de mercado, hasta que, en 1965, la circulación de este tipo de vehículos fue prohibida de manera definitiva en todo el territorio de la Capital Federal, con la sola excepción de los bosques de Palermo. En la ciudad, el caballo había sido confinado a usos meramente recreativos.

El automotor también avanzó sobre el resto del país, y en la región pampeana y la patagónica, las de más alto ingreso per cápita y geografía más favorable para la tracción mecánica, lo hizo a gran velocidad. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, la Argentina poseía unos 400 000 automotores, uno por cada 33 habitantes. Incluso la provincia de Buenos Aires fue testigo de la retracción del caballo, que perdió gravitación no sólo en los partidos que rodeaban a la Capital Federal y en las ciudades de la provincia sino también en los distritos ganaderos.

En 1940, el número de automóviles patentados en territorio bonaerense alcanzó las 159 000 unidades, uno cada 31 habitantes. Mientras tanto, la cantidad de equinos, que había llegado a los 3,3 millones en 1916, desde ese año comenzó a disminuir, y a partir de 1933 se ubicó de manera definitiva por debajo de los 2 millones de ejemplares A comienzos de la década de 1940, la primera provincia ganadera del país, que en el siglo XIX había llegado a tener 5 caballos por habitante, apenas poseía el 10% de esa cifra.495

Pese a las dificultades que la Segunda Guerra Mundial impuso al avance de la motorización, desde entonces el automóvil no ha dejado de ganar terreno a costa del caballo, tanto en las calles y las rutas como en los deseosy las preferencias de los argentinos.

Historia del turf argentino, de Roy Hora (Siglo XXI Editores)